Si yo fuera Obispo de Santiago de Compostela, que no lo soy ni lo pretendo ser, por razones obvias que no es necesario explicar, volvería a plantearme alguna de mis actuaciones públicas. No soy tampoco, ni pretendo ser, insisto, quien aconseje al Obispo de Santiago sobre cuál debe ser su actuación pública, pero sí me siento en libertad de dar, respetuosamente, como siempre, mi opinión. Este verano me sorprendió que el líder del principal partido de la oposición organizara y presidiera una ofrenda al Apóstol Santiago no en representación de institución alguna, sino desde su partido político. Independientemente de la valoración que me merecen este tipo de actos, el hecho que el acontecimiento sea protagonizado por un partido político, sea el que sea, y no por una institución no debería ser aceptada por ninguna Confesión Religiosa y muy especialmente por la Confesión mayoritaria. Las Confesiones Religiosas en general y las Iglesias Cristianas en particular debemos alejarnos de toda identificación partidista y partidaria. Debemos alejarnos de toda identificación institucional a favor de un determinado partido político. Hacerlo significa hacer diferencias entre los miembros de nuestras Comunidades Locales que tiene todo el derecho de identificarse con un partido político determinado, con otro, o incluso con ninguno. Lo más grave aún. Hacrlo significa comprometer el mensaje de Jesús, a favor y en contra, por razones partidistas cuando ésta no es la misión a la que hemos sido llamados ni como cristianas y cristianos, ni como Iglesia. La historia nos ha enseñado las graves consecuencias que ello ha comportado cada vez que hemos caído en este pecado, porque no lo podemos denominar de otra manera. Pero si la razón histórica no nos es suficiente, la razón bíblica debe llevarnos a la misma conclusión. La Biblia nos enseña a no hacer diferencias entre nosostros y nos enseña a respetar las opiniones de los demás. El Concilio de Jerusalem es un buen ejemplo de lo que digo, por no entrar en citas y referencias bíblicas que no son propias de un escrito de esta naturaleza. En este Concilio se debatió sobre si los gentiles, los no judíos de nacimiento, debíamos circuncidarnos, siguiendo la norma hebrea del Antiguo Testamento, o no debería aplicarse. El Concilio acabó con un acuerdo inclusivo: todos eran hijos de Dios y, por tanto, ambos planteamientos eran válidos a los ojos de la Iglesia. Si dentro de la misma Iglesia, y en una cuestión tan importante en su tiempo como fue la que se trató en ese Concilio, desde muy antiguo se ha entendido que no debemos ser ni partidarios ni partidistas; ¿porqué aún no nos aplicamos la lección? Algunos dirán que se trata de cuestiones diferentes. Es verdad. Pero ello, en lugar de invalidar el argumento, lo refuerza. Si en un asunto tan trascendente se aplicó el principio bíblico citado, ¿cuál no debería ser su aplicación en asuntos de segundo nivel como lo es lo que estamos tratando? Quizá esta es una cuestión que también otros deberían plantearse en situaciones más o menos similares. (*) Guillem Correa Caballé es Secretario Geneal del Consell Evangèlic de Catalunya (CEC)
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Si yo fuera obispo de Santiago de Compostela
OPINIÓN
Si yo
fuera Obispo de Santiago de Compostela
por Guillem Correa (*) | 23/09/2010
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