Foto de Greg Rakozy en Unsplash
Prolegómenos
Afrontar el tema del origen del mundo, desde el punto de vista teológico, significa que tenemos que despejar de alguna forma las dos posturas que se ocupan del tema: el creacionismo y la evolución, es decir, o bien aceptamos la literalidad del libro de Génesis (creacionismo)[1] o, bien optamos por un largo proceso debido a una serie de fenómenos concatenados que dieron origen al Universo tal y como lo conocemos; es decir, o nos apoyamos en Génesis 1,1: “Dios creó los cielos y la tierra” de forma literal, o nos inclinarnos por la teoría de la evolución, a partir de los aportes de Charles Darwin (1809-1882)[2] y otros científicos que se ocupan del tema en extensión.
Se trata de una de las elecciones más complejas y comprometidas con la que tienen que enfrentarse tanto la teología como la antropología.
Claro que dichas opciones no son necesariamente tan incompatibles como pudiera parecer a simple vista. Puesto que para Dios un día es como mil años y mil años como un día (cfr. Salmo 90:4 y 2 Pedro 3:8), bien pudo Dios crearlo todo en un ¡zas!, ¡hágase! y todo hecho en un segundo; o bien el mismo Dios pudo tomarse un tiempo indefinido en el que, mediante un proceso cósmico indefinido, fue formándose el universo y todo lo que en él habita. Ambas opciones nos conducen al Dios creador. Y, además, también es posible que tengamos una idea de Dios distorsionada, algo que no deberíamos descartar a priori.
Lo que resulta evidente en ambos supuestos es que no es posible desvincular lo creado de su creador, al margen de que desde algunos ámbitos se utilice otro tipo de denominación a la hora de hacer referencia a la creación del Universo. El relato para explicarlo debe armonizar ciencia, historia y teología en la medida de lo posible, a fin de descubrir lo que la propia Creación muestra de sí misma, aprovechando las pistas que ella misma nos brinda siguiendo, entre otras, las indicaciones del salmista: “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1).
Biblia: los dos relatos
Obviamente, debemos tener en cuenta los dos relatos que sobre la Creación hace Génesis (1:1-2: 4a y 2:4b-25), sin pasar por alto el tema ya conocido sobradamente por nuestros lectores referido a las cuatro fuentes que nutren la Torá o Antiguo Testamento (yahvista, elohista, deuterocanónica y sacerdotal), documentos previos al libro de Génesis de los que se nutre la redacción final de Génesis. Por las pistas internas que aporta el texto, los exégetas concluyen que la primera versión del relato de la Creación es de origen elohísta y la segunda se debe a la tradición yahvista, aportando ambas, matices diferenciadores entre sí.
Los autores del relato escrito referido a la Creación muestran una gran sensibilidad al transcribir los datos que, hasta entonces, han sido transmitidos oralmente de generación a generación, por culturas diferentes; mostrándolos limpios de información accesoria, sin aportes exegéticos innecesarios entonces.
Efectivamente, Génesis aporta una información muy escueta en la que no se hace referencia a fechas y otros posibles datos complementarios. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Deja en manos de la imaginación o de la ciencia el tratar de descubrir cuando se produjo ese principio, aunque sí se ocupa de detallar el proceso creativo, algo que, probablemente, respondía a la intuición o al conocimiento de los avances científicos de la época. ¿A qué época hay que hacer referencia aquí? ¿A la que pudiera atribuirse al Éxodo hebreo? ¿A la de los textos originarios, es decir, los documentos elohista y el yahvista?, ¿o a la fecha de la redacción definitiva de la Torá, tal vez en el siglo VI a.C. cuando se da por cerrado el texto de la Torá?
A los efectos que interesa al hagiógrafo o hagiógrafos que intervienen en su elaboración, hay que vincular la narración necesariamente con el Éxodo y el proceso de constitución como “pueblo escogido por Dios” de Israel, es decir, vincularlo al papel fundante que suponen las Tablas de la Ley. El interés y propósito del relato de la Creación se centra en dejar constancia de que los hebreos rescatados de la esclavitud en Egipto no tienen un Dios tribal propio como pudiera ser la idea que se tenía de El-Elohim hasta entonces. Ya en Canaán, va tomando cuerpo la idea de que Yahvé era un Dios eterno, universal, único, creador de todo lo existente, del Universo y lo que en él habita.
Así pues, el autor de Génesis presenta a un Ser Elohim-Yahvé, concebido como omnipotente y lleno de sabiduría, anterior a la obra que protagoniza, que está sobre todas las cosas, cuyo origen no se plantea precisamente por considerarle preexistente a todo lo creado, sin detenerse a dar detalles que pudieran identificarle, porque resulta inútil intentarlo fuera de esa imagen de Gran Arquitecto cósmico a quien nada ni nadie se resiste.
