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RESEÑA BIBLIIOGRÁFICA / por ALFONSO PÉREZ RANCHAL

Aproximación al Jesús histórico. Antonio Piñero. Editorial Trotta, 2018.

«Son pocos, pero los hay. Lo que quiero plantear aquí es que existen poderosos argumentos, sobre todo de los llamados de “crítica interna”, para demostrar la existencia histórica de Jesús, que están delante de nuestros ojos pero que casi nadie ve». Antonio Piñero

(Alfonso Pérez Ranchal, 24/03/2026) | Intentar decir algo aceptable o de peso sobre Jesús a estas alturas parece un intento abocado al fracaso. Es tal la cantidad de literatura al respecto y de posiciones presentadas y enfrentadas que el lector o el estudiante interesado puede desanimarse nada más percatarse de este hecho.

Por un lado, aparecen libros y artículos de creyentes que suelen pasar por alto cualquier aspecto crítico llenando todos los huecos que se presentan con declaraciones de fe; por el otro tampoco marchan muy bien las cosas. Al primer grupo le suele molestar aquello que atente o modifique lo que siempre se ha creído, y están listos para lanzar todo tipo de sospechas y descalificaciones hacia el segundo, pero este también está preparado para hacer lo propio. Así, parecería que si eres creyente estás automáticamente descalificado para aportar nada que merezca la pena al debate. Aparecen las frases “no es académico” o “no es científico” lanzadas sobre todos aquellos que tienen fe con el propósito de descalificarlos y, a la par, se califican de “académicas” y “científicas” las propias posiciones a lo que se agrega “no confesional” o “investigador independiente”. Estamos ante una guerra de etiquetas.

Los métodos histórico-críticos aplicados a las Escrituras han supuesto un verdadero avance en su entendimiento. Se puede ser creyente y aplicarlos con rigor y, de igual forma, se puede ser ateo o agnóstico y fallar en su uso. Una vez dejado en claro esto, llama la atención la gran cantidad de perfiles o “jesuses” que aparecen aplicando una misma metodología. Para unos, no hay duda de que estamos ante un Jesús egipcio, para otros, que era esenio. No faltan los que hablan de él como de un filósofo cínico o los que sencillamente lo consideran un personaje literario. ¿Se detiene aquí la investigación “científica” o “académica”? No.

Sobre todo los especialistas judíos lo colocan como un judío más de su tiempo que impresionó a un núcleo original de discípulos con sus poderes taumatúrgicos, pero no faltan otros que lo identifican con el gnosticismo y los cultos de misterio. Hay más, pero no es necesario ser exhaustivo para poner de manifiesto el panorama tan diverso sobre Jesús de Nazaret.

Una de las grandes cuestiones que se plantea ante libros como el presente es si de nuevo el autor, tras llamar la atención a los errores comunes que se suelen dar cuando se aborda la figura de Jesús, cae él mismo en lo que está denunciando. Antonio Piñero dice ser agnóstico y la pregunta concreta es: ¿es el típico libro que un agnóstico escribiría sobre Jesús? De igual forma se podría decir de un ateo o de un creyente. Un ateo no va a trazar un perfil del Galileo en donde concluya que realmente era alguien divino y que realizaba milagros; y a la inversa, alguien que tenga fe no va a cerrar la puerta a la posibilidad de que Jesús fuera alguien más que un simple ser humano.

El libro se presenta con un prólogo y ocho divisiones principales o capítulos.

En el prólogo el autor nos indica el propósito: pretende responder a una serie de cuestiones en torno a Jesús, tales como si es cierto lo que algunos sostienen sobre su inexistencia; la forma de proceder de los estudiosos para aceptar un determinado pasaje como verdadero (o posiblemente verdadero) y otro como falso (o posiblemente falso); o la explicación precisamente de la aplicación de los métodos críticos para acercarnos lo más posible a la realidad histórica y el valor que pueden tener los textos primitivos del cristianismo. Además, este libro busca ser una ayuda e introducción al estudio de los Evangelios.

