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| David Casado |
por David Casado Cámara (*) | Madrid, 06/09/2010
Acabar con la pobreza extrema en el mundo es un objetivo a conseguir antes de 2015, suscrito por 189 jefes de Estado y de Gobierno en el marco de la Cumbre del Milenio de 2000. Se trata de un objetivo que junto al resto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, tales como la escolaridad infantil, la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, etc., ha sido abrazado por multitud de ONG’s y demás entidades nacionales e internacionales de la sociedad civil, además de las más diversas entidades gubernamentales.
La campaña, auspiciada por Naciones Unidas, también ha encontrado eco en España, habiendo surgido una plataforma denominada Alianza Española contra la Pobreza, compuesta por los más diferentes sectores, a la que entre otras entidades evangélicas se han sumado DIACONÍA y FEREDE, invitando desde aquí a las iglesias y demás entidades evangélicas a que cuando menos participen en la jornada de sensibilización que tendrá los próximos días 18 y 19, mediante predicaciones, estudios bíblicos o cualquier otro medio a su alcance.
Los motivos que nos han impulsado a cursar esta invitación son los siguientes: origen del objetivo, naturaleza, y actualidad y necesidad del mismo, aspectos que desarrollamos a continuación como contribución al cumplimiento de un objetivo tan enraizado en el mensaje bíblico.
I.- Origen del objetivo
Según lo relatado, el lanzamiento de este objetivo tiene lugar en el contexto de una alianza global contra la pobreza liderada por Naciones Unidas, lo que para algunos constituye una auténtica lacra por razón de origen, dada la demonización a la que han sometido a dicha organización.
No sostendremos aquí que Naciones Unidas sea una organización perfecta ni que, incluso, sea la mejor de las posibles, pero no compartimos semejante demonización. Sí sostendremos que la campaña lanzada para acabar con la pobreza antes de 2015 es una campaña loable que merece ser apoyada y, sobre todo, que su origen, a pesar del acuerdo del año 2000, lo encontramos en las páginas de la Biblia, dato que nos compromete seriamente, si es que somos coherentes con la confesión típicamente evangélica o protestante que hace de la Sagrada Escritura nuestra norma de fe y conducta.
Que en 2000 se estableciera por la comunidad internacional semejante objetivo no quiere decir que nunca antes fuera enunciado. Significa, exclusivamente, que dada la colosal dimensión del problema, se ha optado por dar una respuesta global. Y eso no es causa suficiente para deslegitimar su fin. Sí debiera serlo, en cambio, para avergonzarnos por lo poco que hemos hecho al respecto y por la frivolidad con que adoptamos ideas contrarias a una exigencia bíblica de primer orden y claridad meridiana.
El mandato bíblico a que me refiero se encuentra en Dt. 15:4, que dice lo siguiente: "Para que así no haya mendigo en medio de ti" (RV’60) o "De esta manera no habrá pobres entre vosotros" (DDHH).
Dicha afirmación es el principio rector de la legislación económico-social que exige la retribución justa, puntual y oportuna del trabajo asalariado, del descanso en la explotación de la tierra, la condonación de deudas, el retorno de tierras e inmuebles a los propietarios que tuvieron que venderlos y la liberación de los israelitas esclavizados por impago de deudas- Principio que dio origen a figuras como la Remisión y el Jubileo, cuyas drásticas disposiciones hacen palidecer las de esta índole alumbradas por buena parte de las revoluciones que la historia conoce (Dt. 15:1-4, 12-15; Lev. 25:1-55).
Así, pues, ¿en base a qué podemos desentendernos o negarnos a aportar nuestro granito de arena en la conquista de un objetivo netamente bíblico, máxime cuando nadie está propugnando medidas de semejante dureza?
II.- Naturaleza del objetivo
Solemos relegar la pobreza al ámbito estrictamente individual, considerando al propio individuo como único responsable de la misma, correspondiéndole a él, y sólo a él, esforzarse por no caer o salir de ella.
Evidentemente, no podemos ignorar que, a veces, las personas se empobrecen a causa de errores graves o negligencias. Y la propia Biblia también es consciente de ello. Baste como ejemplo el texto de Prov. 28:19, que convoca al esfuerzo diligente: "El que cultiva su tierra se saciará de pan, pero el que sigue a los ociosos se colmará de pobreza" (RV’95). o 20:13: "no ames el sueño, para no empobrecerte" (RV’95).
