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SU PALABRA, SERVICIO / JUAN MANUEL QUERO

Selección Cristiana 7 vs. Selección Incrédula 6

Fotografía tomada del libro de Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Servicio» p. 221.

«Podemos utilizar la ilustración de un partido de fútbol para pensar en nuestras funciones como iglesia».

24 Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. 25 Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro. 26 Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; 27 porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. 28 Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:24-28).

(Juan Manuel Quero, 07/08/2026) | Pablo se incorpora a un equipo donde se tenía que trabajar mucho, pero donde juntos sabían que tenían la responsabilidad más grande del mundo, la de presentar el Evangelio: «sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos» (v. 19).

Podemos utilizar la ilustración de un partido de fútbol para pensar en nuestras funciones como iglesia. Muchos, viendo nuestro juego, podrían llegar a decirnos que «tenemos más fe que el alcoyano…», y es verdad que la tenemos porque Cristo ya «ha ganado la liga» completa. Los tantos del partido podrían quedar como Selección Cristiana, 7; Selección Incrédula, 6. Es verdad que no jugamos en casa porque «no somos de este mundo», por lo que poca afición nos va a apoyar comprometidamente; pero sabemos que, aunque los primeros goles nos los haya metido el equipo contrario, nosotros tenemos el partido ganado. Porque lo ha ganado Jesús; 7 es símbolo del hombre con Dios, y 6 es el hombre sin Dios, y mayor es el que está con nosotros que el que está en el mundo (1 Juan 4:4).

Es importante que sepamos de qué va este juego en el que tenemos que participar. Los que componen e integran el partido son el árbitro, dos equipos, el público. Nuestro equipo está compuesto por todos los creyentes que seguimos a Jesús. La selección incluye a todos: exdrogadictos, exdelincuentes pero también personas aparentemente normales, pero, en definitiva, pecadores perdonados. Nuestra indumentaria está compuesta por una camiseta roja y un pantalón blanco, simbolizan la sangre de Jesús derramada por nosotros, y la limpieza y renovación que ha hecho en nosotros. Nuestro escudo es una cruz, que no significa carga, sino liberación. Cristo es nuestro capitán, y su entrega y sacrificio, dándolo todo, nos estimulan lo suficiente para ganar. La gente debe conocer esto.

El equipo contrario está compuesto por esa selección de personas, que, basándose solamente en sus logros personales, creen estar preparados por sí mismos para sacar «el mayor partido». Son personas que se basan solamente en sus ideologías; religiosos, filósofos, que, como en el otro equipo, son pecadores; pero la gran desventaja es que juegan con la carga del pecado. El capitán del equipo es conocido como «el adversario», y es contrario al Evangelio. El estímulo es ser grandes y famosos, fichar por muchos millones, aunque haya que jugar suciamente.

Las reglas del juego las impone el árbitro, que en este caso va a favor del equipo incrédulo. Intenta acusar a los cristianos, pitándoles falta en cada momento. Recordemos que Satanás siempre es el falso acusador: «Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche» (Apocalipsis 12:10).

El público es el mundo en general que se identifica con las obras de los incrédulos. Están todos pendientes de todo para luego comentar las jugadas y los goles. A veces tiran objetos al campo, pero hay algunos que ven y piensan que algo diferente hay en la Selección Cristiana.

En todo esto, también es muy importante, no solamente saber quién es la Selección Incrédula, sino cuál debe ser también nuestra forma de actuar. Una de las cosas más importantes en un equipo es saber cuál es el lugar de cada uno, y de qué se tiene que responsabilizar cada cual. La defensa puede ser constituida por los cultos y reuniones de capacitación. El medio campo, departamentos de apoyo y lugar para aquellos que más vitalidad tienen, para atender en diferentes espacios.

El portero podría ser el lugar para el pastor de la iglesia. Alguien diría que debería ser el entrenador, pero ese lugar prefiero dejárselo a otra persona. El portero no solamente está allí para parar los goles él solo. Cuando se queda así, solo, los goles son tremendos, y no se los meten al portero, sino al equipo. Es el que puede estar visualizando y organizando el equipo antes de sacar cada balón. Es el que ve a los que están más débiles y a las personas que hay que cubrir para que no se escapen. Pero la portería o el campo de la iglesia siempre debe estar vigilado por él, aunque muchas veces el descuido de otros haga que el portero tenga que realizar salidas muy peligrosas.

Los delanteros podrían ser los evangelistas y misioneros, o aquellas personas a las que se apoya para que finalmente transmitan como iglesia la palabra de Dios; aunque individualmente todos somos importantes, formando equipo compacto para que esto suceda.

Lo más importante de cada partido sucede fuera del campo de fútbol, y eso tiene que ver con el entrenamiento. Podemos intentar lucirnos o esforzarnos; pero, si no hay preparación, terminaremos bastante mal. El entrenamiento es diario y los ejercicios son de oración, enseñanza y relación estrecha con el entrenador, que es el Espíritu Santo.

Debemos recordar que la forma de meter goles al adversario no es yendo en contra de ellos, sino ganándolos para Cristo. Para ello, nuestro juego ha de ser muy diferente. Cuando nos hagan la zancadilla, nosotros no debemos responder de la misma manera; Jesús nos defenderá, llevándonos a otras acciones más disuasorias.

Tampoco hay que pelear contra el público, tenemos que testificarles, y presentar a Aquel que da la victoria. Algo sumamente importante es jugar juntos, en equipo, pues no estamos en el campo para lucirnos, sino para ganar. No es cuestión de hacer jugadas en solitario, porque cuando una persona se convierte, no es por la jugada de uno, sino que es la victoria de Dios a través de su iglesia. No buscar el aplauso del público, sino la aprobación de Dios.

Cuando un contrario cae al suelo, tenemos que pararnos, detener el juego, atenderle, no pasar de la situación. Y algo que debemos hacer es jugar el partido disfrutando la victoria que en Él tenemos. En este sentido, también tiene un papel importante el masajista, que atiende a los que han caído, a los que están cansados del juego y no aguantan más. En este caso, el Espíritu Santo también tiene un papel fundamental, trayendo refrigerio y fuerzas renovadas para hacer frente a todo lo necesario. Su aceite de sanidad es derramado sobre nuestras heridas. Dios nos levanta, como tantas veces levantó al apóstol Pablo:

7 Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, 8 que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; 9 perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; 10 llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. (2 Corintios 4:7-10).

En este caso, no debe haber nadie en el banquillo de los suplentes; todos tenemos que jugar, sabiendo que la victoria es de Dios. Para ello, tenemos que prepararnos. Cada reunión debe estar saturada por la presencia de todos. Tenemos que sacrificarnos lo que haga falta, pero siempre será algo diferente a un sacrificio; será nuestro culto a Dios. Tenemos que saber cuál es nuestro sitio y cubrir nuestra responsabilidad sabiendo que la victoria está en Jesús.

Somos campeones en Cristo. La copa ya la ganó Cristo por nosotros en la Cruz.

(Este es uno de los temas que se encuentran en el libro publicado por Juan Manuel Quero: «Su Palabra: Servicio»)

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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