(Máximo García Ruiz, 01/07/2026) | Posteriormente, en el largo período de tiempo conocido como Edad Media, una vez producido y consolidado el cisma entre Oriente y Occidente, la Iglesia de occidente, es decir, la Iglesia de Roma, se autoproclama como católica, equivalente a universal, considerando al resto de iglesias, a las ortodoxas primeramente y a las derivadas de la Reforma del siglo XVI después, como iglesias marginales, cuando no heréticas, fuera de la única Iglesia verdadera.
La Iglesia de Roma no sólo se convirtió en ese tiempo en la institución religiosa dominante en Occidente, en competencia siempre con los poderes del propio Estado, en proceso decadente, sino en centro unificador cultural y social e incluso jurídico. Los monasterios devinieron en custodios de la cultura, de los valores y de las tradiciones. La influencia de la Iglesia se extendía a todos los niveles de la sociedad, desde los campesinos hasta la nobleza, y sus enseñanzas moldearon la visión del mundo y la vida después de la muerte.
En la medida en que la sociedad imperial se iba fragmentando, tanto antes como después de la caída del Imperio romano, la Iglesia occidental fue apropiándose e incorporando a su propia estructura el bagaje cultural e institucional que anteriormente era patrimonio de la Roma imperial, produciéndose una rápida mutación de lo que había sido la Iglesia conciliar a lo que llegaría a ser la Iglesia medieval. El Papa se convirtió en la autoridad más destacada de la Europa del medioevo.
Otro aspecto importante que hay que tener en cuenta, que suma con los hechos que contribuyeron a la decadencia espiritual y alejamiento de los referentes de la Iglesia conciliar y, por supuesto, de la Iglesia neotestamentaria, fue el progresivo enriquecimiento que experimentó la Iglesia, no siempre por medio de procedimientos que en el siglo XXI pudiéramos considerar éticos: posesión de tierras y cobro de diezmos especialmente, aparte de donaciones de parte de donantes pudientes. Como resultado de esa progresiva transformación, a la par que la influencia política y social de la Iglesia medieval iba agrandándose y tanto su doctrina como su liturgia iban amoldándose a influencias ajenas, la Iglesia medieval fue perdiendo, como ya hemos apuntado, muchas de sus esencias espirituales.
Efectivamente, antes de la Reforma todo pasaba por el tamiz de la Iglesia, que controlaba la educación, la cultura y el arte, utilizando esos medios para difundir su doctrina y mantener su influencia en las decisiones políticas de los reyes y emperadores, así como en la aplicación de sanciones y castigos, como llegó s producirse con la Inquisición.
Es en ese largo y convulso período de tiempo, hasta el concilio de Trento, en el que Roma va incorporando y aceptando normas, doctrinas o dogmas fruto muchas de ellas de la influencia de otras culturas o de fuentes ajenas a la tradición bíblica. De esta forma se dan las condiciones para que Trento declara la doctrina de la Tradición como fuente de revelación, una definición teológica pasada únicamente por su propio filtro y obviando el criterio del resto de iglesias a las que ya no toma en consideración.
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Contenidos de esta reflexión “Tradición vs. Sola Scriptura”:
I.- Reforma y Concilio de Trento
II.-Fuentes de revelación y autoridad
III.- Edad Media
IV.- Reflexiones en torno a la Tradición
Conclusión