Por su parte, el salmista, aparte de asumir los hechos como una obviedad debida a la acción creadora de Dios, hace una declaración universal: “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1), si bien establece una vinculación necesaria con el Dios creador: “Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”. “Él junta como montón las aguas del mar. Él pone en depósitos los abismos” (Salmo 33:6,7). Sea como fuere, a la hora de poner una fecha al texto, no podríamos retrotraernos más allá del siglo XV a.C., fecha atribuida al Éxodo.
Entre los datos manejados, la fecha atribuida a la creación del mundo varía según la tradición, en unos casos, y teorías pseudocientíficas, en otros. Entre otras:
- Una corriente del judaísmo señala el año 3.761 a. C.
- La teoría del Big Bang sugiere que el Universo se originó hace unos
- 10 000 o 20 000 millones de años.
- National Geografic sugiere que se trata de unos 13.800 millones de años.
***
Creación a partir del caos
El autor o autores de Génesis dan por supuesto que antes del proceso de creación narrado no existe nada; únicamente el ser misterioso al que se hace referencia como anterior a todo lo creado, identificado como Elohim, si bien más adelante sería adoptado el nombre de Yahvé, una vez bajo la influencia de los pueblos cananeos, donde ya existía una divinidad con ese nombre.
El concepto de que todo fue creado de la nada prevalecerá en la cosmología judía, como muy bien recoge el libro de los Macabeos (cfr. 2 Macabeos 7:28, 29), una idea que fue transmitida íntegramente al cristianismo, hasta que, desde el pensamiento crítico racionalista, se ha recuperado la frase que sigue a la declaración “en el principio creó Dios los cielos y la tierra…” (vr.1 con “… y la tierra estaba desordenada y vacía…”, (vr. 2), ofreciendo una nueva perspectiva del concepto “creación de la nada”, para admitir otras posibles hipótesis desde la propia lectura bíblica, al margen de asumir la literalidad del texto bíblico.
A partir de la unión de esos textos la narrativa sería que cuando Dios creo los cielos y la tierra, la tierra estaba confusa y vacía, es decir, prevalecía el caos, enlazando la idea con el poema babilónico el Poema de la creación Euma elis[1], cuyo comienzo es el siguiente:
Cuando arriba el cielo no tenía nombre,
Cuando la misma tierra abajo no era nombrada,
(entonces) las aguas del abismo (Apsú: aguas dulces) primordial
Y las de la tumultuosa Tiamat (aguas saladas) fueron juntadas.
El poema al que hacemos referencia es una muestra más de las respuestas que las diferentes cosmogonías de la humanidad, además de la hebrea, han querido aportar para intentar esclarecer la gran incógnita que supone para el ser humano todo cuanto tiene que ver con la Creación. Nos remite a la idea del caos previo a la Creación
Esa idea del caos primitivo es común en las cosmogonías antiguas. En la mitología griega aparece el dios Caos como la primera entidad primordial que precede a la creación del universo. Se trata de un estado de vacío y desorden del que nacieron las demás divinidades. Sobre ese caos del que no podría esperarse nada, el hagiógrafo contempla algo superior al propio caos, que no es capaz de definir ni aclarar cuál sea su origen, a quien pone el nombre de Dios (Elohim, Yahvé), un Ser capaz de convertir el caos en algo armónico y con un propósito definido; en resumen, una obra maestra.
Una vez más, donde el conocimiento humano no alcanza ni la ciencia explica, nos queda el recurso de la fe para dar sentido a lo que la razón y la ciencia no son capaces de entender y explicar, una opción que siempre estará a nuestro alcance. No obstante, echaremos un vistazo al relato bíblico, recordando que, por nuestra parte, entendemos que la Biblia, ninguna de sus partes, fuera dictada por Dios, por lo que en su redacción contiene errores o imprecisiones en materia de historia o de ciencia. En su sentido más amplio, la Biblia es un libro de religión que utiliza el conocimiento de los aportes históricos y científicos de su época como medios de difusión en el lenguaje propio de la época en que fueron escritos sus libros.
Los versículos tres al diez del primer capítulo de Génesis narran el proceso creativo inicial y básico, señalando los tres hitos o etapas representativas: la luz, la separación de las aguas y la tierra; y, sobre ellas y a partir de ellas, la creación de los seres vivos, cuya cúspide la ocupa el ser humano. En muy pocas palabras el autor ofrece en primer lugar un apunte descriptivo del hecho complejo de la Creación que luego irá desarrollando con mayor detalle; sin que pretenda ser científico propiamente dicho, apunta a un orden perfectamente compatible y aceptable por la ciencia, si bien no debemos olvidar que se trata de un relato de trasfondo religioso, vinculado a la aceptación previa de un Dios creador.
