«Podemos establecer, sin lugar a dudas, que realmente se trata de los restos de San Pablo apóstol». Las palabras de Benedicto XVI resuenan entrecortadas por la emoción en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma, donde se masca el tufillo de los momentos históricos. Ha aparecido una de las dos columnas de la fe, junto a Pedro. La ciencia cuenta la verdad de 2.000 años de fe. Y lo ratifica el Papa sabio, empeñado en casar la fe y la razón. La puesta en escena es perfecta: misa de pontifical para clausurar el Año Paulino el domingo, día 28, ante miles de fieles y la Curia romana en pleno. Sólo el propio Papa podía hacer un anuncio así. Un anuncio con el que Ratzinger no compromete su infalibilidad, al proclamar el hallazgo de los restos del apóstol. Pero casi, porque pone en juego su prestigio intelectual y todo el peso del papado. Nunca se había visto a un Papa exponer así su autoridad. Pero Benedicto XVI dispone de informes técnicos sumamente precisos. Sabe que en el sarcófago se introdujo una sonda y se descubrieron restos de tejidos y «pequeñísimos fragmentos óseos que, sometidos al examen del carbono 14 por parte de los expertos que ignoraban su procedencia, resultaron pertenecientes a una persona que vivió entre los siglos I y II». Explicado parte del método científico, el Sumo Pontífice saca las conclusiones: «Esto parece confirmar la unánime e indiscutible tradición de que se trata de los restos mortales del apóstol Pablo». Y la emoción contenida en la basílica se transformó en alegría. El templo, dedicado a San Pablo, es uno de los más antiguos del orbe católico. Data del año 320 y fue mandado construir por Constantino en el lugar donde, según la tradición, fue enterrado Saulo de Tarso, decapitado el año 64 o 67 durante las persecuciones de Nerón. Perdido durante siglos, el sarcófago se encontró en diciembre de 2006, sepultado por sucesivas elevaciones del pavimento y protegido por una placa de hormigón, que envuelve la mayor parte de la reliquia. Ahora resulta que, según el Papa, no sólo corresponde a San Pablo el sarcófago, sino también su contenido. Al menos, los restos óseos. Aunque la ciencia tendrá la última palabra. ¿Un análisis genético de los fragmentos encontrados? No parece probable, dado que el ADN no podría compararse con el de sus descendientes. Eso sí, según los expertos, podrían probarse las marcas de la decapitación y reconstruir su rostro con métodos forenses. Casualidad o no, el caso es que los expertos vaticanos acaban de descubrir, también en las catacumbas de la vía Ostiense, cerca de la basílica, un fresco con la imagen más antigua de San Pablo. Según L’Osservatore Romano, que lo anunciaba el 28 de junio, se trata de un hallazgo «sensacional, porque muestra el rostro severo y reconocible de San Pablo». Su retrato más antiguo, que data del siglo IV. En él, aparece un Pablo filósofo pensativo; la mirada penetrante, la frente alta, la calvicie incipiente y la barba puntiaguda, que rompe con la clásica efigie paulina de cabellera corta y espesa y rostro cándido y amplio. Ambos descubrimientos sólo tienen parangón con el hallazgo de la tumba de Pedro en la basílica vaticana, anunciado por Pablo VI el 26 de junio de 1968. Unos y otros demuestran, para Roma, que «el cristianismo no es una filosofía, ni siquiera un conjunto de ritos o de normas morales, sino un acontecimiento histórico». De hecho, como sostienen en la Santa Sede, «nunca se ha realizado un descubrimiento o un hallazgo arqueológico que haya desmentido ni un solo versículo del Evangelio». Al menos, por ahora. Al contrario, las investigaciones confirman la historicidad del cristianismo y de sus columnas fundantes: Pedro y Pablo. Pedro, la Roca sobre la que se asientan la Iglesia y los Papas, sus sucesores. Pero Pablo es el ideólogo. Para algunos, el creador o el inventor del cristianismo. Para todos, un teólogo genial, un misionero intrépido y un gran difusor de la fe en Cristo. Como dice Senén Vidal, teólogo español especialista en San Pablo, «que el cristianismo no sea hoy una secta judía sino una religión que llegó a ser central en la vida de Occidente se lo debemos a un hombre que hizo trascender el paso de Jesús por Judea y lo anunció a los pueblos del Mediterráneo». El hombre que globalizó el cristianismo. Un predicador que no sólo fascinó por su enorme y arriesgada obra, sino también por su forma de hacerla accesible a todo el Imperio. Pablo nace entre los años 7 y 10 en Tarso, entonces una culta y próspera colonia griega. En el seno de una familia de ricos comerciantes fariseos que, a los 15 años, lo envían a Jerusalén a la escuela del prestigioso rabino Gamaliel. Allí se convirtió en un fanático perseguidor de los primeros cristianos. De hecho, parece probado que participó en la lapidación de San Esteban, el protomártir. En su afán opresor se va a Damasco y, en el camino, se «cae del caballo». Cambia de bando y se pone a predicar a Cristo con el mismo ardor con el que antes perseguía a sus fieles. Se jugó el tipo por Cristo en sus cuatro viajes con toda clase de peripecias. Y creó las más florecientes comunidades cristianas, a las que dirigió sus cartas. Unas cartas que siguen siendo el alimento diario de la fe del pueblo creyente. Por eso, se leen en las misas las epístolas a los gálatas, efesios o tesalonicenses. Con carisma y temperamento, voluntad de hierro, carácter apasionado y un corazón lleno de ternura y compasión, Pablo seducía y pronto se convirtió en un teólogo genial. O como dice Don Quijote, en «el doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuela los cielos y de catedrático y maestro el mismo Jesucristo». Aunque no conociese directamente a Jesús de Nazaret. De ahí que se calificase como el «último de los apóstoles, el abortivo». Pero marcó para siempre su doctrina. Como dicen Juan María Laboa y Pedro Ventura en San Pablo (Editorial San Pablo), «las tumbas de Pedro y Pablo, los apóstoles más importantes y más conocidos del cristianismo, constituyen los trofeos de Roma, la razón de su importancia». Y de la fe en el Resucitado, clave de la doctrina. El apóstol decía a los corintios: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe». Pablo, fundamento de nuestras raíces religiosas, morales y culturales, nos dice que, si nos renovamos, podemos renovar el mundo. Quizás por eso no pasa de moda. Y cuando se cumplen 2.000 años de su nacimiento, sigue dando que hablar. La editorial San Pablo acaba de preestrenar una película sobre su vida. Pablo de Tarso, el último viaje, espera su salida a las salas comerciales para septiembre.
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