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EL CAMINO EXCELENTE / por JORGE FERNÁNDEZ

Para decir “Año Nuevo” hay que irse al Sur

“En el sur, en mi caso en Buenos Aires, el fin de año era un punto y aparte como Dios manda. Cuando terminaban las clases en noviembre, la tradición era romper los apuntes del curso y lanzarlos al aire como serpentina o confeti. Eso sí que era un punto final…”

De ahí el título, que no pretende ser una versión libre de una canción de Rafaella Carrá, ni nada parecido.

Pensaba que en Europa —y en general en todo el hemisferio norte— el fin de año no es, en realidad, un punto y aparte, aunque nos empeñemos en verlo así. Es, como mucho, un punto y seguido… o quizá un punto y coma. Apenas un paréntesis dentro del curso escolar, académico y laboral que, como todo el mundo sabe, va de septiembre a junio. ¿Cómo se traduce eso en términos anímicos o psicológicos? Buena pregunta para mis amigos psicólogos, porque yo no tengo una respuesta científica. Solo el instinto y la memoria. Mis recuerdos del sur.

Porque aquellas fiestas de mi infancia y juventud sí que eran otra cosa. Aquello sí era un punto y aparte. Invitaban a pensar que el año nuevo traería alguna novedad, la que fuera, como quien empieza a ver un concierto o un partido desde el primer minuto. No como ahora, cuando el cambio de año se vive más bien como un descanso en el intermedio de algo que ya está en marcha, y que, por tanto, tiene poco de estreno.

En el norte, casi la única frontera clara entre un año y otro la marca Hacienda, con el cierre del ejercicio fiscal. Pero incluso eso es relativo: la incertidumbre de si saldrá a pagar o a devolver no se resuelve hasta bien entrado el verano, a partir de junio, como poco.

En el sur, en mi caso en Buenos Aires, el fin de año era un punto y aparte como Dios manda. Cuando terminaban las clases en noviembre, la tradición era romper los apuntes del curso y lanzarlos al aire como serpentina o confeti. Eso sí que era un punto final. Empezaba el verano: dos meses largos de vacaciones, de calor, de piscina, de playa o de lo que tocara. Ni un apunte ni un libro hasta marzo. Una desconexión total.

Por eso, cuando celebrábamos la llegada del nuevo año a las cero horas del 1 de enero, las expectativas tenían otro calado. Era un año sin estrenar, completamente nuevo, envuelto en el misterio. Nuevo en estudios, en proyectos, en exámenes y en responsabilidades. Así estaba organizada la vida: con un parón de verano contundente que limpiaba el calendario y la cabeza.

Luego llegaba la temida cuesta de marzo, claro. Y el pánico en el cole. Los primeros días de clase teníamos la sensación de no saber absolutamente nada. El año viejo parecía haberse llevado nuestros aprendizajes como “las estelas en la mar”, que cantaría Serrat citando a Machado. Pero, ¿quién nos quitaba lo bailado? Con la mente fresca, aunque algo perezosa, pronto retomábamos el camino justo donde lo habíamos dejado.

Hoy estoy en Madrid. Casi cuarenta años en España. Ya debería estar acostumbrado a estos paréntesis navideños tan breves, que apenas permiten una desconexión exprés. No hay mucho tiempo para quitarnos la mochila del año que termina, porque es prácticamente la misma que volveremos a cargar el 1 de enero. Y aunque no soy psicólogo, tengo la impresión de que la predisposición mental y anímica es muy distinta. Las expectativas de grandes cambios de la noche del 31 al día 1 son, inevitablemente, más modestas.

Jorge FernándezY sin embargo, el año nuevo sigue siendo un punto de inflexión (palabra que, curiosamente, rima con reflexión). Quizá por eso, y por no perder la costumbre, aquí estoy: reflexionando, recordando y esperando. Porque un nuevo año siempre llega con desafíos y oportunidades, con retos y bendiciones.

Y en ese umbral del calendario, estemos en el norte o en el sur, uno puede orar con el salmista:

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
 que traigamos al corazón sabiduría”.

(Salmos 90:12)

Feliz año nuevo.

Autor: Jorge Fernández – Madrid, 30 de diciembre de 2025.-

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© 2025. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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