(Jorge Fernández Basso, 12/02/2026) | Nos cuesta mirarnos al espejo. Y, sin embargo, pocas cosas nos reflejan mejor que el rostro de un migrante.
Arturo Lezcano recuerda en El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega que “se calcula que entre 1850 y 1960 emigraron dos millones de gallegos a América, de los que regresaron un tercio, aproximadamente. El primer millón y medio lo hizo hasta 1930, mayoritariamente a Cuba, Argentina, Uruguay y Brasil. Durante quince años descendió el número de salidas, con el crash económico internacional y las guerras española y mundial —exilio al margen—. En 1945 se abrió el grifo de nuevo durante veinte años, ahora también a Venezuela, México y Panamá, hasta el comienzo de la oleada hacia Europa… En la segunda mitad del siglo XIX salieron más de 400.000 personas, la cuarta parte de la población; en 1920 salieron 77.000 personas, el 3,5% de la población en un solo año. En tasas de emigración relativa, Galicia solo es superada por Irlanda y está por delante de Italia”. (Arturo Lezcano, © Libros del K.O. 2025).
Soy hijo y nieto de migrantes gallegos. Mi abuelo, Ceferino Fernández, nació en Gondomar, provincia de Pontevedra, en 1903. Se casó joven con mi abuela, Lola Giraldez, natural de As Neves, una pequeña aldea pontevedresa de la ribera del Miño, frente a Portugal. Allí nació también mi tío Joaquín y se crió mi padre, Jorge. Todos migraron —unos antes y otros después— a Buenos Aires.
En la segunda mitad del siglo XIX salieron más de 400.000 personas, la cuarta parte de la población; en 1920 salieron 77.000 personas, el 3,5% de la población en un solo año. En tasas de emigración relativa, Galicia solo es superada por Irlanda y está por delante de Italia”
Mi padre partió en 1951, con 19 años, en esa ola migratoria de la posguerra española y mundial que describe Arturo Lezcano en su libro sobre la diáspora gallega. Un libro de lectura obligatoria —eso lo digo yo— para todo español que quiera participar en el actual debate sobre migraciones con un mínimo de conocimiento, de memoria y de decencia.
Porque, quizá, si se leyera más historia, alguno se lo pensaría dos veces antes de juzgar al migrante que hoy llega en busca de una vida mejor a nuestro país, o a otros países de Europa. Se mordería la lengua antes de blandir a la ligera frases como “queremos migración legal y ordenada”, cuando supiera de los miles de españoles que llegaron a las costas de América como polizones en los barcos que partían de Vigo, A Coruña —y también de la costa andaluza, catalana y canaria—, y que regularizaron su situación cuando pudieron, trabajando en lo que pudieron, cuando los países de acogida les facilitaron la regularización.
Tal vez entonces se callarían algunos charlatanes que aseguran que los migrantes españoles “emigramos legalmente, e íbamos a trabajar, con contratos”. Mentira cochina. Nuestros abuelos se iban como podían y adonde podían. Con contrato o sin contrato. Perseguidos por el hambre, la falta de trabajo o las guerras. Igual que hacen hoy muchos africanos, latinoamericanos o sirios que llegan a Europa. Solía irse primero el jefe de familia, o un hijo mayor, o una madre, dejando al resto al cuidado de hermanos y abuelos. Y hasta que conseguían un mínimo de estabilidad para llevárselos consigo, enviaban algo de dinero para ir tirando, cuando podían.
Millones de españoles emigraron a todas partes, solo entre finales del siglo XIX y la segunda mitad del siglo XX. Menos de cien años bastaron para convertirnos en un país exportador de personas.
Y estuvo bien que lo hicieran. Porque emigrar es el derecho universal de los valientes que se niegan a aceptar con fatalismo su destino, solo porque les ha tocado nacer en un lugar y en un tiempo inoportunos. Emigrar es siempre una opción legítima. Es una decisión personal y libre, que no admite censuras ajenas, ni moralinas baratas, ni juicios éticos dictados desde la comodidad del sofá.
