La iglesia luterana de Kiruna, Suecia, sobre la plataforma rodante que la trasladó a su nuevo emplazamiento / Captura
(JORGE FERNÁNDEZ, 21/08/2025) Durante dos mil años la Iglesia viene hablando de sí misma como una casa construida sobre la roca. No hay metáfora más segura: la fe y la Palabra de Dios como cimiento, Cristo como piedra angular, la eternidad instalada en la geología. Lo sólido contra lo líquido, lo eterno contra lo pasajero.
Y sin embargo, en Kiruna, en el norte helado de Suecia, esa roca se ha convertido en un agujero. La mina más grande de Europa abre la tierra y la devora lentamente, y el templo que parecía inamovible ha tenido que emprender un éxodo de cinco kilómetros para no derrumbarse.
Hay algo trágico y revelador en la escena: la iglesia, símbolo de lo inmutable, puesta en movimiento por la presión de la economía, desplazada por el hierro y las tierras raras, el nuevo becerro de oro de la modernidad, el oro líquido de los móviles y los coches eléctricos. El materialismo cava bajo nuestros pies con la complicidad y complacencia de los predicadores de la teología de la prosperidad. Lo que antes eran fundamentos eternos se convierten en grietas, subsidencias, un peligro de hundimiento. Lo que Jesús llamó roca hoy cotiza en bolsa.
Pero también hay algo milagroso. Ver a una iglesia de madera roja, alta y solemne, avanzar lentamente sobre remolques, como si caminara torpemente hacia otro lugar, tiene algo de parábola al revés. La eternidad, que parecía condenada a quedarse quieta, resulta que puede moverse. Que la fe, cuando el suelo se abre, puede viajar sobre ruedas y seguir viva. Es una imagen que conmueve: la iglesia se adapta, cambia de sitio, pero no abandona a su pueblo.
La escena final lo resume todo: la vicaria Lena Tjärnberg y la obispo Åsa Nyström bendiciendo el templo al llegar a su nuevo emplazamiento, recordando que más que madera y clavos, la iglesia es memoria y comunidad. Y entonces la paradoja se resuelve: la roca que simboliza a Cristo no es una roca inerte, sino “piedra viva”, dinámica, inmutable en su naturaleza espiritual pero capaz de adaptarse y acompañar a su Iglesia y a las personas a través de los tiempos y las circunstancias. Y no hay poder ni reino —político, económico o religioso— que puedan prevalecer contra ella.
Quizá ese sea el verdadero milagro. Que en un tiempo en el que la mina avanza y el capital lo devora todo, una iglesia de 672 toneladas se mueva despacio para seguir ocupando su lugar en medio de los suyos. No se hunde, no se rinde: camina. Como un viejo profeta que, pese al frío y las grietas, insiste en recordar que lo sagrado no es la piedra ni la madera, sino la capacidad de permanecer en Cristo y su Palabra, y hacerlo juntos, como comunidad de fe, aunque el mundo entero se resquebraje.
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