El primer capítulo se centra en la existencia histórica de Jesús, una pregunta que le han repetido una y otra vez. En primer lugar presenta las ideas principales de los negacionistas junto a sus obras esenciales que aparecieron a partir del siglo XIX. Estos sostienen que Jesús no existió, sino que obedece a la adaptación literaria de un mito (en concreto solar); o se trata de la concreción literaria del anhelo de liberación de los oprimidos que componían la iglesia primitiva. En este último caso, los Evangelios no serían un producto judío sino romano.

El profesor Piñero pasa ahora a considerar las pruebas a favor de la historicidad de Jesús. Para él, en la base de esta cuestión, se encuentra una equivocación extraordinaria: «la confusión entre la no existencia de un rabino galileo, Jesús de Nazaret, y la no existencia de Jesucristo» (p. 23). O en palabras más conocidas, la confusión entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. 

En las siguientes páginas nuestro autor realiza una crítica negativa a las posiciones mitistas y negacionistas por medio de una cascada de preguntas.

El capítulo segundo se centra en la premisa de que el Nuevo Testamento es la principal fuente para conocer al Jesús histórico. En la página 45 dice algo esencial: «El Nuevo Testamento solo se comprende insertándolo en las coordenadas de espacio y tiempo del mundo judío del siglo I… Serán, pues, dos las bases de su intelección: la cultura israelita, y sus influencias, y la cultura grecorromana con las suyas propias. No hay manera de entender el Nuevo Testamento sin tener en cuenta ciertos conocimientos previos del siglo que lo vio nacer». Otra afirmación destacada se encuentra un poco más adelante, en la página 47, cuando apunta que «el texto del Nuevo Testamento que leemos hoy no es el fruto de una gran manipulación de la Iglesia, como piensan muchos mal informados».

Aunque el Nuevo Testamento tiene contenido mítico, según nuestro autor, se trata de un libro de historia; no obstante, hay que tomar esta afirmación con ciertas reservas. 

En cuanto al valor de los apócrifos, no le concede ninguno, ya que el acercamiento al Jesús histórico únicamente es posible a través del Nuevo Testamento canónico. 

Finaliza esta sección diciendo que el Nuevo Testamento es el fundamento, pero no del cristianismo, sino de un tipo de cristianismo que resultó vencedor: el paulino.

Para Piñero, el cristianismo es el resultado de un «fenómeno exegético de interpretación de la vida de Jesús» (p. 63), que comienza tras la muerte de este, y la creencia de sus discípulos de que ha resucitado y, por ello, es el Mesías prometido. 

Los primeros cristianos realizaron una relectura de la Biblia hebrea a la luz de esta creencia esencial del Jesús resucitado. Se buscó soporte escritural para los principales hechos de la vida de Jesús y es de esta forma que comienza la teología cristiana.

El capítulo tercero se enfoca en ser una visión de conjunto de las diferentes y más importantes corrientes de interpretación del Nuevo Testamento, desde los inicios hasta nuestros días. Se tocarán los grandes logros de estos estudios, pero también señalando los graves errores en los que se cayó.

En los últimos 250 años, los estudios sobre el Nuevo Testamento se suceden sin parar. El autor nos presenta los momentos más relevantes de la historia de la investigación. Los divide en:

1. La crítica textual.

2. El estudio crítico de la religión o teología crítica.

En el capítulo cuarto se explica el significado y empleo de los conceptos “evangelio” y “evangelios”, tanto en el contexto pagano como en su uso bíblico, y más adelante, específicamente dentro del Nuevo Testamento, que es a lo que se dedica la división primera. En la segunda se trata del paso del evangelio oral a su plasmación por escrito, y qué significó la aparición de los evangelios tal y como los tenemos al presente.

Se consideran además los contextos geográficos en donde se formaron núcleos de tradición, las historias de milagros y las técnicas memorísticas apuntando que el proceso escrito comenzó bastante pronto. En la tercera división de este capítulo se explica la función reelaboradora de los primeros profetas cristianos. Esto es un elemento esencial en el paso de la tradición oral a la escrita.

