La historia nos cuenta que hace unos cuantos siglos, y hablo de nuestro mundo occidental porque la historia en otros lugares sigue atrincherada casi en el mismo punto, la Iglesia tutelaba la sociedad civil. Esta tutela empezó a romperse cuando nos hicimos suficientemente maduros para entender que lo que era necesario era la separación Iglesia Estado.
En buena parte de nuestro entorno cultural así se entendió y así se ha ido practicando durante muchos, muchos años.
Entre nosotros las cosas son diferentes. Nuestra historia siempre se escribe con lectura aparte, diferenciada.
Históricamente hablando, llegamos tarde casi a todas partes y cuando, finalmente, llegamos nuestro atraso hace que nos pasemos de rosca.
Ahora resulta que la doctrina dominante, entre determinados y significativos colectivos de nuestra sociedad, es que se dicen entre ellos, «como las Confesiones o Iglesias no son lo suficientemente maduras para gobernarse a sí mismas y como están en conflicto entre sí necesitamos que la sociedad civil organizada les tutelemos».
Seguramente ésta es la versión moderna de aquella vieja doctrina que nos quería convencer de que «la religión era el opio del pueblo».
Éstas, como cualquier otra opinión, son ideas más que respetables de lo que, sin embargo, no se deduce nuestra aceptación.
Desde nuestro punto de vista que las Confesiones tengamos una cosmovisión diferente entre nosotros no quiere decir ni que no seamos lo suficientemente maduras como para gobernarnos ni que estemos enfrentadas.
Desde la misma libertad de expresión que los demás, nosotros, los creyentes, creemos y afirmamos que la separación Iglesia Estado nos debe llevar a la renuncia voluntaria de las partes, de ambas partes -todas las partes-, a querer tutelar al otro -los otros-.
Si la sociedad civil organizada dice que es suficientemente madura y por ello piensa, con acierto, que no necesita la tutela de la Iglesia para gobernarse, desde la Iglesia también pensamos que somos lo suficientemente maduros para gobernarnos nosotros mismos sin la tutela de la sociedad civil organizada, y menos aún desde las administraciones públicas.
En esta sociedad hay lugar para casi todos y la gran mayoría de aportaciones son oportunas y convenientes. No nos sobra casi nadie. Todo lo contrario: entre todas y todos lo podemos hacer todavía mucho mejor.
Eso sí. Para ello nos tenemos que respetar unos a otros. Debemos legitimarnos unos a otros. Debemos apoyarnos unos a otros.
Y la única manera de hacerlo es encontrarnos en el espacio público cada uno siendo como es, aceptando que el otro sea como es y no pretendiendo decirle al otro cómo debe ser ni qué debe hacer.
En la cooperación está la solución.
Y al menos, lo podemos intentar.
Autor: Guillem Correa Caballé
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