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OPINIÓN / MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Alcance de la inspiración

Library of Congress, Washington, United States / Foto de Tanner Mardis en Unsplash

«Cualquiera que sea el camino seguido por la inspiración divina, requiere el concurso de la fe tanto colectiva como personal para aceptar como propia la acción de Dios a través del Espíritu Santo»

Foto de Tanner Mardis en Unsplash

El término inspiración, en el ámbito religioso, se aplica al influjo de Dios o del Espíritu Santo sobre los autores de los libros que integran las Sagradas Escrituras (la Biblia), cuyos autores, según la doctrina cristiana, han hablado o escrito inspirados por el Espíritu Santo; o, dicho con otras palabras, se trata de enseñanzas o mandamientos que proceden de Dios transmitidas a través de personas.

El soporte bíblico para formular esa doctrina es 2 Timoteo 3:15ss y 2 Pedro 1;21. Tanto Pablo como Pedro están poniendo en evidencia la fe del judaísmo precristiano que se proyectó posteriormente al cristianismo. Ambos apóstoles están haciendo referencia específica a la Torá (Pentateuco), ya que el resto de los libros pertenecientes al Tanaj (Biblia hebrea), no gozaban por entonces de idéntica autoridad y los del Nuevo Testamento no existían.

El conflicto que plantea descubrir cual sea el origen y el alcance de la inspiración, no ha dejado de estar sometido a debate entre los teólogos de todos los tiempos.

Queda descartado para la gran mayoría de cristianos, tanto en ámbitos protestantes como católicos y ortodoxos que inspiración sea equivalente a “dictado divino”, al contrario de lo que ocurre entre los musulmanes con respecto al Corán que mantienen la creencia de que el Corán fue dictado a Mahoma por Alá a través del arcángel Gabriel.

Efectivamente, los libros canónicos no han sido dictados por Dios. Detrás de cada uno de esos libros hay uno o varios autores e, incluso, si nos centramos más en los que integran el Tanaj, en ellos hay añadidos posteriores a la fecha en la que fueron concebidos o cuentan con varios autores, a cuyo proceso de elaboración nos referiremos más adelante, como es, a título de ejemplo, el libro del profeta Isaías al que se le reconocen por los eruditos hasta tres fuentes diferenciables, en épocas distintas.

Sobre la inspiración se plantean diferentes definiciones:

  1. Se trata de una influencia del Espíritu de Dios sobre los escritores que hace de ellos autores de un relato de revelación divina progresiva y suficiente.
  2. Es la energía activa del Espíritu Santo por medio de la cual, los escogidos por Dios proclaman su voluntad.
  3. Es la dirección y el control divinos del mensajero al anunciar y escribir el mensaje,
  4. Es el discernimiento espiritual impartido por el Espíritu de Dios, que capacita a la mente humana, para aprehender el significado de la Verdad.
  5. Para que la inspiración sea completa y eficaz y sea desvelado el contenido revelado, es preciso que tanto el autor como el lector sean guiados por el Espíritu de Dios.
  6. Inspiración es el hálito, o aliento divino, que es tanto como afirmar la intervención de una de las personas de la deidad.

A éstas definiciones, podríamos añadir otras cinco, diez o más, así como otras tantas teorías relacionadas con la persona que escribió los libros hoy considerados sagrados, lo cual nos hace comprobar que estamos metidos, de hoz y coz, sin haberlo pretendido, en los intríngulis procelosos y complejos de la teología escolástica, algo en lo que, en manera alguna, hubiéramos deseado caer, por lo que intentaremos salir lo más airosamente posible de un tema al que ni los inconmensurables tratados tomistas de la teología escolástica ni los racionales argumentos liberales de los siglos diecinueve y veinte, han podido aportar una explicación sencilla y convincente.

Los judíos del siglo I d.C. salieron al paso de las disquisiciones teológicas en torno a las Escrituras que habían heredado de sus antepasados, elaborando un Canon en el que incluyeron los escritos que, aparte de la Torá, que era absolutamente incuestionable su vinculación directa con Yahvé, aquellos otros libros que habían mostrado ser instrumentos mediante los cuales Dios había guiado y bendecido a su pueblo escogido.

En función de su procedencia y contenido, esos libros fueron incluidos en dos bloques denominados Profetas y Escritos, sin necesidad de atribuirles una etiología mágica y sin negarles algo indiscutible, es decir, la intervención de la mano humana a la par de una conexión divina.

Los padres de la Iglesia cristiana asumieron posteriormente como propios esos criterios, aplicados tanto al Tanaj como a lo que llegaría a ser el Nuevo Testamento que iba tomando cuerpo progresivamente entre las comunidades cristianas, hasta que, finalmente, también esos libros, y no otros, fueron considerados como fundamento básico para el cristianismo, inspirados por Dios.

A partir de esos datos, podemos llegar a los siguientes apriorismos, en los que la fe juega el papel definitivo:

  1. Dios es el Dios de la Historia y maneja sus hilos mediante sistemas ajenos al pensamiento y a la razón humanos.
  2. La fe cubre aspectos que la razón no entiende.
  3. La fe colectiva abarca espacios que la fe individual no es capaz de desarrollar por sí sola.
  4. Revelación e inspiración divinas de las Escrituras se enmarcan en un ámbito espiritual al que la razón no tiene acceso. Su aceptación es fruto de la fe tanto individual como colectiva.
  5. Inspirar no es equivalente a dictar. Es creencia universal del cristianismo que Dios no ha dictado las Escrituras.

***

Toda la Escrita es inspirar por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Teniendo presente, por una parte, que cuando escribe Pablo no existe el Nuevo Testamento, ni siquiera los evangelios y, por otra, que para los judíos de la época las Escrituras por antonomasia era un calificativo reservado para la Torá, a la que ya en tiempos de Pablo se ha elevado al rango de autoridad suprema procedente de Dios, nos vemos obligados a reducir el alcance de esa afirmación paulina a sus justos términos.

La teología utiliza el termino inspiración para expresar tanto la idea del origen divino como el valor de las Sagradas Escrituras. Se utiliza para explicar la influencia divina que hizo posible que los actores humanos (profetas, salmistas, apóstoles) hablasen y escribiesen palabras y conceptos atribuidos por su alcance a Dios.

Para algunos la Biblia está inspirada verbal y directamente por Dios, es decir, su mensaje es infalible palabra a palabra. Las contradicciones, que son evidentes, y los posibles malentendidos de la Biblia son, para esas personas, o errores de los copistas o misterios de Dios.

Para otros, la inspiración de Dios no lleva implícito la ausencia de errores en el curso de la narración, debido a que se trata de una redacción humana. Afirman que lo trascendente es asumir que Dios ha inspirado el proceso global de la formación de las Escrituras, que incluye la revelación, la puesta por escrito del mensaje transmitido, la acción eclesial y conciliar e, incluso, la guía del Espíritu Santo a los lectores para que extraigan de la lectura palabra de Dios. Obviamente, cualquiera que sea el camino seguido por la inspiración divina, requiere el concurso de la fe tanto colectiva como personal para aceptar como propia la acción de Dios a través del Espíritu Santo.    

Fuente: Máximo García Ruiz, enero 2026.

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN / POR MÁXIMO GARCÍA RUIZ

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