Esto es precisamente lo que algunos no alcanzan a ver tampoco a propósito del ministerio cristiano.
Demasiado a menudo ciertas prácticas faltas de ética cívica y distantes del carácter cristiano son tratadas con altas dosis de silencio en la intención de “no desacreditar el ministerio” cuando, bien al contrario, nada desacredita más al ministerio cristiano y sus ministros como esas malas prácticas de unos y el silencio de otros; silencio que es una forma sutil de complicidad.
Ni pedimos gestos inquisitoriales ni, menos aún, podríamos lanzar la primera piedra contra nadie. Se trata de algo tan básico como exhortarnos y estimularnos unos a otros a las buenas obras (Heb.10,24), que es la mejor manera de prestigiar el ministerio cristiano; un ministerio que podrá ser más o menos “exitoso” según los equívocos baremos humanos pero que siempre debe ser ejercido con honestidad e integridad ante el Señor y ante nuestros hermanos. Cualquier práctica consciente que se aleje de esos parámetros debe ser abordada según las pautas que el Evangelio nos enseña (Gál.6,1). Invocar el “compañerismo” para guardar silencio sobre comportamientos indignos del reino de Dios, es un ejercicio de corporativismo inaceptable.
Los ministros del Evangelio estamos llamados a ejercitarnos en el aliento mutuo y en la mutua exhortación, para edificación nuestra y para evitar tropiezo o desánimo del pueblo de Dios. Algunas prácticas son dignas de honra pero otras son merecedoras de amonestación y así debe ser hecho con ánimo fraternal. No es un ejercicio de demagogia ni de adolescencia eclesiológica. Bien al contrario, es una exigencia de higiene espiritual que no podemos soslayar porque, como decían los clásicos: “somos amigos de Platón, pero más amigos de la verdad”.
Autor: Emmanuel Buch Camí | Abril, 2.011
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