Emigrar es el recurso pacífico del pobre ante la opresión esclavizante de sistemas económicos y gobiernos que le fallan, le traicionan, le esclavizan de distintas formas y le exigen sacrificios indecentes con falsas promesas y esperanzas que él nunca llegará a ver, y probablemente tampoco sus hijos.
Emigrar es el recurso pacífico del pobre ante la opresión esclavizante de sistemas económicos y gobiernos que le fallan, le traicionan, le esclavizan de distintas formas y le exigen sacrificios indecentes con falsas promesas y esperanzas que él nunca llegará a ver, y probablemente tampoco sus hijos. Emigrar como se pueda. Con visados y papeles (mejor, por supuesto), o como se pueda. Con valentía, sin culpa y sin complejos: es el derecho de cualquier ser humano honesto que solo quiere trabajar —no robar, ni delinquir— y no tiene otra opción para asegurarse el pan y el techo de su familia.
Por eso, el supuesto “dilema moral” de la emigración, si es que existe, no es —no debería ser— un dilema de la persona migrante, sino del país de acogida. Es la sociedad, en cada etapa de su historia, la que debe decidir cómo responder al migrante que pisa su suelo: si lo acoge con memoria, generosidad y humanidad, o lo rechaza y lo maltrata con hipocresía, crueldad e indiferencia.
El supuesto “dilema moral” de la emigración, si es que existe, no es —no debería ser— un dilema de la persona migrante, sino del país de acogida. Es la sociedad, en cada etapa de su historia, la que debe decidir cómo responder al migrante que pisa su suelo
Como cristianos, además, el tema nos obliga a una reflexión más profunda. Me cuesta creer que pueda haber personas que se llamen a sí mismas seguidores de Jesús y, al mismo tiempo, suscriban discursos xenófobos, racistas, antiinmigrantes y narrativas del odio que pululan por las redes y por algunos medios de (in)comunicación. Me parece una contradicción que roza el absurdo.
No solo porque choca de lleno con al menos la mitad de la Ley de Dios revelada en Jesucristo —una ley vinculante que nos obliga a amar al prójimo como a nosotros mismos—, sino porque, en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a los creyentes se nos describe como un “pueblo de peregrinos y extranjeros” en camino hacia una patria celestial.
Me cuesta creer que pueda haber personas que se llamen a sí mismas seguidores de Jesús y, al mismo tiempo, suscriban discursos xenófobos, racistas, antiinmigrantes y narrativas del odio que pululan por las redes y por algunos medios de (in)comunicación.
Y hay más. Ha sido y es la diáspora cristiana —antes que cualquier organización o estrategia misionera planificada— el primer recurso del Espíritu Santo para llevar el evangelio a los pueblos y naciones del mundo. Lo fue cuando Felipe predicó el evangelio en Samaria. Lo fue cuando unos discípulos del norte de África anunciaron por primera vez la buena noticia a no judíos en Antioquía. Y lo ha sido, durante dos mil años, hasta llegar a la historia reciente de España, donde el flujo migratorio de los últimos 25 años ha servido para reforzar y fortalecer el testimonio evangélico con un empuje extraordinario.
Ha sido y es la diáspora cristiana —antes que cualquier organización o estrategia misionera planificada— el primer recurso del Espíritu Santo para llevar el evangelio a los pueblos y naciones del mundo.
Se atribuye a Unamuno una frase conocida: “El fascismo se cura leyendo y el racismo viajando”. Yo me atrevo a añadir que la lectura de libros como el de Arturo Lezcano también puede ayudarnos a curarnos de cualquier cariz xenófobo, de todo prejuicio antiinmigrante, al recordarnos nuestra propia historia de país productor de millones de migrantes, con honestidad y humildad.
Tal vez así podamos empezar a ver en el rostro del migrante que hoy llega a nuestro barrio, a nuestras iglesias, un espejo de lo que nosotros mismos somos —y de lo que fuimos—. Solo entonces, mirándonos de frente en ese espejo, tendremos alguna posibilidad de estar a la altura de nuestra propia historia.
