(Jorge Fernández, 19/08/2026) | Hay algo profundamente perturbador en las últimas extravagancias de los dueños del dinero. El miedo, ese viejo motor de la historia, ha cambiado de bando. Los mismos milmillonarios que diseñaron este mundo globalizado sufren hoy una paranoia existencial ante la amenaza de un apocalipsis nuclear. Pero su respuesta no es invertir en la mejora de la situación, en el desarrollo económico y social, en trabajar por la paz, sino financiar su propia fuga. Es la quiebra absoluta de la solidaridad humana; el «sálvese quien pueda».
La guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, las tensiones en Oriente Próximo, la proliferación nuclear y la fragilidad de los mecanismos internacionales de control alimentan una sensación de incertidumbre global. Pero en el caso de los multimillonarios, ese temor aparece mezclado con una poderosa fantasía de control: la convicción de que el dinero puede comprar una salida individual incluso cuando el mundo entero se derrumba.
La geografía del pánico es asombrosa. Tradicionalmente miraban a Hawái o a Nueva Zelanda. Ahora el objetivo es el Cono Sur. En el Valle de Uco, en Mendoza, el magnate Martín Varsavsky — empresario argentino residente durante años en España— y cinco socios han comprado 32.000 hectáreas para crear «Wamani». Un refugio con cúpulas geodésicas y pista de aterrizaje, elegido porque la ciencia dice que Argentina y Australia sobrevivirían mejor al invierno atómico. Allí se ha instalado también Peter Thiel, el fundador de PayPal, coleccionando «países de repuesto», tras conseguir incluso la nacionalidad neozelandesa, también ha invertido unos 10 millones de dólares en la compra de cinco terrenos en un exclusivo complejo cerca de Punta del Este, Uruguay, para levantar una residencia de gran escala con altas medidas de seguridad y privacidad.
Mientras tanto, en los Estados Unidos, espacios ultraexclusivos como Indian Creek Island en Miami —apodado el «búnker de los multimillonarios» (“Billionaire Bunker” )— albergan propiedades blindadas a prueba de agua y amenazas de figuras como Jeff Bezos (Amazon) o Mark Zuckerberg (Meta). Bezos adquirió tres propiedades por más de 230 millones de dólares, mientras que la mansión atribuida a Zuckerberg se estimó entre 150 y 200 millones. Además, este último habría construido un refugio bajo su propiedad de Hawái. Reid Hoffman, fundador de LinkedIn, calculó que cerca de la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley posee algún tipo de seguro frente a un eventual apocalipsis.
En Europa, la última ocurrencia conocida es que, en los Alpes suizos, la empresa Brünig Mega Safe planea perforar la montaña para construir cavernas a 100 metros de profundidad. El billete de entrada a este trastero de superlujo supera los 580.000 euros. Lo obsceno, lo verdaderamente trágico, es el orden de prioridades: las bóvedas están diseñadas para salvar, antes que vidas, colecciones de arte, vinos de alta gama y coches clásicos. Es un ejercicio de humor negro y de crueldad. En un planeta donde millones de seres humanos mueren de hambre y de enfermedades erradicables en la superficie, la máxima preocupación de estos visionarios es que sus botellas de Burdeos mantengan una temperatura constante de 13 grados bajo la roca.
Es una miopía moral atroz. Prefieren enterrar fortunas en toneladas de hormigón antes que invertir en el desarrollo justo, el desarme y la desactivación de los conflictos. Olvidan que la seguridad no se compra con muros más gruesos, sino con justicia y cohesión social.
Y cabe hacerse una pregunta: imaginemos el día después del fin del mundo. Las compuertas se abren y emergen los supervivientes. ¿Quién querría repoblar la Tierra con una aristocracia de tecnócratas ególatras cuyo único mérito fue abandonar a sus semejantes a la primera señal de peligro? Sinceramente, recibir la muerte con dignidad junto al resto de la humanidad parece una opción mucho más preferible que convivir con semejantes depredadores.
… imaginemos el día después del fin del mundo.,,, ¿Quién querría repoblar la Tierra con una aristocracia de tecnócratas ególatras cuyo único mérito fue abandonar a sus semejantes a la primera señal de peligro? Sinceramente, recibir la muerte con dignidad junto al resto de la humanidad parece una opción mucho más preferible que convivir con semejantes depredadores.
Esta soberbia no es nueva; ya la señalaban las escrituras. El Salmo 49 retrata con precisión quirúrgica a estos magnates: “Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas… Dan sus nombres a sus tierras”[1]. Creen que el dinero los hace inmunes a la mortalidad, como el rico insensato del Evangelio de Lucas, que planeaba construir graneros más grandes para almacenar sus bienes y vivir tranquilo. La respuesta divina resuena hoy con la fuerza de un trueno sobre los búnkeres de Silicon Valley: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”[2].
Ningún refugio antinuclear detendrá el llamado de la eternidad. Al final del camino, por más oro que hayan enterrado en Suiza o en la Patagonia, todos entraremos al sepulcro con las mismas manos vacías.
Ningún búnker de hormigón, ningún filtro de aire nuclear ni ningún refugio alpino puede comprar un segundo de vida frente al juicio divino o la caducidad inevitable de la existencia humana. Acumulan riquezas y blindajes que jamás podrán llevarse de este mundo, demostrando ser ridículamente insensatos e infinitamente pobres en lo que realmente importa: la justicia, la compasión, la solidaridad y la riqueza para con Dios.
[1] Salmo 49:11
[2] San Lucas 12:13-21




