“No hay disfraz que pueda ocultar por mucho tiempo el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay”.La Rochefoucauld (escritor francés)
CRISTIAN FRANCO, 25/01/2013 | Cuando era niño, uno de los momentos más esperados por mis amigos y yo era la fiesta del Carnaval. Pero no se trataba de una celebración más: las familias de la ciudad de Chascomús aprovechábamos la fiesta para llevar a cabo desfiles, concursos y actos comunitarios. ¡Qué momento esperado por todos para bromear, tirarnos agua o sorprender a las niñas con nieve artificial!
Había un elemento especial para los niños: elegir el disfraz con el que participaríamos en el concurso municipal. Algunos se esmeraban y elaboraban disfraces muy originales. Otros, tal vez con un presupuesto menor, compraban máscaras o “caretas”. En mi caso, recuerdo un Carnaval en el que mi abuela apareció en mi casa con un regalo especial: un disfraz de Batman, el gran héroe de las historietas que yo acostumbraba leer al regresar de la escuela. ¡Estaba contentísimo!
Las calles de la ciudad se llenaban de algarabía infantil: Superman, Hulk, Flash, El Zorro, la Mujer Maravilla, Batman y Robin. ¡No faltaba uno! Esas noches nos sentíamos como auténticos superhéroes, tejiendo un mundo imaginario de fantasía y diversión.
Poco más de treinta años después pienso que nosotros, los adultos, a veces actuamos como niños en pleno Carnaval: utilizamos disfraces y máscaras para relacionarnos con los demás.
No me refiero a ser hipócritas, sino a la manera en que nos damos a conocer a las personas que nos rodean.
Años atrás, un psicólogo amigo me dijo que los seres humanos solemos tener un triple concepto interior:
1).- Lo que deseamos que otros piensen acerca de nosotros.
2).- Lo que pensamos acerca de nosotros mismos.
3).- Y lo que sabemos que realmente somos.
La falta de congruencia entre estos tres aspectos es lo que suele llevarnos al empleo de disfraces y máscaras que –dicho sea de paso– solo pueden concedernos un socorro pasajero, pues al proyectar imágenes ficticias y temporales, tarde o temprano perjudicarán nuestras relaciones interpersonales y producirán frustración interior.
¡Qué desafío poder conciliar nuestro ser interior y vivir como personas libres!
Sería interesante detener nuestra marcha cotidiana y reflexionar acerca de las máscaras que tal vez estemos utilizando. Es probable que sea una experiencia llena de turbulencias interiores, en la que quizás debamos tomar decisiones y efectuar cambios. ¡Pero valdrá la pena hacerlo! Porque durante el proceso es muy probable que comencemos a disfrutar el fortalecimiento de una sana autoestima.
Autor: Cristian Franco
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