La identidad religiosa del pueblo en este período está tan deteriorada que el texto avisa que ni la propia familia de Samuel mantenía la fidelidad a Yahvé (cf. 1 Samuel 8). En realidad, el Arca de la Alianza ha tomado en buena medida el lugar de Dios; ambos, el Arca y Yahvé, se identifican de forma rudimentaria, sin que, aparentemente, exista una liturgia que les asemeje a una comunidad religiosa propiamente dicho.
Por otra parte, no debemos perder de vista que, en los libros de Samuel, inicialmente un solo volumen, así como ocurre con otros históricos, las evidencias internas muestran que esos hechos ocurrirían después de la división de Israel y Judá, en torno al año 931 a.C., ya que se mencionan con frecuencia ambos reinos por separado, aunque procurando conferir al texto un sentido histórico de vinculación a Yahvé. Los hagiógrafos tratan de mantener esa línea continua de identificación del pueblo con Yahvé, aunque se perciba muy débil e inconstante.
Por otra parte, el asedio de los filisteos se había convertido en una amenaza constante para las tribus hebreas por separado, amenaza que no resultaba sencillo combatir. Ante tal situación, los ancianos de Isael convinieron en unir esfuerzos y reorganizar su estructura política y estrategia militar, y pidieron a Samuel que gestionara la búsqueda de un rey, “igual que tienen otros pueblos”, pensando que el cambio supondría un sistema de gobierno más eficaz y que la situación podría cambiar para mejor, especialmente en lo que atañía a la lucha con los filisteos. Una prueba más de lo seducidos que estaban los israelitas por la cultura y la religión de los vecinos.
Samuel, aunque no compartía la idea, accedió a lo solicitado. El primer intento con el reinado de Saúl resultará frustrante. David, por el contrario, supondrá un soplo de esperanza y con Salomón se consolidará la etapa más brillante del reino de Israel.
A partir de Salomón vendrá la decadencia, evidenciada por hechos como la fractura del reino, los destierros y la desaparición posterior del reino de Israel integrada por las diez tribus del norte, así como la empobrecida supervivencia del reino de Judá. La historia de Israel-Judá y sus reyes, está trufada de engaños, de infidelidades religiosas, de desapegos hacia Yahvé que, a pesar de que sea considerado el el Dios más grande, el Dios de Israel, el pueblo tiene muy arraigadas otras prácticas religiosas. Incluso las consultas a Dios, a falta de otros recursos, suelen hacerse por medio de videntes (cfr. 1 Samuel 9:6ss) o pitonisas (cof. 1Samuel 28:8-14), en una clara connivencia con las prácticas paganas.
Con todo, la confluencia del profeta Samuel y el rey David dará paso a un tiempo de recuperación de la figura de Yahvé como Dios de Israel. David promueve la adoración a Yahvé, aunque mantiene la costumbre pagana de levantar altares en determinados lugares que, en la redacción posterior de esos hechos el hagiógrafo vincula esos alares con Yahvé (cfr. 2 Samuel 24:18-25).
Un reino potente necesita un Dios poderoso, y a un Dios poderoso hay que levantarle un templo a la medida de su propia dignidad. Así lo planifica David, pero no será él sino su hijo Salomón el encargado de llevar a cabo esa monumental obra que proyecta a Israel como triunfador ante sus enemigos. Una época pródiga en exaltaciones a Yahvé, como muestra del protagonismo que va adquiriendo el Dios de Israel.
En esa época es muy probable que se redactara una parte de la Torá y algunos salmos y proverbios, incluso tomaran forma algunos de los relatos históricos que posteriormente serian recopilados por Esdras. Es decir, la religión en Israel con un sustrato documental suficiente para vehicular el culto religioso es todavía muy incipiente y convive con el sustrato cultural politeísta.
