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SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ

Bye bye, Homero. Se acabaron las sutilezas.

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No es que los caballos de Troya hayan desaparecido. Siguen existiendo, y el discernimiento sigue siendo necesario. Pero la tendencia dominante es otra: tiranías sin complejos, discursos autócratas sin anestesia, intenciones déspotas sin disimulo.

(Jorge Fernández Basso, 06/02/2026) | Si Homero, el poeta griego autor de La Ilíada y la Odisea, considerado el gran cantor épico del mundo clásico, pudiera asomarse, aunque fuera un instante, a este tiempo nuestro, probablemente se preguntaría si su famosa historia sobre el caballo de Troya tiene ahora algún sentido.

Durante siglos, su relato de la Guerra de Troya fue mucho más que literatura: fue advertencia. Fue metáfora. Fue un espejo en el que las sociedades podían reconocerse cuando los poderosos, con voz suave y sonrisa calculada, introducían dentro de las murallas de la razón sus engaños más letales.

El caballo de Troya —conviene recordarlo brevemente— no fue una máquina de guerra, sino una obra maestra de la astucia. Un regalo aparente, una promesa de paz, una rendición disfrazada. Los troyanos lo celebraron como victoria cuando en realidad era su sentencia. Dentro del caballo no había reconciliación, sino soldados ocultos. No había bondad, sino conquista. La historia, desde entonces, quedó marcada como símbolo universal de las amenazas que no entran por la fuerza, sino por la seducción y el engaño sutil.

Durante siglos, así actuaron tiranos, dictadores, falsos profetas y gurús de toda clase: con paciencia, con sutileza, con narrativas tejidas como telarañas. Primero conquistaban la confianza. Después atravesaban las defensas del escepticismo. Y finalmente, cuando ya estaban dentro, mostraban el verdadero rostro del dominio.

Pero Homero hoy alucinaría.

Durante siglos, su relato de la Guerra de Troya fue mucho más que literatura: fue advertencia. Fue metáfora. Fue un espejo en el que las sociedades podían reconocerse cuando los poderosos, con voz suave y sonrisa calculada, introducían dentro de las murallas de la razón sus engaños más letales.

Porque lo verdaderamente asombroso de nuestro tiempo es que ya no hacen falta caballos de Troya. Ya no se necesita el disfraz. Ya no es imprescindible la mentira elegante. La tendencia creciente —en la política y también en ciertos ámbitos religiosos— es ir directamente al grano, sin anestesia. El autócrata contemporáneo ya no promete democracia para luego destruirla. No: anuncia que la destruirá. No disimula que recortará libertades. No finge que protegerá a los vulnerables. Declara abiertamente que los abandonará. Proclama que hará más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Y advierte, sin rubor, que aplastará a quien le contradiga, censurará a quien no se alinee y enviará a los hijos de otros a la guerra si eso le conviene para desviar el acecho de jueces y periodistas.

Lo extraordinario no es solo la brutalidad del mensaje. Lo extraordinario es que, aun así, se les premia con mayorías.

Para entender esta realidad quizá ya no nos sirva tanto la leyenda griega como una historia bíblica menos citada pero terriblemente actual: la de Roboam, sucesor de Salomón en el trono de Israel. Un rey joven, inexperto, incapaz de escuchar. Cuando el pueblo le pidió que aliviara el pesado yugo impuesto por su padre, Roboam despreció el consejo de los ancianos y prefirió el ardor imprudente de los jóvenes. Su respuesta fue de una dureza sin matices: “Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones”.

Nada de sutilezas. Nada de diplomacia. La tiranía, dicha en voz alta.

El resultado fue inmediato: división, decadencia, ruptura. Judá quedó bajo su dominio, e Israel inició un camino del que nunca terminaría de recuperarse. Una lección histórica que atraviesa los siglos: cuando el poder desprecia el clamor del pueblo y responde con escorpiones, lo que se rompe ya no se recompone fácilmente.

Hoy proliferan los Roboam sin complejos. Gobernantes que declaran sin pudor sus intenciones. Y pueblos que, misteriosamente, los aclaman.

Pero el fenómeno no se limita a la política. También en ciertos sectores eclesiales —y sorprendentemente en ámbitos protestantes y evangélicos— las malas formas y los liderazgos autoritarios han encontrado terreno fértil. El principio reformado del sacerdocio universal de todos los creyentes ha sido subordinado al discutible concepto del “éxito ministerial”. Y de ahí han brotado movimientos donde algunos líderes se arrogan un lugar que nadie les concedió… y pocos se atreven a cuestionar.

Tampoco aquí hay demasiadas sutilezas.

Recuerdo un libro del escritor estadounidense Peter Wagner, publicado en 1999, titulado Terremoto en la Iglesia. Su subtítulo era revelador: “La nueva reforma apostólica está sacudiendo la iglesia que conocemos”. Wagner contaba una anécdota que hoy resulta casi profética. En una iglesia estadounidense, un nuevo pastor entró en conflicto con la junta directiva. Tras no alcanzar acuerdo, la junta decidió cesarlo y se lo comunicó formalmente. La respuesta del pastor fue tan simple como escalofriante: “¿Que ustedes me despiden? Se equivocan. Soy yo el que los despide a ustedes”.

Y así fue. Con el apoyo de la congregación, destituyó a la junta y asumió el liderazgo en solitario.

Han pasado veinticinco años. Y aquello que Wagner describía se ha extendido más de lo que nos gustaría admitir.

No es que los caballos de Troya hayan desaparecido. Siguen existiendo, y el discernimiento sigue siendo necesario. Pero la tendencia dominante es otra: tiranías sin complejos, discursos autócratas sin anestesia, intenciones déspotas sin disimulo.

Y lo peor de todo: sin apenas resistencia.

Resistir. Esa es quizá la última palabra que nos queda a quienes todavía creemos en la libertad a la que Cristo nos ha llamado. A quienes defendemos el libre examen de las Escrituras y el sacerdocio universal de los creyentes. A quienes honramos a nuestros pastores por convicción, no por miedo. A quienes estamos dispuestos a apoyar, pero también a decir no cuando alguien pretende imponerse por coacción.

Que el Señor nos ayude. Porque, en tiempos de Roboam, inclinarse ante el yugo es empezar a aceptar los escorpiones.

Fuente: Jorge Fernández Basso - Febrero 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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