La misión inicial de Elliott era trabajar con universitarios, pero el rechazo al evangelismo le llevó a volcarse en las zonas más castigadas por la marginalidad, entendiendo ese giro como la voluntad de Dios para su ministerio.
San Blas estaba marcado por la violencia y la heroína: jeringuillas esparcidas, robos constantes y hasta amenazas con pistola formaban parte del día a día de la familia. Pese a ese contexto, Elliott y su esposa Mary enseñaron a sus cuatro hijos a no huir del sufrimiento ajeno, sino a acercarse a los drogodependientes con ayuda material y espiritual.
Nace Betel, “casa de Dios”
De esa vivencia en el corazón del barrio nació la asociación Betel, una obra cristiana destinada a acompañar y rehabilitar a drogodependientes, cuyo nombre significa “casa de Dios” en hebreo. El primer drogodependiente que se integró en el trabajo de Betel fue Raúl Casto, en 1985, y pronto se unieron otros, como el misionero australiano Lindsay McKenzie, que compartió vivienda y vida con varios yonquis de la zona.
Las primeras quejas vecinales obligaron a trasladar la comunidad a una granja en la zona de Barajas, que funcionaba como centro gratuito y llegó a acoger hasta 30 personas. Desde aquellos inicios humildes en San Blas, Betel ha ido extendiendo su modelo de acogida y discipulado hasta contar hoy con centros en una veintena de países, testimonio perdurable de la visión misionera que arrancó en las periferias madrileñas.

Elliott, a la izquierda, con Raúl Casto y Ángel, alias «Veneno»
Infancia entre yonquis y fe
Jonathan Tepper, nacido en 1976, recuerda cómo, siendo solo un niño, repartía folletos de Betel entre los yonquis en los alrededores del metro de San Blas y en los bares donde se vendía droga. Su padre les repetía que los drogadictos podían hacerse daño entre ellos, pero no a los niños, animándoles a vencer el miedo y a mirar a esas personas como prójimos y no como amenazas.
Convivieron tan estrechamente con muchos de aquellos jóvenes marcados por la heroína que, con el tiempo, se convirtieron en algo parecido a “hermanos mayores” para los hijos de los Tepper. La otra cara de esa cercanía fue la dureza de ver cómo “casi todos murieron” entre finales de los años 80 y principios de los 90, en los años más trágicos del sida en España, hasta el cambio de tendencia que supuso el nuevo tratamiento antirretroviral a partir de 1995.
Rostros y apodos de una época
El relato recoge nombres y apodos que resumen una época: Raúl Casto, primer miembro de Betel, cuya muerte en 1995 fue un golpe muy doloroso para la familia y para la obra; Miguel Jambrina, “Jambri”, antiguo atracador de bancos que llegó a dirigir uno de los rastrillos de Betel en la calle Esfinge; o Víctor “el Granos”, conocido por sus robos con hacha. También aparece la figura inolvidable de Manolo “Majara”, un hombre valiente y temerario al que un camello llegó a encañonar, y que, según el testimonio de Jonathan, se metió él mismo la pistola en la boca desafiando al agresor, gesto que le valió el apodo y el respeto de muchos.
Majara, Raúl, Ángel “Veneno” y otros muchos murieron a causa de la droga y del sida, dejando en la memoria de los Tepper no solo historias de marginalidad sino también de amistad y cariño. Jonathan resume que, para aquellos jóvenes yonquis, los niños de los Tepper eran casi como “mascotas”, una presencia pequeña pero constante de afecto y esperanza en medio de la devastación.
Un libro para rescatar la memoria
Hoy, Jonathan Tepper dirige un fondo de inversión, pero ha querido volver a sus raíces escribiendo un libro autobiográfico donde narra estas vivencias en San Blas, el nacimiento de Betel y su relación con el mundo de la droga en el Madrid de los 80. La obra, magníficamente escrita, se publicará en Inglaterra y Estados Unidos, mientras su agente busca todavía un editor en España, país donde se gestó la historia que el libro rescata.
El relato de Tepper pone en primer plano la contribución de una familia misionera que, desde una fe sencilla y comprometida, se implicó a fondo en la realidad de la marginalidad urbana y dio origen a una obra de rehabilitación cristiana hoy extendida por buena parte del mundo. De este modo, su libro no solo recupera una memoria casi desconocida para el gran público, sino que también interpela a las iglesias sobre su presencia en las periferias y su vocación de ser, literalmente, una casa para quienes lo han perdido todo.