Una investigación vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que atraviesa siglos de historia: las mujeres, en la mayoría de las sociedades, muestran mayores niveles de religiosidad que los hombres. El estudio académico no solo confirma esta tendencia, sino que profundiza en sus causas y en el impacto que la fe tiene en la vida social y familiar, un asunto especialmente relevante para el mundo cristiano.
El trabajo, titulado Género y religión: una encuesta, ha sido elaborado por investigadores de la Universidad de Warwick, de la Universidad de Copenhague y de la Universidad Católica de Lovaina. Los autores han recopilado y sintetizado investigaciones con base empírica sólida, experimentos naturales, cambios legislativos y métodos estadísticos rigurosos para ofrecer una panorámica académica sobre la relación entre género y religión.
Una brecha persistente en la vivencia de la fe
Los datos son claros: las mujeres tienen una mayor tendencia a declararse creyentes, a practicar la oración diaria y a considerar la fe como un pilar central en su vida. En contextos mayoritariamente cristianos, además, acuden con mayor frecuencia a los cultos y reuniones congregacionales en comparación con los hombres.
Este dato interpela directamente a las iglesias: históricamente, muchas comunidades cristianas han sido sostenidas por la fidelidad, el servicio y la perseverancia espiritual de las mujeres, tanto en el ámbito familiar como en el congregacional.
No obstante, el estudio matiza que los patrones varían según el contexto religioso. Mientras que en sociedades de tradición cristiana la participación femenina en los servicios es mayor, en entornos musulmanes y judíos ocurre con más frecuencia lo contrario. Esto subraya que la relación entre fe y género no es uniforme, sino moldeada por factores culturales y estructurales.
¿Por qué ellas? Tres claves principales
La investigación identifica tres grandes factores que ayudan a comprender esta diferencia.
Distribución del tiempo y división del trabajo
Durante décadas se entendió la práctica religiosa como un “bien producido en el hogar”, donde las esposas tenían una ventaja comparativa para fomentar la vida espiritual familiar. Sin embargo, los datos más recientes muestran que cuando aumenta la participación femenina en el mercado laboral, la brecha religiosa entre hombres y mujeres tiende a reducirse. Es decir, el contexto social y laboral influye en la expresión externa de la fe.
Gestión del riesgo
Las mujeres, según numerosos estudios, suelen mostrarse más adversas al riesgo. La religión, que ofrece sentido, esperanza y una red de apoyo ante la incertidumbre, puede resultar especialmente significativa para quienes buscan seguridad trascendente frente a las crisis. Desde una perspectiva cristiana, esta dimensión conecta con la confianza en la providencia de Dios y la búsqueda de refugio espiritual en tiempos de dificultad.

Compensación
Otra teoría apunta a que, en contextos donde las mujeres han experimentado desventajas estructurales, la fe puede convertirse en un espacio de dignidad, reconocimiento y propósito. Aunque esta teoría es compleja de medir empíricamente, los investigadores señalan que tanto los relatos históricos como los estudios cualitativos apuntan a esta hipótesis.
Un fenómeno complejo
Los autores también mencionan factores secundarios, como los ciclos vitales (embarazo, maternidad, mayor esperanza de vida) y la llamada competencia secular: los hombres, con mayor frecuencia, sustituyen la participación religiosa por actividades comunitarias no religiosas, como el deporte o asociaciones sociales.
La fe y su impacto en la vida de las mujeres
La segunda parte del estudio examina cómo la religión influye en aspectos clave relacionados con el género: educación de los hijos, participación laboral femenina, decisiones sobre maternidad, estructura familiar, derechos legales y actitudes sociales.

Aquí aparece una realidad compleja que también interpela al cristianismo contemporáneo. Por un lado, existen ejemplos históricos en los que movimientos religiosos impulsaron el desarrollo femenino. Los investigadores citan el caso de los misioneros protestantes que promovieron la escolarización de niñas, ampliando sus oportunidades educativas. Por otro, reconocen que ciertos entornos religiosos de corte conservador pueden frenar avances económicos o sociales.
Esta doble cara sugiere que la religión puede, según el contexto, reforzar o flexibilizar los roles tradicionales de género. Para el público cristiano, este hallazgo invita a una reflexión profunda: la fe no es estática ni monolítica, sino que actúa dentro de realidades culturales concretas y puede convertirse tanto en motor de transformación como en elemento de conservación.
Un enigma abierto
Quizá el dato más llamativo que subrayan los autores es el siguiente: resulta paradójico que, aun cuando muchas religiones históricamente han consolidado estructuras patriarcales, las mujeres sigan mostrando mayores niveles de compromiso religioso.
Comprender si esta brecha disminuirá con los cambios sociales o si responde a factores más profundos, psicológicos, espirituales o de socialización, es una tarea pendiente para futuros estudios, tal y como señalan los investigadores del estudio.
Para las comunidades cristianas, la cuestión no es meramente académica. La constatación de una mayor implicación femenina en la vida de fe invita a valorar, fortalecer y acompañar ese compromiso, reconociendo el papel decisivo que las mujeres han desempeñado, y siguen desempeñando, en la transmisión del Evangelio, la educación en la fe y la vida de la Iglesia.
