El texto bíblico sigue diciendo: «He aquí tu rey viene a ti». Efectivamente, «Sion», a pesar de todo lo que Dios había hecho por ella seguía distante. Jesús se entregó por esa Sion. Cautiva en Egipto fue liberada; en el exilio y cautiverio fue redimida. Pero esa Jerusalén seguía desnuda de santidad, o de la presencia de Dios. Por lo tanto, aún se podían aplicar las palabras de Isaías 52:1: «Despierta, despierta, vístete de poder, oh Sion; viste tu ropa hermosa oh Jerusalén, ciudad santa […]»
Este pueblo no aceptaba al rey de paz. Por lo que la ciudad que tenía que ser santa, se tornó en la misma cuna de la violencia (Salmos 127:1). En este contexto se escribe el versículo más corto de la Biblia, pero al mismo tiempo más intenso: «Jesús lloró». ¿Cuántas veces nosotros podemos hacer llorar a Jesús?
«Jerusalén» metafóricamente, es todo un mundo que piensa en una salvación equivocada, que rechaza a Dios aunque se dé el barniz de la religiosidad. «Sion», reducida a lo mínimo, podrías ser tú o yo. En la «Sión» de este mundo muchas personas celebran la Semana Santa. Algunos solamente hablan de santidad en esta semana, y la utilizan incluso como un gancho turístico. Pero el significado de Jesús no se puede encerrar en una «semana santa».
Jesús vino a este mundo dispuesto a morir por nuestros pecados, a pagar lo que nos correspondía a nosotros, y una vez derramada su sangre, no hay una tumba que le encierre, porque resucita. Jesús es un Dios vivo que reina y salva.
Autor: Juan Manuel Quero
© 2013. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA




