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SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ

25N: Mirar de frente, sin excusas

“Todas estas voces, todas estas advertencias, siguen golpeando en mi mente hoy, 25 de noviembre de 2025. Y me obligan —personalmente, íntimamente— a examinar mi propia cultura, mis inercias, mis conceptos heredados”

Este año, la fecha nos alcanza con los ecos aún vivos del III Foro de Reflexión Internacional “Iglesias Evangélicas. Espacios seguros y libres de violencia contra la mujer y la infancia”, organizado por FEREDE. Un espacio donde voces diversas —juristas, teólogos, líderes sociales, pastores— se reunieron para hablar con franqueza sobre una realidad que no admite paños calientes. Lo que allí se dijo sigue resonando como un aldabonazo en la conciencia de quienes estuvimos presentes.

Las palabras importan

Pienso, por ejemplo, en la aportación de Fiona Belshaw, de Fiet ONG. Con algo tan aparentemente simple como un glosario, puso sobre la mesa una verdad incómoda: hemos permitido que palabras esenciales se contaminen con ideologías, que se vuelvan sospechosas, que se trivialicen. Y sin embargo, sin un vocabulario común no hay reflexión honesta posible. Sin llamar a las cosas por su nombre, la niebla lo cubre todo.

¿Por qué hablar de violencia de género o violencia contra la mujer? Porque existe. Porque es específica. Porque es distinta. Porque trata de un tipo de violencia que pesa de forma desproporcionada sobre mujeres y niñas. Y porque España, aunque nos pese, ocupa un lugar de triste privilegio en los rankings internacionales.

La espiritualidad de los ojos abiertos

Esa realidad, por más que no lo queramos admitir, también se cuela en nuestras iglesias. A veces de manera evidente; otras, de forma sutil, camuflada bajo interpretaciones, costumbres o silencios. Por eso me interpeló profundamente la invitación del pastor Eduardo Delás a cultivar “una espiritualidad de ojos abiertos”, incapaz de mirar hacia otro lado, dispuesta a despojar a la fe de cualquier complicidad —consciente o no— con estructuras que perpetúan desigualdades o justifican abusos.

En esa misma línea, el pastor Emmanuel Buch fue un paso más allá al revisar críticamente un texto teológico clásico —concretamente uno de John Stott, un referente del protestantismo global—. Con valentía —y dejando clara de antemano su admiración personal por el citado autor— mostró cómo ciertas interpretaciones, mantenidas sin revisión, pueden convertirse en herramientas de injusticia, incluso cuando nacieron con la intención contraria. Recordó algo elemental: el Evangelio se sostiene sobre la afirmación de la igualdad radical en Cristo. Cualquier teología que derive en asimetría no honra esa verdad.

Antes, Andy Wickham había expresado con rotundidad la condena bíblica a los abusos sexuales contra la mujer, en ambos Testamentos, sin margen para la duda. Un recordatorio necesario en tiempos de discursos ambiguos.

La descripción de Asun Quintana del «iceberg» de la violencia de género, con su profunda base de comportamientos sexistas normalizados, micromachismos, etc., revela cuán arraigados pueden estar ciertos patrones culturales en lo más profundo de nuestras conciencias, por muy «cristianas y evangélicas» que emerjan ante nosotros mismos.

La ley y el cambio cultural

También desde el ámbito jurídico surgieron reflexiones de peso. Ezequiel Escobar alertó sobre los riesgos de la nueva Ley 1/2025 de “eficiencia judicial”, que podría generar retrasos y revictimización. Y Eva Márquez, de Diaconía, puso el dedo en la llaga con una idea tan sencilla como trascendente: las leyes son necesarias, pero no suficientes. No pueden, por sí solas, transformar una cultura.

Recordó la Ley Antitabaco, que logró en poco tiempo algo que parecía imposible: cambiar hábitos, mentalidades y consensos. “Necesitamos una ley firme contra la trata”, dijo. No porque vaya a resolverlo todo, sino porque sin ese pilar legal no habrá transformación cultural posible.

Un examen de conciencia

Todas estas voces y las de los demás ponentes, todas estas advertencias, siguen golpeando en mi mente hoy, 25 de noviembre de 2025. Y me obligan —personalmente, íntimamente— a examinar mi propia cultura, mis inercias, mis conceptos heredados. Oro para que el Espíritu Santo ilumine mis zonas ciegas, para que me libere de cualquier resquicio teológico, emocional o costumbrista que me impida tratar a las mujeres de mi entorno —mis hermanas en la fe, mi esposa, mis tres hijas, mis compañeras de trabajo— como Jesús las trató: con dignidad, respeto y absoluta igualdad.

Jorge FernándezMuchos de los que participamos en el foro del pasado viernes hemos sentido ese mismo desafío. Esa misma llamada a pasar de la teoría a la práctica y convertirnos, con la ayuda de Dios, en agentes de protección, transformación y liberación. En nuestras iglesias, sí, pero también en cada espacio en el que tengamos influencia.

Que no sea un día más

Si ese cambio interior comienza a gestarse, si esa reflexión se convierte en compromiso, entonces este 25N será algo más que una fecha señalada, más que una efeméride o un post en redes sociales. Será un día distinto. Un día de decisión. Un día de mirar de frente, sin excusas.

Que así sea.

Autor: Jorge Fernández – Madrid, 25 de noviembre de 2025.-

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© 2025. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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