(Máximo García Ruiz, 09/07/2026) | El argumento esgrimido por la Iglesia de Roma para impugnar el Sola Scrptura de la Reforma es que la Biblia no habla claramente y su lectura da lugar a todo tipo de dudas y posiciones subjetivas; que únicamente los aportes de la Tradición, producto de la reflexión de los padres de la Iglesia y de los acuerdos consensuados de los concilios, con el apoyo del magisterio de la Iglesia, es posible entender su contenido.
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Hay exégetas protestantes, como el teólogo contemporáneo Charles Harold Dodd (1884- 1973), que coinciden con estos criterios y dicen que la exigencia de una absoluta libertad de interpretación abre las puertas a innumerables aberraciones. Destacan como libros de difícil interpretación los libros de Daniel y Apocalipsis.
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La tradición oral fue el primer medio de enseñanza apostólica que gozó de total autoridad entre las comunidades cristianas, hasta que fue reemplazada por escritos que recogían esa misma enseñanza, procedentes de la primera o segunda generación de seguidores de Jesús; conjunto de escritos que llegarían a ser conocidos como Nuevo Testamento; que gozaban de la autoridad que Jesús había conferido a sus apóstoles y primeros discípulos encomendándoles ir por todo el mundo anunciando el Evangelio.
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El libre pensamiento auspiciado por la Reforma conlleva una serie de graves peligros si no se crea una especie de filtro. Puede derivar en la actitud de que cada lector busque apoyo para sus propias conclusiones y dogmas.
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Mantener la idea de la Sola Scrptura no implica prescindir de un estudio serio y crítico de las Escrituras por parte de personas cualificadas que ayuden a seleccionar la enseñanza espiritual que encierra. Conocer la Biblia implica conocer directa o indirectamente, otras materias relacionadas con los textos y la sociedad en la que fueron escritos.
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La interpretación de las Escrituras puede y debe servirse de la tradición, pero nunca estar por encima. Quienes subestiman o infravaloran la tradición desconocen la historicidad de la fe cristiana.
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La Tradición debe ceder la autoridad a las Escrituras.
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Conclusión
En resumen, es un hecho histórico que la tradición, definida o no como fuente de revelación y autoridad, ha sido, y viene siendo, un recurso importante para configurar no sólo la liturgia, sino también la eclesiología y la doctrina de las iglesias. Ahora bien, en lo que respecta a las iglesias procedentes de la Reforma, ¿cuál es o cuál ha de ser su postura? La respuesta inmediata es: Sola Scriptura, regreso a la doctrina netamente neotestamentaria. Pero veámoslo en mayor detalle.
Resulta obvio afirmar que la tradición es un elemento valioso para comprender el recorrido que ha seguido el cristianismo a lo largo de la historia, incorporando a la enseñanza neotestamentaria aspectos valiosos para enriquecer y desarrollar la fe, incluyendo prácticas y enseñanzas que ayudan a entender e interpretar las Escrituras y el contexto histórico en el que se desarrollaron, pero en ningún caso equiparable al lugar que ocupa la Biblia, que es la autoridad suprema en cuanto a la revelación se refiere además de contener las norma de fe y conducta.
Existen, por otra parte, determinadas prácticas propias de las diferentes denominaciones cristianas, que podríamos considerar como tradiciones incorporadas bien al cuerpo doctrinal o simplemente a la liturgia, que han alcanzado el rango de doctrinas tradicionales, que sus seguidores defienden, cuyo fundamento es netamente bíblico, como pudiera ser el bautismo de creyentes entre los seguidores de la Reforma radical o el bautismo del Espíritu Santo que forma parte del bagaje doctrinal de los movimientos pentecostales.