En todo ese recorrido aparece la ímproba tarea de los profetas, una figura emergente de voceros que denuncian los desmanes del pueblo, sobre todo de sus reyes, y marcan el camino de regreso a la fidelidad a Yahvé. El hagiógrafo señala que los reyes y, con ellos, el pueblo, eran cíclicamente castigados por haberse olvidado de Yahvé, transgrediendo con ello el pacto establecido con Abraham y con Moisés.
El incipiente monoteísmo que parecía convertirse en el signo distintivo de Israel cuando se asentó en Canaán, queda opacado por el persistente politeísmo que los israelitas vienen arrastrando desde Egipto, a cuya herencia se unen las influencias cananeas. Tanto la fidelidad a Yahvé como la ética se resisten a ser signos distintivos en la conducta de los reyes, incluidos los dos más representativos, como es el caso de David y Salomón, si bien David se convertiría con el paso del tiempo en el referente mesiánico para las siguientes generaciones, dado el prestigio que llegó a tener su poderío militar que sería consolidado y acrecentado por su hijo y sucesor Salomón, encargado de llevar a cabo la monumental obra tanto física, mostrando el poderío creciente de Israel, como religiosa, reforzando la imagen de Yahvé, su Dios.
Tanto la inconsistencia ética de David como la de Salomón, así como su infidelidad monoteísta, se ponen de manifiesto al juzgar su comportamiento con parámetros éticos de nuestros días. Refiriéndonos a Salomón, mencionamos un dato referido a su matrimonio. De Egipto y de su idolatría habían salido huyendo los antepasados de Salomón. El pueblo mantiene la memoria histórica de los hechos. No obstante, resulta llamativo que a la hora de contraer matrimonio Salomón lo haga precisamente con una hija de Faraón, al tiempo que edificaba el templo, “la casa de Yahvé” (cfr. 1 Reyes 3:1). Posiblemente se trataba de una estrategia política ambiciosa que incluso en tiempos modernos han seguido otros reinos e imperios, pero ese matrimonio con la hija de Faraón y otros vínculos posteriores con mujeres extranjeras, procedentes de otras culturas religiosas, nos plantea la incógnita de saber hasta qué punto el establecimiento de tales relaciones eran posibles gracias a una previa connivencia religiosa; matrimonios poco conformes con el espíritu religioso del monoteísmo en proceso de implantación en Israel, hasta el punto de que el resultado se produce en forma de sentencia: tales enlaces matrimoniales torcieron el corazón de Salomón (cfr. 1 Reyes; 11:1 ss). “… Arrastrarán vuestros corazones tras sus dioses”, había sido la sentencia atribuida a Yahvé (cfr. 1 Reyes 11:2). Y ese sería el resultado.
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Los aproximadamente cuatro siglos que transcurren desde el triunfante reinado David/Salomón hasta el cautiverio babilónico, dan paso a un período complejo cargado de situaciones cuyo relato justifica ampliamente la existencia de los libros históricos de la Biblia: Samuel Reyes, Crónicas y las narraciones parciales que les precedieron, no incluidas en el Canon del Tanaj, de las que dejan constancia los propios relatos de los Reyes, de cuyo análisis no cabe ocuparse en nuestro itinerario, salvo aquello que nos ayude a dilucidar la evolución o involución sufridas en lo que al monoteísmo hace referencia.
Nos serviremos de algunos ejemplos para intentar mostrar hasta qué punto el conjunto de tribus hebreas procedentes de la esclavitud en Egipto, convertidas posteriormente en una nación que se siente heredera de una promesa dada a Abraham, en cumplimiento de la cual pueden considerarse pueblo escogido de Dios para ser una nación grande y poderosa, algo que han comenzado a vislumbrar con ocasión del reinado de David y de su heredero Salomón; una nación en la que el Dios no conocido de Moisés, reconocido ya como Yahvé en Canaán, consiga la fidelidad de su pueblo, aceptándole como el Dios único, sin competencia de otros dioses, es decir, cuando triunfe finalmente el monoteísmo sobre el politeísmo.
