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OPINIÓN / ENTREVISTA

Evolución y fe cristiana: conversación con Pablo de Felipe

Imagen Freepik

Resumen-avance de una amplia entrevista con el bioquímico y teólogo Pablo de Felipe, en la que aborda con rigor la relación entre evolución, lectura del Génesis y fe cristiana, así como el impacto del creacionismo en el mundo evangélico.

(Redacción, 20/02/2026) | El texto que sigue es un resumen a modo de avance de una entrevista mucho más extensa realizada por Alfonso Pérez Ranchal a Pablo de Felipe para Pensamiento Protestante. En la versión completa, disponible en el enlace al final, el lector encontrará el desarrollo íntegro de las respuestas, con abundantes matices históricos, científicos y teológicos, así como referencias bibliográficas y recursos adicionales.

Este avance pretende ofrecer una panorámica ordenada de los principales temas tratados, manteniendo las preguntas clave del entrevistador y condensando las respuestas de Pablo de Felipe para facilitar su lectura y servir de puerta de entrada a la entrevista completa.

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¿Quién es Pablo de Felipe y de qué habla esta entrevista?

Pablo de Felipe es licenciado en Ciencias Químicas y doctor en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad Autónoma de Madrid, y también doctor en Teología por la Universidad de Bristol. Actualmente coordina el Centro de Ciencia y Fe y es profesor en la Facultad de Teología SEUT (Fundación Federico Fliedner, Madrid), lo que le sitúa en un lugar privilegiado para dialogar entre ciencias naturales, exégesis bíblica y teología.

La entrevista gira en torno a la relación entre evolución y cristianismo, un tema que suele ser conflictivo en ciertos contextos eclesiales y que a menudo se debate desde la desinformación o el “diálogo de sordos”. Pablo propone distinguir cuidadosamente los planos científicos, filosóficos y teológicos, y también recuperar una lectura teológica del Génesis que vaya más allá de las guerras culturales en torno a la edad de la Tierra o el origen de las especies.


Resumen de la entrevista. Preguntas y respuestas principales

Pregunta 1. Para algunos cristianos, la teoría de la evolución choca frontalmente con la idea de un Dios creador tal y como aparece en Génesis 1–2. ¿Es esto cierto?

El problema nace de mezclar varios sentidos de “evolución”: el hecho histórico de la evolución, sus mecanismos, su uso como filosofía atea global y el origen de la vida. A nivel cristiano, confesar a Dios como Creador no exige que Dios haya creado cada especie de forma directa e inmediata, pues el propio Génesis presenta a Dios creando a veces de manera directa y otras mediante la acción de la tierra o el mar (“hacer que hagan”). Además, la interpretación literalista de Génesis 1–2 nunca ha sido unánime en la historia de la Iglesia. Autores cristianos antiguos como Agustín de Hipona o Filópono de Alejandría ya relativizaban la lectura “científica” del texto y lo consideraban una enseñanza teológica y polémica frente a mitos paganos. Entre los reformadores, Juan Calvino insistió en no abusar del Génesis para extraer datos de astronomía. El Génesis ofrece confianza, consuelo y esperanza, no datos de biología o astronomía, de modo que oponer en bloque “evolución” y “Dios creador” es un falso dilema.

Pregunta 2. Se dice a menudo que la evolución es “solo una teoría”. ¿En qué sentido se usa aquí la palabra “teoría”?

En el lenguaje cotidiano “teoría” suena a mera especulación, pero en ciencia una teoría es una explicación bien fundamentada que integra numerosos datos y ha pasado diversos análisis. Así, hablamos de teoría de la evolución igual que de teoría de la relatividad o teoría celular, y solo las explicaciones más robustas reciben este nombre. Hay que distinguir también entre “teoría” y “ley”: las leyes suelen expresar relaciones matemáticas entre variables, mientras que las teorías ofrecen una explicación global que puede englobar varias leyes. Por otra parte, incluso leyes clásicas, como la gravitación newtoniana o la ley de los gases de Boyle, son aproximaciones limitadas, mientras que la teoría de la relatividad, aunque se llame “teoría”, describe mejor ciertos fenómenos extremos. Por tanto, llamar “teoría” a la evolución no significa debilidad, sino que se trata de uno de los pilares de la biología moderna, sometido a múltiples contrastes desde diversos ángulos.

