Miguel Ángel: «El Juicio Final» (1536-1541). En este fresco, de la Capilla Sixtina, podemos ver toda una narración de ideas sobre el cielo y el infierno, así como de estados transitorios que se enseñaban en aquel tiempo.
(JUAN MANUEL QUERO, 06/11/2025) | Este es un tema vital, aunque parezca una paradoja, ya que se relaciona con la muerte, con nuestras creencias sobre el más allá, sobre lo que ocurre con las personas que mueren.
Antropológicamente, todos podemos considerarnos seres espirituales, es decir, aunque uno se identifique ateo cabe siempre la reflexión sobre nuestra «realidad humana», origen, motivos y destino, así como la consideración de la existencia de Dios.
Recientemente, mi padre que en estos momentos tiene 98 años, me decía que la vida no debería estar circunscrita a un tiempo determinado y que deberíamos de vivir para siempre. Esta consideración que una persona anciana se hace ante su situación, de forma sencilla y natural, se eleva a muchos niveles. ¿Qué ocurre con los seres queridos que mueren? ¿Uno deja de existir realmente? Este es un tema esencial, en lo religioso, y que según la cultura o confesión de fe se puede abordar de diferente manera.
Pero, antes de acercarnos a lo que los evangélicos creen sobre ello, de manera que no nos confundamos con las enseñanzas más populares al respecto, vamos a echar un vistazo histórico sobre este tema. Para ello, nos acercamos a un tiempo histórico en el que este tema fue muy candente y originó diferentes posturas. Estamos hablando de la Edad Media, con todo su oscuro hacer, que se fue disipando al llegar la Modernidad, la racionalidad y la fe que no dependía simplemente de un grupo religioso, sino de la decisión reflexiva de un hombre y una mujer que dan pasos personales en dirección a Dios.
Eran muchos los vestigios que perduraban de ese tiempo cruel y oscurantista del Medievo. Esta edad histórica estaba impregnada de religiosidad. Las tasas de mortalidad eran elevadísimas. Es por esto que también se desarrollaba toda una ideología de ultratumba, de escatología religiosa, que tenía que ver con un bien supremo y celestial frente a un infierno consecuente a las malas obras. Pero, la religión no es siempre sinónimo de lo que Dios es y desea para nuestro mundo.
En este contexto se publicará —en torno al 1315— la obra más famosa de Dante Alighieri, «La Divina Comedia». En esta comedia se trataría el purgatorio, el infierno, e incluso el paraíso. Si bien esta obra hace referencia a personajes e ideas del clasicismo, lo cierto es que presenta el tema de premios y castigos que ya en este tiempo sería una oportunidad para el negocio religioso.
Cuando decimos que algo es «dantesco», no se piensa en el paraíso, sino en algo terrorífico, en las imágenes espeluznantes del infierno. Cuando tantos bebés morían sin llegar a cumplir el año (la tasa de mortalidad infantil podría estar en torno al 36%), era fácil pensar en el destino de esas criaturas.
Se jugaba con diferentes destinos, donde además del paraíso estaba el limbo, el purgatorio y el infierno. Según enseñaría la catolicismo romano, tanto el limbo como el purgatorio eran estados transitorios, donde iban aquellos que solamente tenían pecado original, o cometían pecados veniales y no mortales que llevaban directamente al infierno.
Si bien existían penitencias para espulgar los pecados, también se desarrolló todo un sistema de indulgencias que además de diferentes ritos o de acciones promulgadas por el Papa u obispos, también eran bondades que literalmente se compraban con dinero. Estas cartas indulgentes podían sacar del castigo a los familiares que habían fallecido, y que según sus pecados podrían estar en situaciones penosas.
¿Habían cometido pecados veniales o mortales? Ante la duda, las misas por los difuntos se multiplicaban. ¿Quién dice qué es pecado original, venial o mortal? ¿Quién juzga o sabe lo que ha vivido cada uno? No solamente la absolución que podían dar los sacerdotes con el juego de las penitencias, sino la misma venta de las bulas (este tipo de indulgencias), podrían dar esperanzas ante esa sombra tan presente que era y sigue siendo la muerte.
Desde ese tiempo, ya personas que se pueden considerar evangélicas o protestantes, aunque sean términos anacrónicos para este tiempo, intervendrían con Biblia en mano señalando la verdad de todo esto. Personajes destacados del tiempo de Pre-Reforma, predicadores como John Wicliffe (1320-1384) y Jan Huss (1369-1415), denunciaban todo este negocio.
El fraile dominico y alemán, Johann Tetzel (1465-519), también era recompensado en esta incisiva empresa de pedir donativos a cambio de rescatar personas de las consecuencias de sus pecados. «Él afirmaba que la cruz papal, bajo la cual estas indulgencias eran vendidas, contenía tanto poder como la cruz de Cristo»[1]. Se apelaba a los sentimientos de las personas, de una forma tan despiadada, que se referían a los queridos familiares que podrían estar en el purgatorio. Hay que tener en cuenta que el purgatorio, según la enseñanza de la Iglesia Católica, era un lugar para aquellos que morían sin pecado mortal, y que necesitaban purgarse o purificarse para poder pasar al cielo.
