Mientras mi vuelo sigue retrasado, analizo las distintas situaciones…
Estamos en un sitio de paso. Un viaje, propio o ajeno, atrae a la gente hacia este lugar. Llegan familiares. Un nuevo viaje de negocios. “Al fin se concretan las vacaciones anheladas”.
Es un lugar de emociones encontradas. Los abrazos están a la orden del día. También las lágrimas por los saludos de despedida. El fuerte tono de voz de la persona a la que le extraviaron la maleta se pierde entre las risotadas de aquel grupo de jóvenes, mientras que un hombre le recrimina a su familia el haber llegado tarde.
(Mi vuelo continúa retrasado).
Es un espacio de encuentro. Así lo confirma ese abuelo que acaba de conocer a su pequeño nieto. Lo expresa en su rostro el muchacho que se reencuentra con su novia. Es evidente en la expresión cansada de aquella tripulación que regresa a su ciudad.
Por sobre todo, el aeropuerto constituye un destino y un punto de partida. Quienes nos aprestamos a viajar tenemos un objetivo en mente: llegar a destino. Hemos comprado nuestro boleto y cuando llega el momento no deseamos otra cosa más que concretar nuestro propósito. Sabemos muy bien que el viaje no es la meta: es el medio para arribar a un sitio determinado.
(Acaban de anunciar que mi vuelo saldrá dentro de una hora…).
Y me pongo a pensar.
Establezco un paralelo con nuestras vidas.
Medito sobre el ajetreo del que muchas veces somos “presa fácil”.
Porque en la multiplicidad de los hechos rutinarios podríamos llegar a olvidar que estamos en un sitio de paso.
Que nuestra existencia es un lugar de emociones encontradas, un espacio de encuentro.
Y que, por sobre todo, la vida constituye un destino y un punto de partida.
Autor: Cristian Franco
© 2012. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA como fuente.




