Dios en sí mismo es una incógnita para el ser humano. Se le capta por medio de analogías; es un misterio. De hecho, no podemos avanzar mucho más si no recurrimos inmediatamente al comodín de la fe, aunque al hacerlo, no sea necesario despojar nuestra reflexión de los aportes que hace la razón. Lo racional, en este caso, si aceptamos lo que argumentaba San Agustín, es el hecho de que el ser humano, aún sin entender muy bien lo que hace ni por qué lo hace, no se sienta plenamente realizado hasta que se produce el encuentro con Dios.
A partir de la fe el camino seguido para ese encuentro entre Dios y el ser humano, se produce gracias a la revelación que Dios hace de sí mismo. Ahora bien, ese tránsito en el entendimiento de la revelación de Dios se produce estableciendo un equilibro de respeto con la autonomía humana. Ambas confluyen en una experiencia personal y ésta se proyecta hacia una experiencia colectiva.
El María Moliner lo define así: “Revelación, acción de revelar (hacer saber, comunicar). Conjunto de conocimientos que Dios comunica a los hombres”. “Toda la antropología bíblica -afirma Xavier Picaza- puede entenderse como revelación o despliegue de Dios que se va manifestando a sí mismo a través del despliegue o revelación de la historia de los hombres”.
En ese sentido hay que entender Hebreos1,1: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas…”. O la afirmación del salmista: “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1), una revelación natural que indica que a Dios se le conoce por su obra.
Esa manifestación libre de Dios se conoce como revelación o, dicho con otras palabras, se trata del descubrimiento o manifestación que Dios hace de lo escondido o encubierto. Ese es, precisamente, el título con el que los padres de la Iglesia quisieron dar a conocer el último libro del Nuevo Testamento: “apocalipsis”, es decir, revelación.
Ahora bien, cualquiera que sea el medio de revelación al que hagamos referencia, el mensaje transmitido deberá ser interpretado; el hacerlo correctamente, bien sea utilizando medios científicos, filosóficos o religiosos en el ámbito espiritual, requiere conocimiento, disposición personal y habilidad para entenderlo y explicarlo. Una aportación importante del papel que tiene la razón en el proceso de la revelación es, en primer lugar, despojar al lenguaje de antropomorfismos atribuidos a Dios como “así dice Yahvé” y equivalentes, o asumir la literalidad de que Dios se comporta como una persona más y se hace amigo de algunos (cfr. Abraham, Moisés, Israel) o enemigo de otras personas y pueblos a los que hay que exterminar, manifestaciones tan frecuentes en el Antiguo Testamento. La crítica bíblica que hace accesible un pensamiento crítico nos ayuda a despejar el camino de búsqueda de los antropomorfismos que enturbian la visión nítida de Dios.
La teología hace diferencia entre revelación general y revelación sobrenatural:
. Revelación general
Es el descubrimiento que Dios hace de sí mismo a todos los hombres por medio de la naturaleza, de la conciencia y de la historia. Es, por lo tanto, lo que las ciencias naturales y la filosofía, con alguna salvedad, podría llegar a probar por medio de la razón.
. Revelación especial o sobrenatural
Hace referencia al propósito redentor de Dios manifestado en Jesucristo en contraposición de la revelación general. Afirma que Dios ha dado testimonio de sí mismo en la historia; testimonio acerca de una salvación universal, que se halla contenida en las Escrituras. Por lo tanto, esa revelación es:
- Una revelación histórica.
- Una revelación salvadora.
- Una revelación bíblica.
Obviamente, estamos haciendo referencia a un tipo de revelación en el que no interviene necesariamente la razón, sino la fe, que se ajusta a un corpus doctrinal fiel a ciertos cánones preestablecidos que han sido elaborados progresivamente apoyándose en estructuras de autoridad, como son los concilios, especialmente los concilios ecuménicos que terminaron de dar forma a la estructura y a la doctrina eclesial.
Debemos insistir, tal y como nuestros lectores deducirán fácilmente, que estas definiciones se corresponden con la teología cristiana, elaborada a partir de la fe en Jesucristo, de cuyo alcance no corresponde que nos ocupemos aquí y ahora en mayor extensión. Por nuestra parte, trataremos de aproximarnos a su alcance a la luz de la teología rabínica de la época del Segundo Templo o inmediatamente posterior, para enlazar con la teología cristiana.
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El planteamiento que formula la Torá es que Dios habla, pero para que su mensaje tenga valor, es preciso tener un pueblo que responda y actúe en función de la revelación divina recibida. En este caso, se determina que el receptor y actor principal es el pueblo hebreo.