Pregunta 3. El movimiento del Diseño Inteligente sostiene que ciertos sistemas biológicos (como el ojo humano) presentan “complejidad irreductible” y no pueden explicarse mediante evolución. ¿Hay una respuesta adecuada a esto?

En primer lugar, debemos distinguir entre el “diseño inteligente” como convicción teológica común (el mundo es obra de un Creador sabio) y el movimiento sociocultural concreto del Diseño Inteligente surgido en Estados Unidos en los años 80 como estrategia para introducir ideas creacionistas en la escuela pública. Este movimiento intentó presentar la evolución como científicamente débil y proponer una supuesta alternativa científica, pero los tribunales estadounidenses terminaron rechazando esa pretensión en 2005. Además, incluso figuras centrales del Diseño Inteligente, como Michael Behe, aceptan la antigüedad del universo y la descendencia común, incluyendo la estrecha relación genética entre humanos y chimpancés, lo cual debilita su uso como apoyo a un literalismo de Génesis. El debate real con el Diseño Inteligente no está tanto en si ha habido evolución, sino en los mecanismos concretos de la evolución, así como en las lecturas filosóficas globales, que no pueden confundirse con la discusión puramente científica. Desde una perspectiva cristiana, aun aceptando un origen común con otros primates, Dios sigue siendo el Creador, y la clave teológica está en cómo leemos el Génesis, no en intentar que la biología confirme una interpretación literalista.

Pregunta 4. Se afirma que en el registro fósil faltan casi por completo los “eslabones de transición”. ¿No sería esto un serio problema para la evolución?

La expresión “eslabón perdido” pertenece al imaginario del siglo XIX y responde a una visión simplista de la evolución, buscando un individuo mitad mono mitad humano. Hoy se sabe que la evolución humana no se resume en un eslabón único, sino en docenas de especies de homininos, muchas de ellas coexistentes y, en algunos casos, entrecruzadas. Un ejemplo clave es la presencia de genes neandertales y denisovanos en nuestro genoma, revelada a partir de la secuenciación de sus genomas por el equipo de Svante Pääbo, lo que muestra una historia entretejida y compleja. El registro fósil es desigual: en algunos grupos es más completo que en otros, y nuevos hallazgos reajustan continuamente los detalles finos de los árboles evolutivos. Por eso no es aconsejable “atrincherarse” en los huecos de conocimiento, pues estos tienden a ir llenándose con datos, y convertir esos huecos en argumento teológico acaba siendo insostenible.

Pregunta 5. Si las especies están en continua evolución, ¿cómo se explica el “ajuste fino” al medio? ¿Es razonable pensar que todo un ecosistema evoluciona a la vez?

Aquí cabe citar la analogía de la homeostasis: así como un organismo mantiene una relativa estabilidad interna reaccionando a los cambios externos, las especies se adaptan dinámicamente a un entorno que también cambia. La evolución sería, en este sentido, un proceso continuo de ajuste y reajuste de las poblaciones a su ambiente, que permite la persistencia de la vida en un mundo en transformación. De ahí se deriva que ese “ajuste fino” biológico no es un estado estático, sino el resultado de un proceso continuo donde las especies responden a presiones ecológicas, climáticas, biológicas, etc. Además, no se puede pensar la evolución de una especie aislada del resto, porque existe coevolución: depredadores y presas, parásitos y hospedadores, plantas y polinizadores, etc., se influyen mutuamente y el ecosistema en su conjunto se transforma lentamente.

Pregunta 6. Si el mundo muestra un diseño admirable, pero también realidades terribles (terremotos, enfermedades, depredación…), ¿se puede atribuir todo sin más al pecado?

Se trata de una cuestión teológica y filosófica muy profunda, sin respuestas simples, y que no se resuelve en el plano de la ciencia. Desde el punto de vista científico, muchas de esas realidades “terribles” están intrínsecamente ligadas al funcionamiento del mundo tal como lo conocemos: la actividad geológica que produce terremotos y volcanes es también la que hace posible la dinámica de la Tierra, y nuestro sistema inmunitario solo nos protege destruyendo de forma constante organismos extraños patógenos y células propias dañadas. Por eso parecería irreal imaginar un mundo “igual que este, pero sin muerte ni sufrimiento”; sería un universo distinto, ni el nuestro ni el de Génesis 1–2. Los propios textos bíblicos sobre la creación son más complejos: Génesis 2–3 introduce la presencia del mal en el huerto, y Job 40–41 presenta criaturas monstruosas (behemot, leviatán) como parte de la creación de Dios, subrayando su carácter incontrolable y la pequeñez humana. A partir de ahí quizá haya que repensar la relación entre pecado y muerte (por ejemplo, leyendo Romanos 5 en clave de muerte “espiritual”). Los teólogos evangélicos deberían abordar esta reflexión con seriedad en vez de refugiarse en la negación de la evolución.

