Ésta es precisamente la marca de fábrica que identifica a los malos escritores y los distingue tanto de los aspirantes que todavía se están puliendo a sí mismos como de los que realmente son buenos en su oficio y saben hacer obras de calidad. Hay un escalón más alto, el de los genios, al que es imposible subirse: naces allí y marcas el límite de lo inalcanzable que todo escritor en el fondo necesita. Pero ése es otro tema.
Cuando leemos un libro, o mejor dicho, cuando leemos varios y tenemos con qué comparar, acabamos descubriendo en qué se diferencia lo bueno de lo malo. Vemos que el buen escritor que sabe lo que hace rehúye aquello de lo que abusa el que está algo perdido. Esta confusión se manifiesta en forma de diálogos antinaturales, de descripciones rebosantes de adverbios (“digo firmemente que estoy agradablemente sorprendido de lo apasionantemente bonita que es tu casa completamente nueva”), de redundancias, de párrafos desordenados y de muchos otros errores estilísticos, así como argumentales: protagonistas que parecen estar por encima del resto del universo (¿a quién puede gustarle leer la historia de un ser que desborda perfección?), personajes que aparecen y desaparecen según conviene a la trama y soluciones conocidas como deus est machina, es decir, que no guardan conexión lógica o coherente con lo que hasta ahora nos venía contando el autor.
Todo esto se aprende, y los muchos que a veces caemos en ello podemos consolarnos con saber que algún día nos reiremos de nuestros errores. Pero el mal escritor no se caracteriza sólo por sus fallos, sino por algo más; no se trata de una serie de tonterías plasmadas en un texto, sino de una actitud interna. El mal escritor es el que carece de ese afán por aprender y sólo busca en la literatura una ruta fácil para mirar a los demás por encima del hombro. El mal escritor no se respeta a sí mismo ni a los demás, se vende, no pone límites en ninguna parte, no quiere aceptar consejos de nadie para corregir su obra y piensa que es posible escribir sin que te guste leer. El mal escritor cree que todo lo que sale de sus manos es una obra maestra y que todo el que opine lo contrario es un amargado demasiado ciego para ver su “verdadero significado”. Es sobre todo el que cree que provocación y buena literatura, son sinónimos.
Y sí, también se le reconoce por errores como los descritos arriba. La diferencia, por tanto, entre un autor malo y un principiante es que el segundo siempre será consciente de que le queda mucho por aprender.
Autor: Abigail Fernández Aguirre