La literatura rabínica nos introduce en el alcance que tenía para los judíos el concepto de la revelación. Es un hecho histórico conocido que, posteriormente, una vez estructurado el judaísmo y en la medida en la que fue dándose forma al Talmud, el judaísmo fue adaptándose a las interpretaciones teológicas de los rabinos, hasta el punto de que podemos encontrar en dichos documentos reflexiones totalmente contradictorias entre sí con idéntico rango de autoridad; algo semejante a lo que ocurrió en el cristianismo con respecto a la interpretación que hacen los padres de la Iglesia, por una parte, y los concilios y teólogos más representativos, por otra.
De esta forma, el judaísmo pasó de ser la religión de la Torá a ser una religión de los exégetas talmúdicos, pasando por los énfasis socio-religiosos de los profetas, al igual que el cristianismo, de ser un mensaje apostólico, pasó a ser una religión conciliar.
Un aspecto importante, que no debemos perder de vista, es la relevancia que tiene, en lo que al Tanaj-Antiguo Testamento se refiere, la transmisión oral sobre la que se fundamenta. El Talmud, que es el tratado teológico judío por excelencia, tomaría forma más o menos extensa a partir del siglo l d.C., cuando ya la transmisión oral había dado paso a la elaboración escrita de las Escrituras hebreas.
Recordamos a nuestros lectores que el Talmud es un libro de interpretación, un libro de pensamiento rabínico y, en cierto modo, un tratado abierto de teología, aunque no de teología sistemática, semejante al estilo de la teología tomista o barthiana, por poner dos únicos y distantes ejemplos. De forma abierta y progresiva, el Talmud ha ido marcando para los judíos la posición, o las posiciones de los sabios, en referencia al alcance de la revelación, de la interpretación y, sobre todo, de la aplicación del texto recibido. Y, en buena medida, es una herencia transmitida al cristianismo.
En cualquier caso, tampoco le es ajena al Talmud la tensión existente en el cristianismo entre revelación, transmisión e interpretación, tal y como ocurre entre las diferentes escuelas teológicas cristianas. La revelación tiene su origen y explicación en el Shemot, el Éxodo, y su lugar de referencia es el Monte Sinaí, lugar que el texto señala como el elegido por Dios, donde se revela con grandes portentos, para entregar a Moisés el midrahs, conjunto de revelaciones, que incluye las Tablas de la Ley. Esta revelación marca el principio de obediencia y sumisión o pacto, del pueblo judío para con Dios, en la que se fundamenta la fe sobre la que descansa el judaísmo.
Un dato curioso que arguyen algunos rabinos sobre el Talmud es que el acontecimiento sucedido en el Sinaí muestra que la revelación de Dios comenzó y terminó en el monte sagrado; mientras que otros intérpretes acreditados, defienden que la revelación de Dios es un proceso que comenzó en el Monte Sinaí pero que su desarrollo es constante y continuo. La revelación, tal y como la perciben los propios judíos, está sujeta a la interpretación de los rabinos-teólogos. Sobre esos antecedentes se fundamenta en buena medida la exégesis cristiana.
No pierdan de vista nuestros lectores que estamos moviéndonos en el terreno de la fe, no de la razón. Y las afirmaciones que se hacen y transmiten teniendo como origen la fe, al dar como resultado conclusiones diferentes entre sí, nos plantean el problema derivado de posibles aportaciones subjetivas Es precisamente ese el marco en el que situamos la opinión de los rabinos encargados de dar forma teológica a los contenidos del Talmud.
El Sinaí representa para los hebreos y, por extensión, para los cristianos, la culminación del Pacto de la Alianza de Dios con el pueblo elegido. En cuanto a la interpretación de los hechos, una postura es la de aquellos que los aceptan de forma literal, tal y como son narrados en el libro del Éxodo y, otra, la de quienes la conciben como una narración mítica, pasando por la aportación de posibles teorías unas más razonables que otras, defendidas con mayor o menor fundamento histórico y antropológico.
Lo que aquí interesa resaltar como algo relevante, es que el pueblo receptor interiorizó el hecho como una teofanía contractual, en la que Dios ofrece un pacto y el pueblo aceptaba las condiciones que dicho pacto demanda y así ha sido transmitido de generación en generación. Las circunstancias, o el revestimiento con el que se materializa esa alianza, tiene un valor accesorio.
En general, es preciso tener en cuenta que nos hallamos ante una historia religiosa de carácter popular que circuló oralmente y fue redactada siglos después de la fecha en la que pudo generarse, cuando los hechos transmitidos habían sido elevados a la categoría de épica nacional, uniéndose a la idealización propia de la memoria en torno a lo narrado, sin olvidar la falta de rigor literario a la hora de transmitir datos o contar historias, que caracterizaba a los autores orientales de la época en general y a los hebreos, en particular.
El hecho central que motiva al narrador del Éxodo es el interés de sus protagonistas por destacar la intervención de Dios en la liberación y formación de un pueblo escogido para fines concretos, y presentar a Dios como el guía directo e inmediato de todos los acontecimientos que van sucediéndose desde la liberación de Egipto hasta la culminación del Pacto en el Monte Sinaí.
