Foto: Ayuntamiento de Torre Pacheco
(JORGE FERNÁNDEZ, 16/07/2025) En Torre Pacheco ha ocurrido algo que va mucho más allá de un suceso aislado. No es solo un episodio de violencia, es un reflejo. Un espejo que, por desgracia, nos devuelve una imagen conocida: la del miedo al otro, la del odio convocado, la del oportunismo político cabalgando sobre la fractura social.
La agresión a un vecino de 68 años —presuntamente a manos de un grupo de menores de origen magrebí— ha sido la chispa. La gasolina ya estaba derramada desde hace tiempo.
El escenario es un pueblo agrícola de Murcia, con un 30% de población migrante que recoge los frutos del campo y sostiene buena parte del PIB regional. Pero un día sucede un hecho grave, puntual, y al populismo le faltan minutos para prender la mecha. En lugar de preguntarnos cómo se llegó a esa agresión o qué falló en el sistema de integración, aparecen grupos como DTN, que significa “Deport Then Now” (“expulsadlos ya”, que el inglés siempre da un toque moderno al odio ancestral). Se plantan en Torre Pacheco con la energía del hooligan y la misión del cruzado: caza al inmigrante, destroza comercios y siembra miedo. Después, vuelven a casa, contentos de haber salvado España.
Se autoconvocan, viajan desde otras ciudades y descargan su furia en un municipio donde, por cierto, la convivencia hasta ahora funcionaba. Lo dicen el alcalde, lo dicen los vecinos, lo dice el sentido común.
Lo preocupante no es solo la acción de los grupos extremistas. Lo preocupante es la debilidad del discurso democrático frente a estas situaciones. Los partidos que deberían defender los valores de la convivencia y la integración lo hacen con la boca pequeña. “Inmigración sí, pero legal”; “inmigración sí, pero ordenada”. ¿Pero quién pone las trabas a esa legalidad? ¿Quién dificulta esa ordenación negando la acogida y poniendo fronteras internas para repartir menores migrantes? ¿Quiénes cierran oficinas de extranjería, bloquean los trámites, las citas, las regularizaciones? La respuesta está en los despachos de las Administraciones cuyos representantes después se escandalizan por las consecuencias.
No es suficiente con decir que España no es racista. No lo es en su mayoría, pero tiene un problema serio de integración mal resuelta, de políticas a medio camino, de falta de valentía para abordar el fenómeno migratorio con la dignidad que merecen las personas. Porque la inmigración no es un problema; el problema es no saber —no querer— gestionarla. Y mientras tanto, el odio aprovecha el hueco.
Según el Banco de España, los migrantes han generado el 80% del crecimiento del PIB en los últimos años. Pero su aportación no es solo económica. Nos traen diversidad, cultura, valores comunitarios, espiritualidad en un continente cada vez más deshumanizado.
Las iglesias evangélicas de España lo saben bien: la inmigración no es una amenaza, es un regalo. Una gracia.
Los primeros grandes impulsos misioneros protestantes en España vinieron de la mano de migrantes en el siglo XIX, construyendo templos, produciendo literatura, proclamando el evangelio, abriendo escuelas, trayéndonos la cultura de la libertad. Y son cristianos migrantes quienes hoy nos bendicen con su fe atrevida y sin complejos, con su empuje, su entusiasmo y su servicio gozoso.
Al final, la Iglesia es un pueblo de extranjeros[1]. Los otros son los que levantan muros. Nosotros, debemos mantener las puertas y los corazones abiertos en franca acogida.
Conviene recordarlo para que la próxima Torre Pacheco no nos coja con el paso cambiado y nos dejemos llevar, por ignorancia o descuido, por los discursos subliminales de aquellos, los cruzados del odio, los únicos que no tienen cabida en el reino de España, ni el en reino de Dios.
*** Notas:
[1] 1 Pedro 2;11; Hebreos 11:13
© Jorge Fernández – Madrid, lunes 16 de julio de 2025-
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