En las siguientes divisiones de este capítulo tenemos una crítica a los excesos de la «crítica de las formas»; la consideración de la «historia de la redacción»; una respuesta a la pregunta de si los Evangelios son un género literario único; a las relaciones de los Evangelios entre sí, esto es, una comparación entre ellos de su material; de la relación de los Evangelios con el apóstol Pablo; y finalmente, la crucial pregunta de si podemos fiarnos de los Evangelios como documentos que contienen información fidedigna sobre la historicidad de Jesús, esto es, del Jesús histórico.

El capítulo quinto aborda los métodos literarios actuales para la investigación crítica, pudiéndose dividir los mismos en dos grandes grupos: los que tratan sobre los problemas que se derivan de las posibles fuentes usadas por los autores del Nuevo Testamento, y los que se centran en lo conocido como «problemática introductoria» al Nuevo Testamento.

También se considera el propósito de la crítica histórico-literaria, apuntando que la misma no va contra la fe, ya que sencillamente no la tiene en cuenta. Esta crítica aborda el texto del Nuevo Testamento tal y como lo tenemos al presente, esto es, como un texto ya acabado.

Existía un material previo que influyó y del cual se tomó para la elaboración de los Evangelios. Este proceso tuvo que ser complicado, ya que se percibe en ellos, por ejemplo, falta de orden en determinado material, duplicados, diferencias (en estilo, lenguaje), paralelos y concordancias. La identificación de este tipo de material nos provee información importante.

En el capítulo sexto se dedica a la aplicación práctica de los métodos histórico-críticos ya apuntados en el capítulo 3. Tras la consideración de los métodos histórico-críticos, una división de este capítulo se centra en el estudio sociológico del Nuevo Testamento. Este contexto sociológico fue olvidado desde finales del siglo II hasta bien entrado el XX, ya que se consideró la Escritura como sagrada y elevada a divina, libre de todos los condicionantes sociológicos e históricos.

Otra división de este capítulo está dedicada a los llamados «criterios de autenticidad». El autor pone de manifiesto sus puntos fuertes, así como las dificultades que aparecen en su utilización y las críticas que se han levantado últimamente. Finalmente, se aborda el análisis de Lucas 23 a modo de ejemplo. Es un análisis literario-histórico-crítico.

El capítulo séptimo es una aproximación crítica a la «vida oculta» de Jesús. Con vida oculta se alude al nacimiento, infancia, juventud y madurez hasta su bautismo a manos de Juan. Para ello, Piñero desecha los evangelios apócrifos por no ser fiables, pero también hace lo propio con Mateo 1-2 y Lucas 1-2 que considera textos legendarios y pertenecientes al mismo género de la literatura apócrifa. Respondería a un intento de estos dos evangelistas (o quien esté detrás) de rellenar huecos de la infancia de Jesús, pero recogen datos diferentes y contradictorios. Dicho lo cual, sobre estos textos canónicos es necesario pararse ya que se pueden extraer algunos datos interesantes. 

En este capítulo otras cuestiones sobre la infancia de Jesús son analizadas, como, por ejemplo, su designación como «Jesús de Nazaret», la fecha de su nacimiento o si tuvo hermanos carnales.

«Son pocos, pero los hay. Lo que quiero plantear aquí es que existen poderosos argumentos, sobre todo de los llamados de “crítica interna”, para demostrar la existencia histórica de Jesús, que están delante de nuestros ojos pero que casi nadie ve». Antonio Piñero

El último de los capítulos, el ocho, es a modo de conclusión. Varias han sido las imágenes de Jesús dadas por los investigadores, pero se ha de tener presente que el Jesús histórico siempre es una reconstrucción hipotética. Para nuestro profesor, Jesús fue un judío ejemplar que jamás se salió del judaísmo de su tiempo, totalmente humano y profeta apocalíptico que al final de sus días creyó ser él mismo el Mesías. Este Jesús judío, que nunca abandonó la ley mosaica, contrasta con otro perfil que también aparece en los Evangelios, el paulino, y ambos estarían claramente en tensión y se oponen.

Estamos ante un libro que toca todos los aspectos esenciales que se deben tener en cuenta a la hora de abordar el estudio del Jesús histórico (recordemos el sentido técnico que en este contexto tiene esta expresión), lo cual, por sí mismo, ya haría atractiva su lectura. 