Pero cuando la pobreza alcanza a la mayoría de los pueblos e, incluso, a la mayoría de la humanidad, la óptica de la responsabilidad individual se queda muy corta como explicación y también como solución. Las condiciones de vida de los pueblos que tan a menudo se presentan a nuestra mesa por obra y gracia de la televisión no son producto de la responsabilidad individual, ya que no tienen nada. No tienen recursos económicos ni conocimientos que les permitan superar las barreras de entrada a cualquier actividad económica. Por no tener, no tienen ni tierra que cultivar. Todo su haber es hambre, moscas e insectos a millares, muerte prematura, enfermedades y malformaciones corporales de ellas derivadas.
La expresión problema estructural, tan acertada para señalar la índole de los problemas que se encuentran más allá del ámbito privado, es más bien reciente y suscita cierto rechazo, pero el concepto que cobija es tan antiguo como el texto bíblico, siendo utilizado por él: "en el barbecho de los pobres hay mucho pan, pero se pierde por falta de justicia" (Prov. 13:23, RV’95). De la misma opinión son los profetas. Sea con la contundencia de Isaías (10:1-2) o con la plasticidad de Amós (2:1-3, 2:1-3), el resultado es el mismo: la pobreza es un problema social, resultado no tanto de la actitud del pobre como de la opresión ejercida por las élites sobre las masas.
El énfasis es tal que el libro de Proverbios, a pesar de su recomendación para no llegar a la pobreza por la propia negligencia, declara taxativamente de afrenta al Supremo Hacedor la injusticia cometida contra el pobre (14:31). Si la propia Biblia contiene ya el concepto de problema y solución estructurales, ¿cómo podremos negarnos a secundar una campaña y la consecución de un objetivo cuya naturaleza no falta a los principios bíblicos?
III.-Actualidad y necesidad del mismo
Quienes en Israel consideraron inaceptables las leyes tendentes a eliminar la pobreza, encontraron la forma de burlarlas. No tenemos todos los detalles, pero sabemos que en relación con los préstamos bastaba hacer al Templo intermediario del mismo para liberarse de la obligación de condonar la deuda en el año de la Remisión, del mismo modo que se podía faltar a la obligación legal de atender a los padres diciendo que el dinero para socorrerlos se había consagrado a Dios (Mr. 7:10-12).
Con todo, el mayor fraude de ley consistió en absolutizar la idea de retribución, convirtiéndolo en el principio rector de la vida, de la teología y, consecuentemente como correspondía en un estado teocrático, la justicia. A partir de ahí, la cosa era fácil. Si una persona enfermaba, empobrecía o, simplemente, era pobre de nacimiento, la culpa era suya. Algo habría hecho que justificara tales desgracias, que así devenían en justo castigo divino. De este modo se liquidaba el concepto de injusticia social o estructural y se endurecían las conciencias, otorgando a la dureza y falta de compasión cobertura ideológico-religiosa y respetabilidad social.
El problema no nos atañería si no fuera porque hoy está teniendo lugar una maniobra similar. Los grandes beneficiarios del sistema económico actual están invirtiendo sumas astronómicas para imbuirnos de una serie de ideas, algunas de las cuales son las siguientes.
| "Es preciso, por el contrario, que nosotros, los cristianos, seamos leales al texto bíblico, lo difundamos y no nos dejemos embaucar. Que trabajemos para acabar con la pobreza, participando en iniciativas propias o ajenas…" |
Que la economía es el principio rector por excelencia, siendo ella la que retribuye las actuaciones del ser humano. Que como el problema de la pobreza es estrictamente personal, el pobre necesita sufrir el aguijón de la misma para salir de ella, siendo un error y un despilfarro cualquier medida que trate de erradicarla. Que el que los poderosos acumulen recursos económicos es mejor empleo para el dinero que el destinarlo, vía impuestos, a corregir las desigualdades sociales, a mejorar la educación, y las infraestructuras o la asistencia a los mayores. La última, de suma importancia para los evangélicos, es aquella que trata de convencernos de que la Biblia es la matriz de dicho pensamiento.