Los cuatro siglos de transición a los que nos hemos referido incluyen el rompimiento de las tribus entre sí como nación única formando los reinos de Israel y de Judá, así como el protagonismo de los profetas denunciando la infidelidad de reyes y vasallos, para concluir en otro destierro, primero de Israel, del que no vuelve a saberse nada más y, posteriormente, de Judá, del que emergerá posteriormente una religión que, ahora sí, les dará una consistencia que marcará para siempre su identidad y su futuro.
Podríamos decir que en ese tiempo el objetivo creciente es reconocer y adorar a Yahvé, pero manteniendo prácticas de épocas anteriores, como levantar altares en sitios estratégicos de valor sentimental por algún acontecimiento ocurrido en ese lugar, unido a la relevancia del Arca de la Alianza como símbolo de la presencia de Dios. El templo, finalmente, vendría a concentrar los lugares de adoración, pero manteniendo una liturgia de campaña, escasa, insuficiente para fortalecer los vínculos comunitarios. Como referente histórico y doctrinal, contarían con la parte de la Torá ya escrita, vigente en ese tiempo, especialmente la parte correspondiente al documento yahvista y, por consiguiente, incompleta.
El juicio que hace el hagiógrafo que recopila la historia de los reyes gira en torno a los reyes, a quienes se declara responsables de los éxitos y de los fracasos del pueblo. Y, especialmente, cuando se refiere a los reyes del norte, la sentencia es que hicieron lo malo a los ojos de Yahvé (cfr. 2 Reyes 13:2 y otros muchos juicios semejantes a éste), tomando como origen de esa conducta los pecados de Jeroboam, como referente (1 Reyes 12:25ss). Resultado de la desobediencia es el castigo que el autor no duda en atribuirle.
Puesto que en esa época no existía todavía un código de normativa religiosa y conducta semejante al Deuteronomio, al que se le atribuye una fecha posterior, posiblemente ya bajo le dirección de Esdras, es evidente que lo que los profetas denuncian y a lo que el autor de las crónicas hace referencia al aludir a la maldad de los reyes, aparte de determinados actos de injusticia manifiesta, que los había, hay que entender que se refiere a la infidelidad a Yahvé. La idea, prevalente ya entonces, de la necesidad de decantarse por adorar a un solo Dios y hacerlo en un solo santuario; una legislación que, posteriormente, quedaría fijada en el libro de Deuteronomio (cfr. cap. 12). Se trataba de un reto, aunque las crónicas muestren que se incumpliría su contenido frecuentemente, causa por la que los profetas muestran, sin ambages, su condena a los reyes. En cualquier caso, combatir la idolatría será el caballo de batalla de los profetas.
Efectivamente, en el fondo de la narración histórica subyace la denuncia y condena de la idolatría en la que caen los reyes y el pueblo continuamente, causante del castigo divino. Un hecho importante que es preciso tener en cuenta es que en ese período de transición al que venimos refiriéndonos, que abarca desde la ruptura en dos del reino hasta el destierro babilónico, va tomando cuerpo, en buena media, la idea de un Dios único al que se adora en un lugar único, el templo, pero las evidencias muestran que aunque en ese sentido la idea del monoteísmo doctrinal avanza considerablemente, el sustrato politeísta que asume prácticas idolátricas, no ha desaparecido, provocando la ira y la condena de los profetas en nombre de Yahvé.
El relato histórico, al reiterar con tanta insistencia la idea del culto único en un solo lugar y la prevalencia de un solo Dios, pone en evidencia que teoría y práctica no han encontrado aún un ajuste satisfactorio, algo que se espera que ocurra en el futuro, no sólo en lo que a Israel (Samaria) y Judá (Jerusalén) se refiere, sino que vendrá tiempo en el que todas las naciones reconozcan a Yahvé por único Dios (cfr. 1 Reyes 8:60), un sentimiento de orgullo nacional que no han abandonado con el paso del tiempo sus descendientes.