Pregunta 7. ¿Cómo encaja el llamado “pecado original” en la evolución humana?

El “pecado original” es un concepto teológico, fuertemente marcado por la lectura agustiniana, que entendía el pecado como algo casi “heredado” desde Adán. No todas las tradiciones cristianas ven este tema de igual forma; por ejemplo, la ortodoxia oriental posee enfoques distintos al del cristianismo agustiniano dominante en el catolicismo y el protestantismo. En clave evolutiva, habría que centrar el foco en la toma de conciencia humana de su capacidad para hacer el mal y de su responsabilidad moral, evocando la confesión de Pablo en Romanos 7: el conflicto interior entre lo que se quiere hacer y lo que se termina haciendo. Mientras un animal que mata no actúa con conciencia moral, en algún momento de la evolución humana surgió una autoconciencia capaz de decir “esto está mal” y reconocerse responsable. No sabemos cuándo ocurrió, pero para la fe cristiana lo decisivo no es reconstruir ese momento, sino asumir hoy esa responsabilidad personal ante Dios, más allá de explicaciones “genéticas” del pecado.

Pregunta 8. ¿Qué dirías a los cristianos que creen en la evolución pero sienten que no es compatible con su fe?

Paradójicamente, tanto ciertos cristianos como algunos no creyentes coinciden en presentar evolución y cristianismo como incompatibles, solo que unos atacan la ciencia y otros la fe. Sin embargo, desde la época de Darwin hubo cristianos que aceptaron la evolución como teoría científica sin adherirse a filosofías ateas. El propio testimonio de Darwin reconoce que se puede ser “ardiente teísta y evolucionista”, y citó como ejemplos a Charles Kingsley y Asa Gray. El conflicto se reavivó en el siglo XX con el creacionismo moderno, especialmente tras la integración literalista del diluvio y la geología por H. M. Morris y J. C. Whitcomb, inspirados en ideas de George McCready Price. Desde entonces, el creacionismo y luego el movimiento del Diseño Inteligente han invertido enormes recursos para difundir una visión alternativa de la ciencia ligada a una lectura literal de Génesis, influyendo en amplios sectores evangélicos y también católicos. Esta estrategia ha causado y seguirá causando un daño profundo al testimonio cristiano, comparable al escándalo histórico de la condena a Galileo. En el siglo XVII Francis Bacon ya criticaba los intentos de negar la independencia de la ciencia en nombre de la teología. Ya en el siglo XX, Donald MacKay criticaba el ataque cristiano a la teoría científica de la evolución, en lugar de a su “parásito filosófico”, el que ve la evolución como sustituto para Dios. Y C. S. Lewis denunció el uso apologético de una “ciencia retorcida”.

Debemos salir de los marcos teológicos más estrechos y escuchar el trabajo de científicos y teólogos cristianos que, a lo largo de los siglos XX y XXI, han buscado un diálogo serio entre fe y ciencia. El problema de fondo es el concordismo: el intento de forzar una concordancia literal entre textos bíblicos milenarios y ciencia moderna, tanto para negar la evolución como para “encontrarla” dentro del Génesis. Sería mejor respetar la especificidad del estudio bíblico en su contexto literario e histórico, y de la ciencia en su propio ámbito. Para el cristiano el mundo natural es creación de Dios y merece atención y reverencia. Nadie debería sentirse obligado a elegir entre evolución y cristianismo como si fueran alternativas excluyentes.

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La entrevista completa:

Si este avance ha sido de su interés, le animamos a leer la entrevista completa en el siguiente enlace, donde el lector interesado dispondrá de todas las respuestas desarrolladas, notas, citas textuales y bibliografía para un estudio más detallado:

https://www.pensamientoprotestante.com/2026/02/evolucion-y-cristianismo-entrevista.html

Fuente: Alfonso Pérez Ranchal - febrero 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN / ALFONSO PÉREZ RANCHAL

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