****
Interpretaciones
Como no podía ser de otra forma, el relato bíblico de la Creación, dada la importancia y transcendencia que tiene, ha estado y sigue estando sujeto a diferentes interpretaciones. Las principales son las siguientes[1]: la Interpretación alegorista, procedente de Orígenes y otros exégetas de la escuela alejandrina, que explica alegóricamente las diferentes obras de la creación, asignando a cada partes un significado; b) la interpretación literaria, procedente de la escuela antioqueña, que sostiene una interpretación literal a ultranza, afirmando que Dios creó al mundo en seis días naturales de veinticuatro horas cada día, interpretación recuperada después de la Edad Media: c) interpretación alegórico-literal, mantenida por san Jerónimo y san Agustín, aunque de forma vacilante y, en ocasiones, contradictorias; d) interpretación concordista, pretende concertar los datos bíblicos con las ciencias naturales e interpretan los días genesíacos en períodos geológicos estableciendo paralelismos entre los días en génesis con las diferentes épocas o períodos de la humanidad coincidentes con la aportación científica; e) interpretación litúrgica, su aportación es que se trata de un himno litúrgico , cuyo objetivo es señalar los días de la semana más que de la creación del mundo; f) interpretación mítica, se trata de una adaptación de narraciones mitológicas cosmogónicas de los pueblos antiguos, adaptadas por el autor al monoteísmo hebreo; g) interpretación teológico-litúrgica, enfatizando que el objetivo no es definir o enseñar científicamente los hechos relacionados con la creación, sino ofrecer un mensaje de contenido religioso.
Conclusión
En resumen, podemos reiterar y afirmar por nuestra parte que Génesis es un libro escrito para crear, fomentar y difundir identidades en un pueblo que surgió prácticamente de la nada y al que no sólo había que proveer de un territorio, sino también de una historia propia que estableciera los límites con la cultura, la egipcia, bajo la que se habían formado como pueblo diferente, con el agravante de haberse ido formando en calidad de esclavos.
En ese proceso de construcción de la identidad ocupa un papel transcendente el descubrimiento y la presencia de un Dios propio, el Dios de Israel, percibido como único Dios verdadero, Dios creador de todo lo existente, cuya existencia propia no es preciso demostrar sino reconocer y respetar, y todo ello ajustándose a la mentalidad y conocimiento de la generación del hagiógrafo que narra los hechos.
Como ya hemos indicado, consideramos que el autor no tiene pretensiones científicas en su narrativa, sino estrictamente teológicas, fomentando la autonomía en esa materia del pueblo hebreo, para dar paso a una religión monoteísta. Insistimos que sus afirmaciones cosmológicas responden al conocimiento de la época en la que se produce la narración, por lo que no es deudora a los avances científicos posteriores.
Otro aspecto que es preciso tener en cuenta es que el autor presenta a Dios-creador dentro de un esquema antropomórfico a semejanza de un trabajador que estructura toda su obra en seis días laborables seguidos de un día de descanso, como consecuencia de ser una práctica ya común en Israel la del descanso sabático. Como referente está el Documento sacerdotal (P), del que procede esta parte de Génesis.
[1] Tomamos información de referencia para estos datos de Biblia comentada, BAC, tomo I (Madrid: 1962, pp 62ss)..
[1] El poema de la Creación, específicamente el «Enuma Elish», se cree que fue compuesto en la época de Hammurabi, durante el período babilónico antiguo, entre 1900 y 1600 a.C. Aunque las tablillas más antiguas conservadas datan del 1200 a.C., se cree que el poema era ya conocido y se recitaba oralmente mucho antes
Contenidos de esta serie:
- Prolegómenos
- Biblia: los dos relatos
- Creación a partir del caos
- Interpretaciones
- Conclusión
[1] El creacionismo es una doctrina o teoría que postula que la vida y el universo fueron creados intencionalmente por un ser divino, en contraste con la teoría de la evolución, que propone que la vida se desarrolló gradualmente a través de procesos naturales. En teología, el creacionismo a menudo implica una interpretación literal de los textos religiosos como la Biblia, y se enfoca en la idea de una creación divina directa
2 El darwinismo es la teoría de la evolución biológica propuesta por Charles Darwin, que explica la diversidad de la vida a través de la selección natural y la herencia. En esencia, postula que las especies cambian con el tiempo debido a la selección de individuos con características favorables, que tienen más probabilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus rasgos a la siguiente generación.
.