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Toda religión, para que prevalezca, tiene que dotarse de un código de creencias y conducta suficientemente elaborado como para producir pautas de comportamiento homogéneas en sus seguidores. Se supone que ese papel queda reservado, en lo que a los hebreos se refiere, a la Torá, un conjunto de libros que ofrecen la información necesaria para dotar a la religión judía de los elementos necesarios para cumplir esos fines, requerimiento que se cumplirá, más adelante, en la época del destierro babilónico.
Entre tanto, partimos de la hipótesis de que la Torá, en su proceso de formación, arranca de tradiciones orales que han ido convirtiéndose con el paso del tiempo en fuentes escritas o documentos de referencia, a los que ya hemos aludido anteriormente: (Yahvista (J), Elohista (E, Deuterocanónico (D) y Sacerdotal (P),
Durante ese largo período de la monarquía, del que venimos ocupándonos, únicamente una parte de esa documentación estaría disponible, supuestamente lo aportado por las fuentes yahvista/elohista de forma especial. En cualquier caso, tenemos evidencias escritas de que algo conocido como “Libro de la Ley” formaba parte de los referentes escritos conocidos en esa época de transición.
Vamos a servirnos de un ejemplo referido al rey Josías, que puede ser paradigmático para situarnos; da testimonio de lo efímera y frágil que estaba siendo el tránsito hacia el monoteísmo. Haremos referencia en primer lugar al relato que hace el autor del libro de Reyes para centrarnos a continuación, brevemente, en su análisis. Josías es uno de los pocos reyes de los que se dice que hizo lo recto a loa ojos de Yahvé. Su reforma es un referente digno de encomio. Nos situamos en el siglo VII a.C. Veamos lo que dice el texto: “He encontrado en el templo de Yahvé el ‘libro de la Ley’, una exclamación de asombro ante un descubrimiento que pasa por varios funcionarios hasta llegar al rey. Cuando Josías oyó las palabas del libro de la Ley, rasgó sus vestiduras, convocó a sus ministros, y dijo:
“Id a consultar a Yahvé por mí, por el pueblo y por todo Judá, respecto de las palabras del libro que se ha encontrado, porque seguro que es grande la cólera de Yahvé contra nosotros por no haber obedecido nuestros padres las palabras de este libro y no haber puesto por obra cuanto en él se nos manda”.
Evidentemente, el libro estaba escondido y olvidado entre las partes ruinosas del templo, falto de reformas, según se advierte en el texto. Obviamente, como muy bien asume Josías, oculto debió estar durante varias generaciones, tal vez. Las deducciones que pueden extraerse de esa evidencia son concluyentes; conforme venimos apuntando. El monoteísmo en torno a Yahvé ha ido ganando lentamente terreno en su aspecto formal, es decir, como referente ideológico, pero aun así, subyace una realidad incuestionable: las prácticas politeístas prevalecen. La metáfora fluye, aun sin buscarla: el Libro puede estar en el templo, aunque escondido, sepultado entre los escombros cotidianos, olvidado, mientras fuera del templo prevalecen otro tipo de dioses.
Josías representa un quiebro en la historia de Judá en este caso; puesto que Israel estaba en proceso de desaparición como estado; se ocupa de la restauración del templo, protagoniza una mirada a sus ancestros, una recuperación de algunas tradiciones y, sobre todo, una aproximación a Yahvé vinculada a un recuerdo de la promesa a Abraham. La conocida como reforma de Josías es un anticipo de lo que unos años más tarde supondría la instauración del judaísmo como religión monoteísta bajo el liderazgo de Esdras, dotándola de un código doctrinal suficientemente amplio como para garantizar su subsistencia. Josías, como decimos, restaura el templo y renueva la idea del pacto, pero el problema de fondo, es decir, las prácticas paganas y la pleitesía a otros dioses perdura, carentes como estaban de una teología y de una liturgia desarrolladas.
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(Próxima entrega: IX–Judaísmo, un concepto socio-religioso)
Autor: Máximo García Ruiz. Diciembre 2025 / Edición: Actualidad Evangélica
© 2025- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.
*MÁXIMO GARCÍA RUIZ, nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 31 libros y de otros 14 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.
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