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OPINIÓN / por MÁXIMO GARCÍA RUIZ

Inerrancia

Imagen: Freepik

La palabra inerrante, aplicada a la Biblia, cobró protagonismo a partir del año 1978, cuando en el mes de octubre de ese año, los días 26 al 28, se produjo la conocida Declaración de Chicago

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(Máximo García Ruiz, 12/02/2026) | El afán por defender las Escrituras condujo al interés por proteger la Biblia frente a las corrientes liberales, desarrollando posturas fundamentalistas con respecto a su contenido y a la defensa de la lectura literal. Esta corriente, como ya hemos visto, se convirtió en un movimiento que continúa fuertemente asentado en el siglo XX[1].

La lectura fundamentalista parte del hecho de que, al ser la Biblia inspirada por Dios, todas y cada una de sus palabras están respaldadas por Dios, como ya hemos apuntado anteriormente. De dicha premisa se deduce que ha de ser leída e interpretada literalmente, sin tener en cuenta que sus autores se expresan mediante diferentes géneros literarios: alegorías, metáforas, parábolas, épica, historia, profecía, epístola, poesía… Este tipo de lectura fundamentalista-literal, excluye todo esfuerzo por situar el texto en su contexto y aplicar a cada narrativa las claves de interpretación que corresponden.

Los defensores de esa corriente rechazan de plano, como ya hemos dicho, el método histórico-crítico y cualquier otra ayuda para interpretar un texto que reúne infinidad de elementos oscuros, al tratarse de escritos que datan, los más antiguos, al menos de cerca de treinta siglos de antigüedad y los más modernos de veinte siglos. Textos que, la mayoría de ellos, especialmente los del Antiguo Testamento y los propios evangelios, circularon inicialmente en formato oral para ser registrados por escrito tiempo después, de los que no poseemos los originales, que han sido traducidos desde lenguas muertas, a los que se han añadido textos espurios, mutilaciones, revisiones, etc., además de otro tipo de consideraciones que exigen aproximarnos a ellos con la ayuda de determinadas herramientas interpretativas[2].

El fundamentalismo teológico tuvo que armarse de una doctrina suficientemente sólida para garantizar su aceptación y dio paso a la conocida como inerrancia de la Biblia, es decir, que en la Biblia no se encuentra ningún tipo de error, promoviendo y justificando la interpretación literal de los textos sagrados palabra a palabra, texto a texto, libro a libro, desechando totalmente la interpretación contextual.

La palabra inerrante, aplicada a la Biblia cobró protagonismo a partir del año 1978, cuando en el mes de octubre de ese año, los días 26 al 28, se produjo la conocida Declaración de Chicago, el documento más reaccionario, fundamentalista e irracional, conocido en la historia del cristianismo. En esencia, la Declaración de Chicago afirma que siendo completa y verbalmente dadas por Dios, las Escrituras son sin error o falta en todas sus enseñanzas, tanto en lo que declaran acerca de los actos de creación de Dios, acerca de los eventos de la historia del mundo y de su propio origen literario bajo la dirección de Dios, como en su testimonio de la gracia redentora de Dios en la vida de cada persona.


[1] Para una mayor aproximación al tema, nos remitimos a nuestro artículo sobre el mismo tópico en DICCIONARIO DEL PENSAMIENTO CONTEMPORANEO, Ed. San Pablo (Madrid:1997, pgs 582-586).

[2] Para profundizar en estos temas, recomendamos la lectura de nuestro libro Redescubrir la Palabra. Cómo leer la Biblia, Editorial Clie (Viladecavalls-Barcelona:2016)

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Contenido de esta serie:

  1. Fundamentalismo
  2.  Inerrancia
  3. Teología de la prosperidad
  4. Teología de las emociones

Fuente: Máximo García Ruiz - Febrero 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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