El páramo y la selva son parte de su identidad, también los libros que lo llevaron a convertirse en un estudioso de la realidad indígena. N.d.R.: La historia de Julián Guamán, líder indigenista ecuatoriano, es un ejemplo del efecto positivo de la "sal" del evangelio. Hijo de evangélicos, reconoce que aprendio a "hablar y a escribir" con la Biblia Reina Valera – versión de 1960 – y que un pastor evangélico, que les animaba a estudiar, fue importante en su vida. Con dos licenciaturas obtenidas en Costa Rica – una en Estudios Latinoamericanos y otra en Teología – y estudios antropológicos, en Derecho, una maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad Andina, ahora prepara un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. (Guayaquil, 15/02/2009) La imagen en el espejo rebota al mismo personaje. El líder indígena aparece y se mezcla con el intelectual que estudió Antropología, Derecho, Teología, Estudios Latinoamericanos, hizo posgrados y publica libros. El aborigen de poncho y cola de caballo, que conoce los misterios de la selva, se hace uno con el cosmopolita que estudió fuera del país. El padre de una familia quichua es también el presidente del Consejo de Participación Ciudadana. Todos confluyen en un mismo rostro: el de Julián Guamán. A este nativo puruhá, nacido en la parroquia Cebadas, una localidad fría y altísima del cantón Riobamba, lo puebla la sencillez, pero también el orgullo de quienes se saben dueños de una cultura única, de una raigambre histórica que llevan en los genes y traspasan como un aliento a las generaciones que les suceden. “Nací en la comunidad Basquitay Quillincocha, en 1970, el 21 de septiembre. Cuando tenía 7 años fui a la escuela Alejo Sáez, en la parroquia Flores”, empieza a relatar Julián y da inicio a una historia que arranca en el altiplano, circunvala la fe y parece acabar en una promesa. En Cebadas vivía entre el pajonal, a 4.600 metros sobre el nivel del mar. Le gustaba llegar a la parte más alta, porque mientras más subía la sensación de libertad era más intensa. Desde allí, podía ver a ambos lados, las montañas del oriente y del occidente. “Es interesante estar allá, en pleno páramo”, dice y su mente vuela al pie del cerro mítico Puchi Urko y la laguna, cercanos a la casa donde vivió hasta los ocho años. Su padre era un pequeño minifundista que sembraba papas, tubérculos, cereales, trigo y cebada. Tenía, además, unos pocos borregos, un ternerito, un par de chanchos y unos cuyes. Pero antes de que Julián terminara la escuela, la familia con cuatro hijos y los animales a cuestas debió migrar a la Amazonía; y se instaló en la parroquia Arosemena Tola, cantón Tena, provincia del Napo. La razón de esta mudanza, que le dio a Julián la oportunidad de vivir en la selva, fue que entre 1973 y 74, la “mala reforma agraria que el país y la mayoría de países latinoamericanos tuvieron” obligó a muchos indígenas a habitar en lo que Julián define como “las malas tierras de allá arriba”, pues las mejores, recuerda, quedaron en las grandes haciendas que había en la Sierra.
Julián no habla de oídas. Él no solo ha vivido en carne propia, sino que ha estudiado a fondo la problemática indígena, sobre la cual ha publicado dos libros. Además, tiene dos licenciaturas obtenidas en Costa Rica, una en Estudios Latinoamericanos y otra en Teología. Hizo estudios antropológicos, en Derecho, una maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad Andina y está de candidato a un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Pero antes de todo esto, estuvo la selva. ¿Cómo cambió la vida cuando llegaron al Tena? ¿Allí también se dedicaron a la agricultura? ¿Y usted aprendió el oficio?
