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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

La teología de la prosperidad y la teología de las emociones en el pensamiento religioso contemporáneo

Imagen Freepik realizada con IA

Una reflexión crítica sobre la convergencia entre dos corrientes teológicas que, partiendo del fundamentalismo y del individualismo religioso, han transformado —según el autor— la vivencia de la fe en un fenómeno centrado en el bienestar material y la exaltación emocional.

Teología de la prosperidad

(Máximo García Ruiz, 20/02/2026) | Los seguidores de esta corriente teológica propugnan una teología individualista del éxito, identificada con un evangelicalismo conservador. El cristiano es alguien a quien el Señor concede éxito, salud, dinero, poder… Uno de los más conspicuos representantes de esta corriente ha sido el telepredicador estadounidense Jerry Falwell (1939).

Pues bien, el fundamentalismo teológico aplicado a la Biblia, con su correlato de la inerrancia bíblica, dio paso a la teología de la prosperidad. La tesis defendida por los impulsores de esta corriente teológica es que el cristiano, por el hecho de serlo, tiene garantizada la prosperidad financiera y el bienestar físico; que una fe sincera y comprometida, acompañada de abundantes contribuciones a la iglesia, mediante donaciones generosas, garantiza la riqueza material del creyente.

Se trata de una especie de pacto entre el cristiano y Dios; en la medida en la que la persona tenga fe y sea generosa con Dios, Dios le prosperará y le dará seguridad. Ser cristiano es sinónimo de felicidad, de ausencia de problemas, de sanidad física y espiritual. Literalmente, la cuestión se zanja afirmando que la pobreza es una maldición que se supera mediante la fe.

La teología de la prosperidad tuvo su origen en Estados Unidos a mediados del siglo XX, propagada especialmente por los telepredicadores que llegaron a montar grandes emporios económicos gracias a los donativos recibidos de sus seguidores.

Renombrados líderes del movimiento como E. W. Kenyon, Oral Roberts, A. A. Allen, Robert Tilton, T. L. Osborn, Joel Osteen, Crefo Dollar, Kenneth Copeland, Cash Luna, Mike Murdoc, Kenneth Hagin, son algunos de los propagadores de esta corriente teológica, sin olvidarnos de Jimmy Swaggart, cuya caída a causa de un escándalo sexual fue estrepitosa.                                                                                                                   

Teología de las emociones

El movimiento al que vamos a hacer referencia se ha propagado por otros países bajo la influencia teológica de los Estados Unidos. Es de justicia señalar que muchos líderes del movimiento pentecostal y carismático, las confesiones más afectadas, han censurado firmemente esa doctrina por considerarla contraria a la enseñanza de las Escrituras.

Efectivamente, queremos reparar en una corriente teológica aún sin catalogar, que se extiende como la pólvora no solamente en Estados Unidos y América Latina, sino también en España. Una corriente teológica heredera e íntimamente conectada con el fundamentalismo y sus correlatos.  La hemos denominado teología de las emociones, que se ha convertido en un referente “evangélico” en esta primera parte del siglo XXI. Por otra parte, la teología de las emociones está estrechamente vinculada a la teología de la prosperidad.

Las emociones forman parte de nuestra configuración como seres humanos, hasta tal punto que en el terreno de la psicología ha tomado cuerpo el concepto inteligencia emocional, dandocomo resultado un creciente interés por descubrir la forma cómo gestionamos nuestras emociones, ya que de ello depende nuestra estabilidad, nuestro bienestar y nuestra salud mental.

Sin entrar en definiciones científicas que corresponde realizar a los psicólogos, sabemos que existen varios tipos de emociones, es decir, aquello que se experimenta en respuesta a un estímulo, como la tristeza, la felicidad, la sorpresa, el asco, el miedo, la ira. Hay emociones positivas o saludables, que afectan positivamente al bienestar de la persona y hay emociones negativas que le afectan negativamente.

Las emociones pueden tener una proyección social como la venganza, la gratitud, el orgullo, la admiración; pero también existen emociones instrumentales que son aquellas que tienen como fin u objetivo la manipulación de terceros, tratando de lograr algo de los demás.

El dominio de la inteligencia emocional puede convertirse en una herramienta altamente eficaz no sólo para controlar y gestionar las propias emociones sino para dominar y manipular a otros, partiendo de un reconocimiento de las emociones de los demás a fin de controlarlas para beneficio propio. Y aquí entramos en el papel que juega la teología de las emociones, es decir, el provocar y control de las emociones de los feligreses por parte de predicadoresy/o evangelistas faltos de la ética necesaria.

El protestantismo centra su mensaje en la conversión apoyada por el testimonio personal (“una cosa se, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”, Juan 9:25) que implica un cambio de naturaleza; (“vete, y no peques más”, Juan 8:11) que, a su vez, supone un cambio de vida que se expresa y da testimonio inicialmente a través del bautismo; “¿Qué impide que sea bautizado?, “Si crees de todo corazón, bien puedes”, Hechos 8:36b, 37a). Este proceso, vinculado con la experiencia personal, lleva consigo una vinculación formal a la Iglesia y una vida en santidad.

Es de lamentar, sin embargo, que algunas personas pertenecientes a los movimientos emergentes surgidos en el entorno evangélico, cambian conversión por adhesión; el cambio de vida por la alabanza en formato de mantras musicales; la obediencia a los mandatos de Jesús, por la sumisión a la autoridad de los líderes, denominados en algunos casos apóstoles o profetas; la libertad en Cristo por el sometimiento a las directrices del líder.

Para ello, juegan un papel importante las emociones, es decir, el control de las emociones. Emocionarse ante un sermón que apela a los sentimientos, sentir compasión por los que sufren o alegría por los que se muestran felices; llorar con los que lloran y reír con los que ríen; son sentimientos que producen emociones loables, pero las emociones no pueden sustituir a la fe, ni ocupar el lugar de la conversión, ni suplir los frutos del espíritu: ·amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…. (Gálatas 5:22b-23a).

¿Y qué reciben a cambio quienes se someten a ese tipo de comunidades en las que se anula la voluntad personal para exaltar y reverenciar la imagen del líder, en las que la consistencia de una fe genuina se sustituye por las emociones pasajeras? La primera y más importante de todas, el refuerzo personal que supone la pertenencia a un grupo cerrado y compacto, siempre y cuando se mantenga firme la fidelidad personal al líder; añádase el estímulo de emociones como la esperanza de ser sanado, o ser enriquecido, o conseguir la felicidad, sin olvidar la sensación de poder superar cualquier otro tipo de miserias humanas.

Las caídas o hablar lenguas extrañas, en aparente trascendencia del inconsciente, atribuidas a la intervención del Espíritu, sin que se conozca exactamente cuál puede ser su utilidad o propósito o el convencimiento de que Dios les habla personalmente, son estímulos que mantienen vivas las emociones.

El problema llega cuando se descubren las miserias del grupo o las debilidades del líder, o que la aparente sanidad no se consolida, que la riqueza prometida es una utopía, que la felicidad es pura ficción pasajera. La esperanza se pierde para dar paso a la frustración; las caídas y otras aparentes muestras de trascendencia espiritual dejan de tener sentido y pierden toda su emotividad. En ese punto, las emociones se desvanecen como el humo y no queda nada.

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Contenido de esta serie:

  1. Fundamentalismo
  2.  Inerrancia
  3. Teología de la prosperidad
  4. Teología de las emociones

Fuente: Máximo García Ruiz - Febrero 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

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