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EDITORIAL
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MADRID, 27/04/2010 | Las imágenes de un joven golpeando brutalmente a otro en el Metro de Madrid nos producen estupor e indignación, no sólo por la exacerbada violencia del agresor, sino por la situación de indefensión de la víctima, que fue atacada cobardemente, por sorpresa, sin previo aviso y sin tiempo para reaccionar, con la complicidad omisa de la multitud de pasajeros que llenaban el vagón y cuya única reacción fue hacerse un lado para no interrumpir el brutal "desahogo" del agresor. Sólo cuando este pareció darse por satisfecho, quizás al ver la sangre en el ojo derecho de la víctima y que éste yacía inmóvil, tumbado en el asiento, un par de pasajeros se acercaron para intentar calmarle.

Las cámaras de seguridad del Metro grabaron las imágenes del hecho, sucedido el pasado 12 de marzo en la estación Delicias, de Madrid. Según la prensa, el agresor pasó 10 días en prisión y salió con una orden de alejamiento que le impide estar a menos de 500 metros de la víctima. Algo que el agresor no cumple, ya que sigue coincidiendo con la víctima en el mismo medio de transporte donde sucedieron los hechos.

"…se corre el riesgo de que los energúmenos de turno (…) conviertan al Metro en un escenario habitual para exhibicionistas violentos…"

La conveniencia de que imágenes como éstas, sin duda útiles para la investigación policial, sean reproducidas libremente a través de los medios de comunicación, merecería ser objeto de una primera reflexión, ya que – a nuestro modesto entender – se corre el riesgo de que los energúmenos de turno, que nunca faltan, dispuestos a alcanzar alguna clase de celebridad, por efímera e indigna que sea, conviertan al Metro en un escenario habitual para exhibicionistas violentos que, lejos de cubrirse de las cámaras de seguridad, le ofrezcan su perfil más agraciado. Sobre todo, teniendo en cuenta lo baratas que pueden resultar estas vandálicas actuaciones desde el punto de vista penal, en comparación con la "gloria" que le aseguran al energúmeno ante sus iguales.

Desearíamos equivocarnos absolutamente, pero podríamos empezar – si es que no hemos empezado ya – a asistir a un auténtico casting de gamberros y violentos, en busca del morbo y la notoriedad que les puede ofrecer una cámara de seguridad, con la complicidad involuntaria de los medios, y en particular, del escenario universal que ofrece Internet.

Para colmo, como si el estupor e indignación que nos producen estas imágenes por sí mismas no fueran suficientes, la prensa nos ofrece la "justificación" que el energúmeno hace en su declaración ante las fuerzas policiales: "soy antifascista, y cuando veo a un fascista tengo que pegarle", declaró. Y uno no sabe si llorar o reír ante semejante declaración. ¿Sabrá él lo que es ser un fascista?, nos preguntamos. ¿Sabrá él que lo es, aunque se etiquete a sí mismo con un signo contrario?

Y aquí es donde cabe una segunda reflexión, toda vez que esta contradicción -tan evidente a veces, entre lo que creemos ser y lo que realmente somos-, adquiere dimensiones patológicas en quienes, convencidos de la superioridad de sus valores y creencias, desprecian y humillan a quienes no creen ni piensan como ellos, negándoles el derecho a ser, a pensar, o a creer diferente.

"…detrás de sus etiquetas, de su discurso y apariencia, esconden un espíritu antidemocrático, intolerante, egoísta, vulgar, retrógrado, prejuicioso y poco cívico."

No es difícil reconocerles, aunque no todos aparenten ser tan radicales. Algunos incluso gustan de presentarse a sí mismos con la etiqueta de demócratas, tolerantes, dialogantes, solidarios, cultos, progresistas, liberales, ciudadanos…, cuando en realidad, detrás de sus etiquetas, de su discurso y apariencia, esconden un espíritu antidemocrático, intolerante, egoísta, vulgar, retrógrado, prejuicioso y poco cívico. Y aunque, a diferencia del energúmeno del Metro, la violencia de algunos de ellos sea más subliminal y menos manifiesta, no por ello será menos violenta, injusta, cobarde e hipócrita.

Se los puede encontrar en cualquier lugar: en el fútbol o en la compra; en la oficina o en la calle; en el pueblo o en la ciudad; en las tribunas parlamentarias o en los despachos eclesiales; en los juzgados o en los centros penitenciarios; en las cátedras universitarias o en los consejos escolares; en las tertulias de radio o en los debates televisivos; y -de forma creciente- escondidos bajo el anonimato de un seudónimo en los foros y secciones de comentarios de Internet.

Bien los retrató el Jesús de los evangelios cuando dijo: "¡Hipócrita! …quita primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver bien para quitar la paja del ojo de tu prójimo".

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