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SU PALABRA: INTELIGENCIA ESPIRITUAL (IE) PARA NUESTRO TIEMPO

Si no resucitó, vana es nuestra fe

Imagen tomada del libro de Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Tu Mejor Guía I» p. 121.

«Si no tienes en tu vida al Jesús que vive, solo tendrás una tradición o una religiosidad. El bautismo practicado en la iglesia no tiene ningún sentido si no tienen efecto en ti la muerte y resurrección de Jesús. No son los ritos, sino Jesucristo que vive y tiene poder para regenerar y transformar nuestras vidas»

(Juan Manuel Quero, 31/03/2026) | El acontecimiento de la resurrección es un evento ya profetizado en diferentes secciones del Antiguo Testamento. El Salmo 16:8-11 se relacionará en este sentido, siendo citado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2:25-28 y 10:35. Tuvo lugar la madrugada de un domingo. Se quiso dejar constancia sobre este hecho. En los evangelios se recogen las distintas pruebas, y las apariciones o manifestaciones de Jesús a: María, Salomé, Juana, María Magdalena, María de Santiago y otras mujeres, a los apóstoles Pedro y Juan (Juan 20), al resto de los apóstoles, e incluso a más de 500: «Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen» (v. 6).

La resurrección será una enseñanza fundamental para el cristianismo. Los mismos apóstoles para desempeñar su cargo tenían que haber sido testigos de esa resurrección: «comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección» (Hechos 1:22). De la misma forma podemos decir que un creyente no es cristiano hasta que no ha tenido la experiencia de la resurrección en su propia vida; y el mismo bautismo es una señal, posterior a la experiencia tenida, que constata que así ha sucedido.

Sin la resurrección es vana la fe: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe […] Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1.ª Corintios 15:14, 19). Puesto que sin la resurrección no hay ninguna ratificación ni evidencia de vida detrás de la muerte, igualando la fe cristiana a una religión más, es por lo que hay mucho interés en desacreditar la realidad de la resurrección.

Si se admite la resurrección no hay más opciones ni filosofías, porque todo se queda sin sentido ante el poder y autoridad sobre la misma vida. En base a un Cristo muerto, que no obra hoy, pueden surgir y surgen multitud de iluminados, mostrando distintos caminos, cuando Jesús sigue siendo el Único Camino; porque sigue siendo el único que puede dirigirnos en el desierto espiritual de este mundo.

Muchos están interesados en mantener sus tradiciones y enseñanzas, frente a una verdadera revitalización de Jesús en nuestras vidas. Como en aquel tiempo, se quiere volver a poner piquetes de soldados para que Dios no obre. Incluso personas piadosas como José de Arimatea están dispuestas a poner una gran piedra que según el Códice de Beza (siglo II) era una piedra que no podían mover 20 hombres.

Jesús no solamente nos redime, también da vida. Y una cosa sin la otra no existe. Él no solamente muere por nosotros, como creían algunos discípulos, si así fuera «vana sería la fe». Si fuese así, vamos a coger nuestra barca para volver a pescar y a olvidarnos de todo. Pablo nos dice que los que ven a Jesús solo como el que muere son dignos de conmiseración (v. 19).

Si Jesús no hubiese resucitado, ¿qué sentido tendría «Todo lo puedo en Cristo» (Filipenses 4:13)? ¿Qué sentido tendrían los pasajes bíblicos que nos hablan de Cristo como único mediador entre Dios y los hombres?: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1.ª Timoteo 2:5). No habría Segunda Venida de Cristo, y nuestra esperanza viva no tendría sentido. El perdón es para acercarnos a Dios, para una nueva vida en Él, cuya base es la resurrección: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá» (Juan 11:25). Y este no es un pasaje solamente para leerlo cuando alguien muere, sino que es para vivir: «Puesto que yo vivo, vosotros viviréis» (Juan 14:19).

¿Qué fuerza tendría la predicación basada en un líder muerto? Algunos incluso ya aventuraban críticas pensando que todo iba a terminar ahí, como «tú que salvas a otros, sálvate a ti mismo».  En las celebraciones de Semana Santa, en algunos países de forma muy especial, el olor a sepulcro es muy fuerte; hasta los caramelos típicos de este tiempo se llaman sepulcros y tienen este formato. Dios está vivo y la predicación del Evangelio no es de palabras persuasivas sino de poder para salvación: «y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder» (1.ª Corintios 2:4). La proclamación de la Escritura se basa en esta fuerza: «Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).

La verdad es que es difícil de creer que alguien resucitó.  Los mismos que estaban con Jesús dudaban: «Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían» (Lucas 24:11).  Cuando Pablo exponía esta realidad lo rechazaban e incluso llegaban a procurar matarle también a él, así como a los mismos apóstoles. 

La resurrección colisiona con la tradición, pues, muchas veces hay que dejar lo aprendido, y lo hecho durante años, para depender de Aquel que vive. Era normal seguir las enseñanzas de Abraham, de Moisés, de Elías… pero decir que Jesús vive es depender no de nuestros conocimientos o de leyes sino de Él mismo.

Quizás sea difícil creer en la resurrección, pero más difícil es pensar que hay salvación, sino es Dios quien obra; y Dios tiene autoridad sobre la vida y la muerte, porque es el creador de todas las cosas.  La salvación no se obtiene por oposiciones para aspirar a un puesto en los cielos según las obras realizadas, sino por confiar en Cristo como el Hijo del Dios viviente.

Una nueva creación no se puede entender sin la resurrección, y esta la podemos tener en Cristo: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2.ª Corintios 5:17). No podemos esperar que haya fruto sin una semilla que se convierta en planta: «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24).  Jesús es la «vid» y nosotros los pámpanos y solo en el resucitado hay fruto.

Si no tienes en tu vida al Jesús que vive, solo tendrás una tradición o una religiosidad. El bautismo practicado en la iglesia no tiene ningún sentido si no tienen efecto en ti la muerte y resurrección de Jesús. No son los ritos, sino Jesucristo que vive y tiene poder para regenerar y transformar nuestras vidas.

La resurrección significa vida para quien no la tiene; la resurrección significa salir de la oscuridad para que la luz de Jesús brille. Para ser hijo de Dios necesitas ir a Jesús como Pedro y Juan fueron en busca de Él cuando supieron que había resucitado:

«Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (Juan 20:2-9).

(Este es uno de los temas que se encuentran en el libro publicado por Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Tu Mejor Guía I»)

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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SU PALABRA: INTELIGENCIA ESPIRITUAL (IE) PARA NUESTRO TIEMPO / Por Juan Manuel Quero

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