Cuando era niño en la fe, este pasaje me producía cierto alivio. Pensaba en aquellas personas que nunca han escuchado el evangelio —mis compañeros de trabajo, mis amigos no creyentes, o los pueblos no alcanzados del mundo— y recordaba la pregunta: “¿Cómo oirán si no hay quien les predique?”[1]. Interiormente, sin decirlo en voz alta, me respondía algo así como: “Bueno, Dios los juzgará de acuerdo con su conciencia”. De ese modo, mi responsabilidad respecto a la evangelización y las misiones quedaba reducida a algo casi simbólico o meramente testimonial. Había que hacerlo, sí, porque era el camino “más seguro”, el trazado por Cristo. Pero, en el fondo de mi corazón, una excusa me consolaba: “si no llegamos a tiempo con el evangelio, Dios los juzgará por su conciencia”.
En cuanto a mi propia condición, por supuesto celebraba conocer a Cristo como «mi único y suficiente Salador» y así lo confesaba, pero el creerme «un cristiano coherente» reforzaba de alguna manera mi esperanza en mi destino eterno, como quien celebra «tener un billete de avión para viajar en primera de Madrid a Roma, pero sabe que tiene en el garage un buen automóvil por si acaso tuviera que hacer el trayecto por carretera».
Hoy, que ya no soy un niño en la fe (…) no quisiera, bajo ningún concepto, ser juzgado por las incoherencias entre lo que dicta mi conciencia y mis actos, ni por mis pensamientos más íntimos.
Me temo que este razonamiento está bastante arraigado entre quienes afirmamos seguir a Jesús, aunque no lo admitamos, porque nos da más motivos para cultivar nuestra virtud personal y nos ayuda a aliviar el peso de la responsabilidad que se nos ha confiado de ser testigos y embajadores de Cristo en el mundo. Sin embargo, quizá deberíamos mirarlo desde otra perspectiva.
Hoy, que ya no soy un niño en la fe, el pasaje de Romanos 2 ha dejado de parecerme un “salvoconducto” seguro o un “plan B” por si los cristianos no estamos a la altura de nuestra urgente misión. Y no lo es, porque ahora que me conozco un poco mejor a mí mismo, debo confesar con toda honestidad que no quisiera, bajo ningún concepto, ser juzgado por las incoherencias entre lo que dicta mi conciencia y mis actos, ni por mis pensamientos más íntimos. Mucho menos ante la posibilidad de que los secretos de mi corazón pudieran salir a la luz.
Cuando era niño en la fe me percibía a mí mismo como un cristiano coherente, de conciencia limpia. Hoy, ya “hombre”, soy muy consciente de mis contradicciones y puedo entender mejor la lucha personal que Pablo describe con descarnada honestidad unos capítulos más adelante en Romanos: “porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”.[2] Esa frase me describe con precisión. Soy tan consciente de mis incoherencias que sé que, en un hipotético juicio final donde se confrontaran mis creencias, principios y valores con mis actos y mis pensamientos más profundos, mi propia conciencia me condenaría de forma implacable. Pensamientos que, en ocasiones, me llevan a avergonzarme de mí mismo y a sentirme culpable.
Al imaginarme como protagonista de esa escena, brota espontáneamente un suspiro: “¡Dios me libre!”. Y es entonces cuando resuena en mi interior esta verdad liberadora: “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne —es decir, no confían en su propia virtud natural— sino conforme al Espíritu, confiando por la fe en la justicia vicaria de Cristo”[3]. El suspiro, entonces, se vuelve esperanzador y trae un profundo alivio: “¡Dios me ha librado!”.
En definitiva, cuando era inmaduro en la fe, creía honesta pero ingenuamente que ser juzgado por mi propia conciencia y por los argumentos de mi ley moral era un camino “posible”, al menos para mí, aunque mi ortodoxia evangélica me llevara a afirmar que “no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres —sino Cristo— en quien podamos ser salvos”[4].
Hoy, más maduro en la fe y más consciente de mis contradicciones, comprendo mucho mejor a Pablo y doy gracias a Dios porque mi fe y mi esperanza no descansan en mi coherencia, sino en la seguridad de la obra redentora de Cristo y en la suficiencia de su gracia. Y el tener una «limpia conciencia», más que una certeza es una honesta aspiración.
Hablo por mí. No descarto que haya personas más coherentes que yo, con menos contradicciones entre lo que creen y lo que viven. No lo dudo. Pero, en lo que a mí respecta, en estos días de Adviento al acercarme a esta celebración navideña —pocos días después de haber soplado mis 66 velitas—, mi fe, mi gratitud y mi gozo miran con alivio hacia ese pesebre en Belén que, hace más de dos mil años, acogió a mi Salvador.
Eso sí, el alivio de mi salvación personal no disminuye en absoluto el peso del deber de procurar ser un testigo fiel y responsable ante el mundo. Por eso, querida amiga y querido amigo lector, si has llegado hasta aquí y aún no has rendido tu vida a Cristo como Salvador y Señor, te animo a hacerlo ahora mismo. No confíes en tus propias creencias, valores o virtudes, por nobles que parezcan. Confía en Aquel que justifica al que cree, y experimentarás una paz interior que nada ni nadie podrá arrebatarte.
Feliz Navidad.
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*** Notas:
[1] Romanos 10:14
[2] Romanos 7:19
[3] Romanos 8:1
[4] Hechos 4:12
Autor: Jorge Fernández – Madrid, 20 de diciembre de 2025.-
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