Pero la Biblia no soporta dichas afirmaciones. Se rebela contra ellas. Por eso a los ya mencionados podemos añadir numerosos textos cuyo ocultamiento convierten la operación ideológica en auténtica traición a los principios bíblicos. Niegan que el hombre esté hecho para la economía, como dan a entender cada vez que la convierten en el dios en cuyo altar el ser humano ha de inmolarse para alcanzar su favor; por el contrario, sostienen que es la economía la que está hecha para el hombre (Mr. 2:27). Niegan que los recursos económicos tengan mejor destino en las carteras de los poderosos y actores planetarios de la economía global, que en el amejoramiento social y erradicación de la pobreza (Lc. 16:19-23).
Para no extendernos en demasía, diremos finalmente que niegan categóricamente la mayor. La codicia, a diferencia de lo que propala el sistema, no es buena ni bella. Por el contrario, siempre inspira cuanto el autor del Pentateuco, los profetas, Jesús, Santiago y también Pablo condenan, debiendo a éste una afirmación más que contundente: la raíz de todos los males es el amor al dinero (1ª Tim. 6:10). No es de extrañar que, según Lucas, Jesús se pronunciara al respecto de una forma tan poco espiritualizada para nuestros cánones como la siguiente: "¡Ay de vosotros, ricos… ¡Ay de vosotros los que ahora estáis saciados!" (Lc. 6:24-25).
Es preciso, por el contrario, que nosotros, los cristianos, seamos leales al texto bíblico, lo difundamos y no nos dejemos embaucar. Que trabajemos para acabar con la pobreza, participando en iniciativas propias o ajenas, pero que lo hagamos sin violencia y sin dogmatismos, pacíficamente, participando en la confrontación de ideas que propicia la democracia con perseverancia y determinación, tal como M. Luther King pidió en su sermón Carta de Pablo a los cristianos americanos, que perfectamente son extensivas a todos nosotros, pero también y de manera muy destacada a quienes explotan, especulan, corrompen a nivel planetario y con sus decisiones hacen sufrir a millones de personas, y a quienes con ellos se identifican.
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| "…el amor al dinero es la raíz de muchos males y pueden hacer del hombre un burdo materialista. Temo que muchos de vosotros estéis más interesados en conseguir dinero que en acumular tesoros espirituales. El mal uso del capitalismo puede conducir también a la explotación trágica. Esto ha sucedido ya muchas veces en nuestra nación…" – M. L. King |
Éstas fueron sus palabras: "Sé que en América tenéis un sistema económico denominado capitalismo, con el cual habéis conseguido maravillas. Habéis llegado a ser la nación más rica del mundo y edificado el mayor sistema productivo que ha conocido la historia. Es realmente magnífico. Pero, americanos, existe el peligro de que utilicéis mal ese capitalismo. Vuelvo a insistir en que el amor al dinero es la raíz de muchos males y pueden hacer del hombre un burdo materialista. Temo que muchos de vosotros estéis más interesados en conseguir dinero que en acumular tesoros espirituales. El mal uso del capitalismo puede conducir también a la explotación trágica. Esto ha sucedido ya muchas veces en nuestra nación. Me dicen que la décima parte del uno por ciento de la población controla más del cuarenta por ciento de la riqueza del país. ¡América, cuantas veces has quitado lo necesario a las masas para dar lujos a los privilegiados! Si quieres ser una auténtica nación cristiana, tienes que solucionar este problema. No puedes solucionarlo volviéndote al comunismo… Pero, en cambio, puedes trabajar dentro del marco de la democracia para conseguir una mejor distribución de la riqueza… Dios no ha intentado nunca que unos vivan en una riqueza superflua y desordenada, mientras que otros sólo conocen una pobreza absoluta. Dios quiere que todos sus hijos tengan cubiertas las necesidades básicas, y ha puesto en el universo ‘lo suficiente y más’ para que esto se consiga".
(*) David Casado Cámara, ha sido directivo bancario. Tesorero de Diaconía; colabora además de forma voluntaria como asesor contable de FEREDE. Es autor de diversos artículos en medios evangélicos y del libro «Apocalipsis: Revelación y acontecimiento humano», publicado por Editorial CLIE.
Autor: David Casado Cámara, para Noticias FEREDE
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