Sí. Después de regresar de las clases ayudaba en las labores del trabajo de campo. Sin embargo, lo que lo atrapó fueron los libros y la educación, digamos, formal. Sí, ya cuando estuve en el colegio me di cuenta de que a mí siempre me llamó la atención estudiar. Fui siempre el mejor estudiante en la escuela y también en el colegio. Entonces, ¿no se sorprendió ahora cuando obtuvo el mejor puntaje (sacó 97,5 sobre 100), en el concurso de méritos para integrar el Consejo de Participación? ¿Quiénes fueron las personas claves en su formación? ¿Sus padres también son cristianos protestantes? Por supuesto, mis padres fueron unos de los primeros evangélicos protestantes en Chimborazo. Por tanto, yo nací en un contexto y en un hogar evangélico. Ellos fueron evangelizados por otros indígenas que, a su vez, fueron evangelizados por misioneros. En Chimborazo, en su mayoría, la población se declara evangélico-protestante. Es por esto que uno de los libros que yo más aprecio es la Biblia. Porque con la Biblia yo aprendí a hablar y a escribir. Sobre todo la versión de 1960. Es maravilloso el texto bíblico cómo está redactado. ¿Habla de la versión Reina Valera?
Pero imagino que también aprendió a leer la Biblia en quichua En esta época ¿usted soñaba con estudiar Teología? ¿Quién lo ayudaba? Parece que siempre quiso vincularse con las Ciencias Sociales, ¿es que no le interesaba tanto la aplicación monetaria de su estudio? ¿Así pudo seguir sus estudios en Costa Rica? La Teología de la Liberación intenta responder a la cuestión que los cristianos de América Latina se plantean sobre cómo ser fiel a su religión en un continente oprimido. Este pensamiento fue vital en la ruta de Guamán, pues lo llevó a vincularse más activamente a las organizaciones indígenas y otras que protegen a los niños, niñas y adolescentes. Entonces, surge Guamán como una especie de sociólogo de la religión indígena. ¿La Teología de la Liberación hizo nacer en usted un impulso por un accionar más amplio, más comunitario? Claro, eso en el discurso, pero le preguntaba por la acción, porque es muy reivindicativa esta Teología. Por supuesto que sí. Efectivamente, pero mi inclinación siempre fue, además de las bases teóricas de la teología latinoamericana, ver cómo vincular al mundo indígena el tema de la fe cristiana en términos teológicos. En sus escritos sobre Teología indígena usted dice que la dominación y la esclavitud a la que aún está sometida parte del pueblo indígena se rompió, en algo, con la incursión del evangelismo. ¿Qué tan real es esto en la práctica? ¿Qué parte de su pueblo cree que ha logrado liberarse? A pesar de que él era católico… Usted en sus estudios habla sobre el concepto de la alteridad, que es pensar en el otro, reconocer al otro como un ser importante. ¿Usted siente que el pueblo mestizo del Ecuador ha logrado reconocer a ese otro indígena? El hecho de que a usted le interesara este tema del evangelismo indígena ¿no lo hizo querer ser parte de la Feine (Federación de Indígenas Evangélicos del Ecuador)? ¿Qué pasó con el sueño de su padre de que se convierta en un pastor evangélico? Guamán volvió de Costa Rica el 4 de julio de 1999, estuvo allá cerca de 6 años. Y el regreso le deparó una mayor participación en organizaciones indígenas y de protección a la niñez. Fue secretario del diálogo ecuménico que en 2000 empezó la pastoral indígena de la diócesis de Riobamba con el sector evangélico. “Tanto el sector evangélico ecuatoriano como el indígena son conservadores. Fue un reto establecer ciertos vínculos”, recuerda. Entonces, Guamán empezó a convertirse en un líder indígena. En un artículo usted explica que en el mundo indígena no existe una palabra para determinar el liderazgo. Existen dos que se aproximan. Una de ellas es “pushak” que es la persona que conduce y que guía momentáneamente al rebaño. ¿Se identifica con esta definición? Pero, a su regreso al país, Julián también encontró el amor en una mujer de su pueblo, de nombre Elsa Yantalema, quien es ingeniera en Administración de Empresas. En el espejo aparece el padre de familia. Con Elsa se casó y tuvo tres hijos: Samy (su nombre significa ‘fuente de energía vital’ y tiene 8 años), Kory (‘preciosidad’ en quichua y tiene 6 años) y a su hijo varón Ariruma (“árbol de paz”, 3 años). A pesar de que ahora reside en Quito, su hogar sigue estando en Cebadas. Usted se casó con una cebadeña y se quedó a vivir en su comunidad. Es decir que luego de salir al mundo y de estudiar, volvió a su raíces ¿por qué? En ese sentido usted es muy conservador. Marcela Noriega El Telégrafo (de Guayaquil, Ecuador) | Noticias FEREDE |




