(Jorge Fernández Basso, 25/03/2026) | Ayer, 24 de marzo de 2026, Argentina conmemoró medio siglo del golpe de Estado que inauguró la dictadura más brutal de su historia, un quiebre cívico-militar que en 1976 derrocó a Isabel Perón e instaló siete años de terrorismo de Estado: decenas de miles de desaparecidos, vuelos de la muerte sobre el Río de la Plata, cientos de centros de detención y tortura como La Perla en Córdoba, donde aún se identifican restos de víctimas. Es la página más negra, esa que el negacionismo oficial intenta diluir, pero que las redes, las plazas y los testimonios vivos refrescan con catarsis colectiva.
Con tanto publicado y oído en estos días, dudaría sumarme al relato si no fuera porque mi propia vida roza esa herida: soldado conscripto en 1978 en el GADA 101 de Ciudadela, un lugar que luego se reveló como centro de detención, con un oficial al mando que murió en prisión condenado por delitos de lesa humanidad; el conato de guerra con Chile por un litigio fronterizo centenario; las guardias en los estadios del Mundial de fútbol… Daría para un libro, pero hoy prefiero una anécdota más cercana, reveladora, que une mi experiencia militar con la fe evangélica que me define: el 50 aniversario del Colegio Juan de Valdés en San Blas, Madrid, celebrado el 23 de mayo de 2014.
Allí, en un acto que trascendía lo educativo, exiliados argentinos de los setenta dieron gracias de forma pública por la acogida generosa del centro, fundado en los sesenta por el pastor Luis Ruiz Poveda en el seno de la Iglesia Evangélica Española. “Nos abrieron las puertas y sus corazones cuando ningún colegio de Madrid quería recibir a nuestros pequeños”, dijeron. Escuché a María Botto, exalumna llegada a Madrid con cuatro años junto a su madre, la actriz y pedagoga Cristina Rota, y su hermano Juan Diego, de dos añitos, hoy un actor consagrado y famoso en España; Rota huía tras el secuestro y desaparición de su esposo, el también actor Diego Fernando Botto, en 1978.

En ese acto también estaba Carlos Slepoy, un abogado argentino que se convirtió en emblema de la justicia universal, “el Cholo Simeone de los tribunales internacionales”, según le apodó un colega. Conversé con él ese día; me contó cómo, desde Madrid, persiguió incansable los crímenes de lesa humanidad, logrando condenas contra etarras por el asesinato de su padre y contra jerarcas de la dictadura por torturas y desapariciones. Slepoy, que falleció hace poco a los 68 años, encarnaba esa lucha tenaz: demandó al cardenal Sales por encubrimiento, impulsó querellas contra Rumsfeld y Bush por Guantánamo, siempre con la misma fiereza. También tenía dos hijas que fueron escolarizadas en el Juan de Valdés y compartía el agradecimiento inextinguible de la familia Botto hacia el Colegio.
“Nos abrieron las puertas y sus corazones cuando ningún colegio de Madrid quería recibir a nuestros pequeños”.
El Colegio Juan de Valdés, con su ideario cristiano de formar “no para la escuela, sino para la vida”, no solo integró a hijos de exiliados; en mi caso personal, con los testimonios de aquel acto, cerró un círculo entre el horror que viví como soldado (sin saberlo, hasta muchos años después), y la fe solidaria de hombres como Don Luis Ruiz Poveda, que inspiró valores de apertura y acogida en tiempos de miedo e indiferencia.
En Argentina, el “Nunca Más” resuena hoy como grito unánime contra el terrorismo de Estado, la peor violencia que un pueblo puede sufrir. Aquí, en España, ese eco nos recuerda que la memoria no es solo duelo: es también gratitud por quienes, con humildad evangélica, tendieron puentes humanos cuando la historia los exigía. En esa unión de dolor y esperanza reside una lección perenne.







