Una de las frases que más se ha repetido y que más se ha recordado es que aquellos fueron los mejores Juegos Olímpicos de la historia.
No seré yo quien lo desmienta, sino todo lo contrario. De lo que yo quiero hablar es de lo que pasó después de los Juegos.
En los Juegos Olímpicos todo está muy cuidado y por esta razón la dimensión espiritual forma parte del evento. En Barcelona, para atender esta necesidad, se construyó el Centro Abraham que cumplió a la perfección esta función, tanto durante los Juegos Olímpicos como durante los Juegos Paralímpicos -que se organizaron a continuación-.
Lo que se puso sobre la mesa en ese momento fue que, una vez acabados los Juegos, el Centro Abraham se transformaría en el símbolo y en el espacio de la pluralidad religiosa de la ciudad.
Por las razones que sean, finalmente el sueño no se concretó. Muchas pueden ser las explicaciones pero la que yo prefiero es creer que aún no era el momento.
Durante estos últimos veinte años han pasado muchas cosas. Entre los muchos cambios que se han producido, hay que poner en valor el nacimiento del GTER, el Grupo de Trabajo Estable de las Religiones, a iniciativa de las propias confesiones.
Hoy, el pluralismo religioso está reconocido en la ciudad hasta el punto de que contamos con un Director General de Asuntos Religiosos para ocuparse de estos asuntos.
Tal vez ha llegado el momento de que de nuevo nos planteemos la necesidad de volver a pensar cómo podría ser el Centro Abraham de la ciudad de Barcelona en el siglo XXI.
No hay prisa pero la ciudad se merece que, ahora que volvemos a hablar de la Barcelona del 92, también hablemos de uno de aquellos sueños que aún no hemos hecho realidad: el Centro Abraham de Barcelona.
Autor: Guillem Correa Caballé
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