Desafección. Es la palabra de moda en España. La vienen usando como nunca antes y hasta la saciedad los analistas políticos – como si de una nueva plaga bíblica se tratara – para advertir a la opinión pública de un mal creciente y peligroso que afecta a nuestra joven democracia. Se la señala y se la teme como a un virus letal, que ataca directamente a "la yugular" del Estado de Derecho, erosionando la buena relación que, por la salud del cuerpo social, debe haber entre el tronco y la cabeza…, es decir, entre el pueblo y sus dirigentes. La desafección describe una crisis profunda de liderazgo, y tiene sus termómetros. El abstencionismo creciente en las citas electorales, o el aumento del número de indecisos en las encuestas que miden la intención de voto, son algunos de los indicadores que delatan sus primeros síntomas. De allí, al "que se vayan todos", cuyo eco aún resuena – a ritmo de cacerolada – desde el abismo democrático, económico y social a donde los dirigentes políticos llevaron a un país como Argentina, hay un trecho. Pero es un trecho resbaladizo y pronunciado al que se llega de a poco, y del que ninguna sociedad está exenta. Lo demuestra la historia. ¿Existe un peligro real de desafección entre los ciudadanos españoles y sus dirigentes? ¿Está amenazada la democracia española por una creciente desconfianza entre los ciudadanos y sus líderes políticos, sociales y religiosos? Desde luego, la crisis existe, y aún distanciándonos de las lecturas más apocalípticas que puedan hacerse al respecto, no cabe duda de que hay indicios de una gravedad inusitada. La desconfianza se ha instalado entre la ciudadanía, y está haciendo rebasar las copas de la ira con el goteo incesante de casos de corrupción, de impunidad, de abusos, de cohecho, de malversación, de prevaricación, de hipocresía… Lo más grave, desde el punto de vista de la salud democrática, es que el sentimiento de desafección de la ciudadanía ya no se reduce a quienes, por naturaleza, son el eslabón más expuesto del sistema, es decir, a los políticos. Hoy se están poniendo en tela de juicio a las instituciones más sagradas, los últimos recursos con los que el ciudadano cuenta cuando se siente defraudado por sus dirigentes políticos, sindicales, o empresariales: los jueces y los sacerdotes. Los jueces en el punto de mira
Asistimos a una grave crisis de la Justicia. Hoy los españoles confían menos en la Justicia que ayer, y no se puede culpar de ello al conjunto de los ciudadanos. La aureola de discreción, responsabilidad, imparcialidad e independencia que el sistema les confiere a los jueces, se ha desvanecido con casos como el de la sanción al Juez Tirado, que puso en evidencia las actitudes corporativas de un colectivo que, incluso, llegó a protagonizar un hecho inédito en la judicatura española: convocar una huelga. Asimismo, las servidumbres políticas de los más altos tribunales de justicia, están en boca de todos. La falta de sensibilidad hacia los sentimientos y demandas de la ciudadanía – que, por cierto, sufrimos en nuestras propias carnes las minorías religiosas, con el cierre de lugares de culto y dictámenes que afectan a la libertad de culto – se vuelve a poner de manifiesto en el caso del juez Baltasar Garzón, que ha servido para catapultar la impopularidad y la desafección de nuestros tribunales de justicia a la escala planetaria. ¿Garzón es acusado, o acosado? Los ciudadanos tienen la sensación de que hay una conspiración para quitar de en medio al juez que más daño ha hecho a dictadores, terroristas, narcos y mafiosos de todos los ámbitos…, y precisamente por eso. Alguna responsabilidad tendrán los jueces en que esta percepción ciudadana sea tan generalizada. Sacerdotes de un dios menor
Los intentos por minimizar el escándalo que suponen los casos de abusos sexuales por parte de miembros del clero, argumentando que son ‘proporcionalmente menores’ que en el conjunto de la sociedad – algo que todavía no puede demostrarse – sólo sirven para minimizar, en mayor proporción, la credibilidad de quienes debieran ser ejemplo de virtud y luz para el pueblo. Como en el caso de los jueces, el corporativismo ha sido el instrumento esgrimido por la Curia para salvar los ‘intereses institucionales’, a expensas de los intereses más nobles y sagrados, de los que se les considera custodios. No demuestran estar a la altura de las circunstancias. Parecen servir a un dios menor; no al Jesús de los evangelios. Lo más trágico, en este caso, es que la desafección de los fieles no sólo se mide en términos de templos vacíos y vocaciones sacerdotales bajo mínimos. El impacto espiritual y social de esta crisis lo sufriremos todos, creyentes y no creyentes; católicos y no católicos. "Que cada palo aguante su vela", dirán algunos, pero el barco a la deriva, y la amenaza de naufragio, nos afecta a todos… Líderes que nos inspiren…
En una sociedad desilusionada con su liderazgo, hasta los desafinados cantos de sirena de líderes populistas y mesiánicos – con sus ideologías extremas -pueden empezar a sonar como dulces y armoniosas melodías. Ese es el peligro real de la desafección, del que nos advierten los analistas. "Queremos líderes que nos inspiren", reflexionaba el arzobispo protestante Desmond Tutu en una entrevista reciente, y sus palabras tienen la forma de un clamor al Cielo, que deberíamos hacer nuestro todos los creyentes. La historia demuestra que, para atravesar grandes crisis, los pueblos necesitan grandes líderes. Por su parte, la Biblia nos enseña que, esos grandes líderes, son un don de Dios: "…os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia" (Jeremías 3:15). ¡Oremos para que así sea! Noticias FEREDE
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