Tanto el pueblo como el narrador perciben la presencia e intervención divina en cada una de las etapas del proceso, haciendo creíble la revelación. Lo físico y lo emocional forman un todo indivisible. La presencia e intervención de Dios, que el pueblo percibe desde la distancia como algo virtual, se convierte en físico y real para el narrador, reflejo del patrimonio espiritual de un pueblo que, sobre todas las cosas, se considera a sí mismo, como ya hemos apuntado, como “pueblo escogido por Dios”-
¿Es razonable elevar a la categoría de revelación divina de alcance universal un relato de estas características? A costa de que la razón se resienta, resulta indiscutible que se produce una percepción extrasensorial de alcance colectivo que, aunque la razón pudiera rechazar por tratarse de algo no verificable racionalmente, e incluso ser rechazado por una razón crítica, la fe interioriza y reconoce como posible y cierto.
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El segundo indicador para cifrar la postura judía en lo que afecta a la revelación, de la que se nutrirá el cristianismo posteriormente, es la repetida frase profética de “así dice Yahvé”. Resulta asombroso el hecho de que, según afirman quienes se han tomado la molestia de contarlas, algo que por nuestra parte no vamos a verificar, en el Antiguo Testamento esa frase o alguna otra equivalente, como “Yahvé dijo”, “así dice el Señor” o frases semejantes, se utilizan hasta 3.808 veces, mientras que en el Nuevo Testamento ese tipo de expresiones desaparece y se hace eco de una frase similar: “Esto dice el Espíritu Santo”, (cfr. Hechos 21:11). Tanto Jesús como sus discípulos utilizarían una frase semejante: “escrito está”, evitando adjudicar las palabras literalmente a Dios. Ese “escrito está” reivindica la autoridad que en la tradición judía se había atribuido ya a las Escrituras, más concretamente a la Torá, que era las Escrituras por antonomasia.
Es evidente que los hagiógrafos del Tanaj están haciendo uso de una frase común y familiar a sus oyentes/lectores con la que expresan su convencimiento de que están transmitiendo un mensaje que se corresponde con los designios divinos, es decir, lo están presentando como revelación de Yahvé, algo que, en el momento de ser escrito aún no está revestido de la aceptación, acreditación y respaldo de los que gozaría posteriormente, cuando el pueblo hace suyo el mensaje, reconociéndole y confiriéndole la autoridad que, formalmente, recibiría al ser incorporado al Canon en el concilio de Jamnia, del año 90 de nuestra era.
Y así era recibido por sus oyentes o lectores. Con el paso del tiempo, ese conjunto de escritos, respaldados por el “así dice Yahvé”, pasarían a engrosar “las Escrituras” en un sentido amplio, revestidas de autoridad y reconocimiento, hasta el punto de que, ya en el siglo primero de nuestra era, antes incluso de que el Concilio de Jamnia los hubiera acreditado como libros sagrados, tanto Jesús como sus discípulos les atribuyen la autoridad procedente de Dios, hasta el punto de que “escrito está” es equivalente a “así dice Yahvé”, con lo que queda suficientemente acreditado para los hebreos que los libros del Tanaj ya habían pasado a ser reconocidos y aceptados como parte complementaria de la Torá y, consecuentemente, parte de la revelación de Yahvé.
La propia Biblia, en este caso los evangelios, nos alertan: “A Dios nadie le vio jamás” (Juan 1:18), un primer dato a tener en cuenta en evitación de dudosas teofanías. La revelación de Dios se produce en un plano espiritual, bien sea de orden personal o colectivo, es decir, cuando la experiencia personal extrasensorial eleva su alcance al ámbito comunitario de un colectivo determinado.
En ese ámbito debemos situar las referencias que se hacen en la Biblia, estableciendo vínculos directos de relación de Dios con Abraham, Moisés, reyes y profetas, dando a entender una relación personal física, que incluye incluso enfados frecuentes del mismo Dios, enfados que ocasionan castigos al pueblo.
Evidentemente, se trata de un estilo literario, llevado a cabo por personas que interpretan los signos de los tiempos como designios de Dios. Desde esa perspectiva cobran sentido las palabras de Hebreos1:1y 2: “Dios habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo”. No solo se plantea un estilo narrativo diferente en lo que atañe a la revelación, sino que incluye también a sus trasmisores. Un ejemplo paradigmático de la proyección colectiva de una vivencia personal.
La Voz de Dios se escucha y se transmite frecuentemente en nuestra propia voz a partir de las experiencias que vamos cosechando, experiencias que marcan nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros éxitos y nuestros fracasos. Puede afirmarse que tanto la revelación como la inspiración, no se entienden bien a priori, sino a posteriori, es decir, a partir de sus manifestaciones.
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