Esta doctrina se formularía en el Concilio II de Lyon (1274), y en el de Florencia (1304). En el de Trento, en su sexta sesión (1547) se declaró: «Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de los cielos, sea anatema»[2]. Lo que se promulgó realmente es que todo aquel que muera en gracia y amistad de Dios, si no existe una purificación adecuada, al morir entraba en un tiempo de purificación que hermosearía el alma.
¿Quién no querría esto para sus seres queridos, que sabían que no eran perfectos? En la propaganda que hacía Tetzel, —que evidentemente era uno entre muchos—, estaba el señuelo de que «tan pronto como la moneda suena en el cofre, el alma salta del purgatorio»[3]. Así es que la venta de las bulas se convirtió en un negocio muy popular y suculento para todos aquellos que estaban involucrados en el negocio[4]. Este motivo, además fue uno de los detonantes que llevó a Martín Lutero a escribir una buena parte de sus 95 tesis, ya que nadie tiene poder para hacer esta clasificación de pecados y menos para justificarlos a cambio de algo.
La mayoría de las religiones tienen una escatología donde hay castigos y recompensas después de la muerte. El judaísmo, el islam y el catolicismo romano, tienen en común la idea de castigos y de recompensas según lo que se haga en vida. Pero, en la escatología de la Reforma Protestante no existen estados transitorios, ni pecados mortales o veniales, pues vivir sin Dios es lo que en realidad sería «pecado mortal». Cristo es suficiente para perdonar todos nuestros pecados por su sacrificio vicario en la cruz, hecho una vez para siempre, sin que hagan falta más sacrificios, ni bulas, ni indulgencias, ni penitencias para salvarse.[5]
Así es que los evangélicos creen que la Palabra de Dios enseña que después de la muerte no hay más opciones transitorias que permitan los destinos finales después de dejar este mundo: «Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebreos 9:27). Los evangélicos creen en un infierno y en un cielo, entendiendo que estos son los destinos posibles, sin más opciones, para el que muere.
El infierno es un lugar de tormento eterno, que no constituye el castigo de Dios, sino el rechazo de la salvación de Dios (Juan 3:17-18). Por otro lado, al cielo no va la gente que quiere ni la gente que tú quieres, ni siquiera va la gente que Dios quiere. Dios desea que todo el mundo se salve y que nadie se pierda y Él ha hecho todo lo necesario para que esto pueda ser así, pero nos ha dado la oportunidad de decidir a nosotros. Esto no lo ha hecho de forma caprichosa, pues como decía Einstein «Dios no juega a los dados». Hay una forma de ir al cielo, y no tantas como las religiones ofertan en el triste comercio de lo espiritual. En el cielo todos caben, pero no todos irán.
La salvación pertenece a Dios, y Él nos revela de manera clara que solamente hay una forma de recibir esta invitación, y es por la fe. Por eso es por lo que no van al cielo todos los que Dios quiere, sino los que realmente están dispuestos a abrazar a Dios aceptando todo lo que ello implica. Dios hizo todo lo necesario, enviando a Cristo para redimirnos, dando opción a todo el mundo para que pueda ir al cielo, pero esta invitación solo se recibe mediante la fe personal (Juan 3:16). En primer lugar, hay que tener en cuenta que Dios es el que nos invita, allí no se entra de cualquier forma, sino que es con el ofrecimiento que Dios nos hace. Él es el anfitrión.
El cielo pertenece a Dios, e incluso podríamos decir, que el cielo lo constituye Él mismo. Él es «Padre del cielo» (Mateo 5:16); es «Dios del cielo» (Apocalipsis 11:15; 16:11). Él prepara sitio para nosotros en el cielo, prepara banquete, su voz se oye desde los cielos (Marcos 1:10). Incluso la oración modelo nos habla del Padre que está en los cielos.
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(Este es uno de los 22 temas que se encuentran en el libro publicado recientemente, por Juan Manuel Quero: «Aprender a Desaprender: una cultura diferente»).
*** Notas:
[1] «Un monje dominico contratado por las autoridades de la iglesia para vender indulgencias en Alemania». [En línea]. Disponible en: <http://lutheranreformation.org/wp-content/uploads/2017/01/ref500-Tetzel_Handout_Spanish.pdf> [Consultada el 14 de febrero, 2017].
[2] Isaac García Expósito. «Existencia del Purgatorio». [En línea]. Disponible en: <http://infocatolica.com/blog/fidesetratio.php/0911100107-el-purgatorio-y-ii>. [Consultada el 14 de febrero, 2017].
[3] Francisco Lacueva. Diccionario Teológico Ilustrado. (Revisado y ampliado por Alfonso Ropero). Vila de Cavalls, Barcelona: Editorial Clie, 2001, p. 392.
[4] Cf. Juan Manuel Quero Moreno. Vigencias y valores de la Reforma Protestante. Ob. cit. pp. 83-91.
[5] Cf. Ibidem. pp. 137-141.