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SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ

«Mamá, ¿dónde está el pantalón?». Dignidad y humanidad bajo los escombros

La dignidad humana emerge aún bajo los restos del terremoto / Imagen: Freepik

Cuando los rescatistas pudieron localizarla y cavar un hueco para ayudarla a salir, la joven, en evidente estado de shock, reaccionó de forma extraña, mostrándose renuente a salir…

(Jorge Fernández, 03/07/2026) | La labor de los rescatistas que luchan hasta el límite de sus fuerzas arriesgando sus propias vidas por encontrar personas con vida debajo de las toneladas de escombros causadas por los terremotos en La Guaira, Venezuela, mantiene en vilo desde hace días a los medios y espectadores de todo el mundo, que siguen su labor con una mezcla de angustia, esperanza y admiración.

Colgados en las alturas de los restos de vigas de hormigón a punto de partirse, o arrastrándose como topos bajo montañas de escombros, a sabiendas de que cualquier ligera réplica podría bastar para aplastarles, estos hombres y mujeres entrenados para el rescate en situaciones extremas demuestran una profesionalidad, templanza, empatía y humanidad fuera de lo común en todas sus intervenciones.

Entre tantas de esas situaciones que se han vuelto virales, hubo una que me pareció especialmente representativa de la condición humana y particularmente desafiante para todos aquellos que, desde nuestra fe y compromiso con Jesucristo, trabajamos como “rescatistas”, testificando con nuestras obras y nuestras palabras del amor de Dios que salva y libera a las personas de entre las ruinas de una vida dañada por el pecado.

Fue el caso de una joven de 25 años que, milagrosamente, fue rescatada con vida tras siete días de haber sido sepultada bajo los escombros del edificio residencial Sayanar 1, ubicado en el sector de Tanaguaren, que se desplomó por completo. La joven sobrevivió gracias a un «hueco o nicho de vida», una cavidad fortuita entre las placas de hormigón colapsadas que le proporcionó el oxígeno necesario para resistir.

Dignidad intacta en medio de la tragedia

Cuando los rescatistas pudieron localizarla y cavar un hueco para ayudarla a salir, la joven, en evidente estado de shock, reaccionó de forma extraña, mostrándose renuente a salir. Al darse cuenta de que su ropa se había rasgado o perdido por el colapso, preguntó con timidez: «Mamá, ¿dónde está el pantalón?». Los rescatistas, lejos de impacientarse, la convencieron con exquisita sensibilidad y empatía: “No te preocupes que ahorita nadie está pendiente de tu cuerpo, estamos pendientes de sacarte, ¿oíste? Nuestra prioridad es sacarte de aquí.”.

Al darse cuenta de que su ropa se había rasgado o perdido por el colapso, preguntó con timidez: «Mamá, ¿dónde está el pantalón?». Los rescatistas, lejos de impacientarse, la convencieron con exquisita sensibilidad y empatía: “No te preocupes que ahorita nadie está pendiente de tu cuerpo, estamos pendientes de sacarte, ¿oíste? Nuestra prioridad es sacarte de aquí.”.

La escena concluyó con un final feliz y la emoción y alegría de cuantos asistían al momento.

Yo también me emocioné. Y no sólo por el milagro de una vida rescatada a siete días del terremoto, que también. Me emocioné porque de alguna manera esa escena me interpeló como creyente y como ministro del evangelio.

Salvar sí, pero no de cualquier manera

Me recordó que cuando intentamos ayudar a alguien a salir de debajo de los escombros de su vida, tras un colapso personal por causa del pecado —adicciones, esclavitud sexual, ruptura matrimonial, abusos, malos tratos, miseria moral, prisiones, ideación suicida, rebelión, violencia, etc.—, aún en su estado de mayor vulnerabilidad y dependencia, esas personas conservan intacta su dignidad. Necesitan salvación, pero no de cualquier manera. Necesitan conocer la verdad que libera, cierto, pero no como una imposición, sino como una acción compasiva, persuasiva, respetuosa y paciente. Necesitan comprender su condición espiritual y su necesidad de arrepentimiento y perdón, pero es el Espíritu Santo el que debe convencerles, no necesitan que un proselitista impaciente o cargado de prejuicios les humille con una predicación que violente su dignidad como personas.

Necesitan salvación, pero no de cualquier manera. Necesitan conocer la verdad que libera, cierto, pero no como una imposición, sino como una acción compasiva, persuasiva, respetuosa y paciente.

En mi ministerio pastoral he tratado con cientos de personas que llegaron a Cristo tras años de caminar por sendas de autodestrucción —drogas, delincuencia, prostitución, etc.—, años de malvivir que dañaron profundamente su autoestima. Y creedme si os digo que, detrás de una coraza de rebeldía e incluso de violencia, la gran mayoría de ellos evidenciaban una gran vulnerabilidad. No necesitaban que se les dijera que eran pecadores, porque lo sabían sobradamente. Se sabían “desnudos”, como aquella joven debajo de los escombros, y al principio se resistían a mostrarse vulnerables, incluso a salir del hoyo moral y espiritual en el que se encontraban. Pero muchos respondían pronto al amor sincero y desinteresado de otro creyente, y era mucho más fácil sacarles de donde estaban, y guiarles a Cristo.

Cómo Jesús trataba a las personas

Cuando veo a esos rescatistas salvando a esta joven con tanta delicadeza y sensibilidad, pienso en cómo Jesús trataba a las personas, sobre todo a las más vulnerables, con exquisita finura y respeto por su dignidad humana. Cómo trató a la mujer samaritana, para sorpresa de sus propios discípulos. Cómo trató a Zaqueo, a pesar de los prejuicios y antipatías que merecidamente se había granjeado. Cómo trató a aquel sordomudo de Decápolis, a quien sanó de un modo extraño, metiendo los dedos en sus orejas y escupiendo en su lengua, pero haciéndolo “aparte”, donde nadie pudiera presenciar la humillante escena. ¡Cuánto cambiarían algunos de nuestros estilos ministeriales si recordáramos estos ejemplos! ¡Con cuánto respeto y sensibilidad oraríamos por los pecadores y por los enfermos, evitando hacer un espectáculo exhibicionista en torno a esas personas vulnerables!

¡Cuánto cambiarían algunos de nuestros estilos ministeriales si recordáramos estos ejemplos! ¡Con cuánto respeto y sensibilidad oraríamos por los pecadores y por los enfermos, evitando hacer un espectáculo exhibicionista en torno a esas personas vulnerables!

Cuando Jesús ve a las personas, no solo ve la miseria de su condición espiritual y moral; ve una persona creada a imagen de Dios y poseedora, aún en el peor estado de degradación imaginable, de su dignidad como ser humano.

«Que nunca se me olvide», me digo a mí mismo, si quiero seguir considerándome ministro… «rescatista» del evangelio.

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Puedes ver aquí la escena que inspiró esta reflexión:

Fuente: Jorge Fernández - julio 2026

Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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OPINIÓN | SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ

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