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EL CAMINO EXCELENTE / por JORGE FERNÁNDEZ BASSO

Artificieros del alma

Un artificiero de la Guardia Civil examina un paquete sospechoso / Foto: Guardia Civil

“Pienso en ellos [los artificieros] como una metáfora de nuestra vida cotidiana. Porque también existen bombas que no se ven, pero que estallan con igual violencia: las bombas verbales. Vivimos rodeados de ellas..”.

Un artificiero de la Guardia Civil examina un paquete sospechoso / Foto: Guardia Civil

(JORGE FERNÁNDEZ, 03/09/2025) Uno de los oficios más peligrosos que existen es el de los artificieros. Esos hombres y mujeres que, enfundados en un traje blindado y con una escafandra que les da apariencia de astronautas, avanzan con pasos lentos y calculados hacia un paquete sospechoso. Allí donde nadie más puede acercarse, ellos se juegan la vida, sabiendo que un solo error puede desencadenar una tragedia.

Su labor no termina en las ciudades: en escenarios de posguerra son quienes recorren campos minados, desactivando bombas que quedaron olvidadas bajo la tierra, bombas que no distinguen entre soldados y civiles, que arrebatan la vida de niños, campesinos o de animales que buscan pastos. Es un trabajo silencioso, heroico y, sobre todo, profundamente humano.

Pienso en ellos como una metáfora de nuestra vida cotidiana. Porque también existen bombas que no se ven, pero que estallan con igual violencia: las bombas verbales. Vivimos rodeados de ellas. En la calle, en la escuela, en la oficina y, a veces, incluso en casa, la violencia verbal se hace presente con su poder devastador. Hay personas que no hablan: disparan. Palabras que hieren, que humillan, que dejan cicatrices invisibles. Y están los de “mecha corta” —nunca mejor dicho—, esos que reaccionan de inmediato, que arden y explotan al menor conflicto, sin detenerse a medir las consecuencias.

La violencia verbal es más que un mal hábito; es una cultura, una forma de estar en el mundo.

Pero, en la Biblia aprendemos que hay otra manera de vivir. El libro de Proverbios lo dice con claridad:

“Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18).

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Jorge FernándezSi queremos ser pacificadores, como se nos exhorta en los evangelios [1], necesitamos aprender a desactivar esas bombas con palabras que sanen, no que destruyan. No es fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero contamos con un “traje antibombas” muy particular: la armadura de Dios[2].

Ser artificieros de Cristo implica avanzar con calma en medio del conflicto, resistir la tentación de responder con furia y, en cambio, usar la palabra justa, la respuesta blanda que desactiva la ira.

Porque, aunque no seamos conscientes, cada conversación puede ser un campo minado. Y quizá la paz —la nuestra y la de otros— dependa de cómo decidamos hablar.

***Notas:

[1] Mateo 5:9

[2] Efesios 6:10

© 2025. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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