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SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ BASSO

Rodeo ajeno: Un «toro» fuera de su hábitat

Dante Gebel en una entrevista esta semana (Captura)

Yo soy toro en mi rodeo / Y toraso en rodeo ajeno; / Siempre me tuve por güeno / Y si me quieren probar / Salgan otros a cantar / Y veremos quien es menos.
El Gaucho Martín Fierro (José Hernández, 1872)

(Jorge Fernández Basso, 28/04/2026) | Quienes seguimos la trayectoria de Dante Gebel desde sus inicios —cuando irrumpió en los años 80 como un joven audaz capaz de colapsar con sus convocatorias la avenida 9 de Julio (la más ancha del mundo, se dice) y llenar los estadios de fútbol más emblemáticos de Argentina—, asistimos estos días con desconcierto a su tímida incursión en el terreno político como posible candidato presidencial para 2027.

“No sé… me regalé el no sé”. Esta muletilla, viralizada por humoristas que hoy diseccionan sus malabarismos retóricos, describe su actual estado de indefinición. En sus entrevistas, Gebel parece más preocupado por aclarar lo que no es (“No quiero ser presidente”, “No soy pastor”, “No soy político”) que por articular una propuesta. Ante preguntas sobre temas complejos, se atrinchera en una prudencia vacía, asegurando que sus convicciones personales no interferirán en su agenda de gobierno si llega a ser presidente. ¿Es prudencia? ¿Falta de preparación? ¿O una estrategia mal calculada?

Lo cierto es que hemos visto a un Dante desconocido, muy alejado del comunicador seguro, provocador y brillante que cada domingo cautiva a millones de personas a través de sus redes sociales desde los servicios religiosos que celebra en el auditorio River Church de California. Allí, Gebel es un animal mediático —un auténtico toro en su rodeo, citando a Martín Fierro[1]—, en su propio ecosistema: agudo, empático con los vulnerables, con las personas rotas, y divertidamente «despiadado» con sus críticos a quienes provoca a través de memes y ocurrentes referencias cinematográficas. Sin embargo, en el rodeo político/mediático argentino, el toro se ha mostrado como un novillito perdido, ingenuo y desorientado.

El propio Gebel confesó en todas las entrevistas que su entorno más íntimo le desaconseja dar este paso. “No te metas en política”, le dicen sus allegados. Sería prudente que los escuchara.

Un Gebel, extrañamente sin reflejos, se mostró incapaz incluso de aprovechar las preguntas que le servían sus entrevistadores en bandeja para explicar sus éxitos pasados y sus puntos fuertes, que los tiene. Cuando un entrevistador le inquirió sobre cómo logró convocar a tantas multitudes en sus Superclásicos de la Juventud, Gebel perdió la oportunidad de reivindicar su legado.

Podría haber explicado el fenómeno sociológico que lideró: el surgimiento de una fe joven, sin complejos, en una Argentina post-dictadura y post-Malvinas, sedienta de esperanza. Podría haber hablado de su estilo innovador, alejado de formatos religiosos, creativo, cargado de humor y guiños a referencias cotidianas —al fútbol, el cine, la suegra—. Y de cómo logró asociarse con talentos emergentes como las bandas Rescate o Kyosco para acercar el Evangelio y abrir un camino nuevo, contextualizado y desafiante, a toda una generación alejada de la religión pero con sed de autenticidad espiritual. Sin embargo, su respuesta fue superficial y aburrida, atribuyendo su éxito casi exclusivamente a la aparición providencial del popular cantautor Ramón «Palito» Ortega y a un titular del diario Crónica que le bautizó como “el pastor de los jóvenes”.

Por otra parte, el recurso de destacar sus millonarias ayudas asistenciales como credencial política y para demostrar su compromiso con el país pese a vivir en los EEUU desde hace varios años, por muy meritorias que puedan ser, resultan insuficientes. Una Argentina con problemas estructurales, políticos y económicos tan profundos, necesita algo más que buenas intenciones y filantropía; demanda un proyecto de país que el candidato (o precandidato) aún no parece tener.

Una Argentina con problemas estructurales, políticos y económicos tan profundos requiere algo más que buenas intenciones y filantropía; demanda un proyecto de país que el candidato (o precandidato) aún no parece tener.

El propio Gebel confesó en todas las entrevistas que su entorno más íntimo le desaconseja dar este paso. “No te metas en política”, le dicen sus allegados. Sería prudente que los escuchara. Antes de que la corriente lo arrastre a un punto de no retorno o dañe irremediablemente su ministerio, debería recordar que la política argentina es un rodeo salvaje. Un espacio diseñado para toros curtidos y resabiados, no para novillos (o toros de otro rodeo), por muy buenas que sean sus intenciones.


[1] Parafraseando metafóricamente al Martín Fierro de José Hernández, joya de la literatura argentina escrita en 1872: «Yo soy toro en mi rodeo / Y toraso en rodeo ajeno

Fuente: Jorge Fernández Basso - abril 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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