Las afirmaciones de que Jesús realmente existió y de que los Evangelios son documentos infalsificables deberían considerarse plenamente establecidas. Es desde aquí que cualquier interesado o estudioso debería partir. Lo contrario vicia desde el primer momento cualquier ulterior acercamiento.

Estas conclusiones son grandes aciertos de las últimas décadas de investigación. Si a estas les sumamos que el acceso al Jesús histórico únicamente puede venir al considerarlo dentro del judaísmo palestino del siglo I, todo ello supondrá un punto de partida seguro para el estudio de esta figura clave de la cultura occidental. No hay que irse a mitos solares o a Egipto para entender a Jesús, ya que esto supone desarraigarlo de su contexto vital. 

Hay abundancia de ruido en torno al Galileo, y mucho de lo que pasa por investigación no es nada más que panfletos o «literatura» de usar y tirar.

En ocasiones Piñero parece estar a la defensiva o a la ofensiva, depende de cómo se mire. Esto se comprende cuando el propio autor dice haber sido acusado en demasiadas ocasiones de actuar de manera arbitraria en su tratamiento de los textos evangélicos (p. 172). Por ello, creo que suelen aparecer repartidos, aquí y allí, los vocablos «académico» y «científico». Supongo que en ocasiones lo hace de manera consciente y tal vez, en otras, no tanto. Es como si quisiera advertir al lector que lo que allí dice no es puro subjetivismo, sino que se trata de la aplicación rigurosa de principios o métodos aceptados por la mayoría de estudiosos en el tema. También coloca un gran interrogante en aquellos que pertenecen a alguna confesión religiosa, queriendo indicar con ello que, en estos casos, no suelen ser fiables (p. 26). Esta identificación de ser creyente y poco fiable en sus conclusiones no me parece en absoluto aceptable. Se puede y se debe discrepar de puntos relevantes de la postura de Piñero y esto no desmerece ni supone descrédito.

Por mi parte no creo que Piñero manipule o se fije en aquello que le interesa para apoyar su posición, dejando de lado lo que no, sencillamente lleva hasta las últimas consecuencias los puntos que plantea en su línea de investigación. Dicho lo cual, donde afloran las divergencias, como suele ser habitual, es a consecuencia del peso o la importancia que se le atribuya a un determinado método o principio. Así, nuestro autor le da una gran relevancia a la «crítica de las formas», que considera fundamental a la hora de abordar la formación y la comprensión de los diferentes textos evangélicos. Sin embargo, otros estudiosos han criticado, a mi parecer con acierto, los excesos que se pueden dar en la aplicación de esta crítica. Sin ir más lejos, la «crítica de la redacción» fue un correctivo y un foco de luz que alumbró un punto ciego que a los críticos formales se les había pasado.

También es importante destacar, como el propio autor hace (p.195), que los estudiosos que desarrollaron la «crítica de las formas» eran en su mayoría protestantes y fideístas. Por su lado, los «críticos de la redacción» eran profesores de teología, laicos y casi todos creyentes. La fe no está reñida con la investigación.

Ante lo ya expuesto, se hace evidente que estamos ante un libro que merece ser leído. El profesor Antonio Piñero conoce de lo que habla, y escribe y expone con claridad, por lo que el lector iniciado, o no, entiende y sigue sin dificultad los diferentes contenidos.

Para el ateo o el agnóstico todo termina con la separación total entre lo que se identifica como perteneciente al Jesús histórico y al Cristo de la fe, pero el creyente no tiene por qué proceder así. Es cierto que la fe no puede ser abordada por la moderna historiografía, como tantas otras cosas que pertenecen al ámbito y a la realidad del ser humano. El creyente haría muy bien en conocer todo lo que se dice en esta Aproximación al Jesús histórico, y tanto unos como otros (ateos, agnósticos y creyentes) aprender a dialogar y a reconocer los propios límites. En el respeto mutuo y la consideración de lo que el otro nos quiere transmitir se puede avanzar mucho en todos los sentidos.

Fuente: Alfonso Pérez Ranchal - Marzo 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN / ALFONSO PÉREZ RANCHAL

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