(Jorge Fernández, 11/06/2026) | “Mentiría si dijera que no me gustaría estar allí dentro”. La frase me la envió por Whatsapp un buen amigo, obrero laico evangélico, mientras comentábamos la retransmisión de la misa en la basílica de la Sagrada Familia celebrada ayer y presidida por el papa León XIV. Lo entendí perfectamente, porque yo sentía lo mismo. «Cuánta belleza en ese magnífico templo construido por Antonio Gaudí. ¡Qué genio!», pensé. «Cuánta emoción produce el eco, en esa inmensa nave central cargada de solemnidad, el canto de esas voces que nos hacen pensar en cómo será escuchar a los ángeles del cielo… cuánto arte y belleza dedicado al culto a Dios…”.
Imposible no emocionarse.
El arte, la música, los símbolos y las imágenes tienen la capacidad de inspirarnos, de emocionarnos, y de comunicar misterios intangibles a nuestros corazones que no pueden ser comprendidos con la lógica humana, atravesando lo muros de la racionalidad. Esa es la parte positiva. Pero también tienen un lado negativo. Así como pueden elevarnos e inspirarnos emocional y espiritualmente, las representaciones simbólicas pueden constituir límites que nos impidan contemplar cabalmente la gloria de Dios. Las representaciones simbólicas, en palabras del apóstol Pablo, son “sombra” de la realidad espiritual y de las cosas eternas, que son por naturaleza inmateriales e intangibles.[1]
En la práctica, y esto lo comprendieron bien los reformadores protestantes —aun cuando en algunos casos llevaran la iconoclasia hasta extremos desproporcionados— las representaciones simbólicas pueden convertirse en un fin en sí mismas, en objetos de veneración fetichista y en gruesos velos que nos impiden ver la gloria de Cristo. Eso es lo que ocurre cuando el símbolo sustituye al simbolizado.
Las representaciones simbólicas pueden convertirse en un fin en sí mismas, en objetos de veneración fetichista y en gruesos velos que nos impiden ver la gloria de Cristo. Eso es lo que ocurre cuando el símbolo sustituye al simbolizado.
Algo de eso pudo verse estos días con la visita del papa León XIV a España. Ayer mismo, por ejemplo, con el extraordinario acto de bendición e inauguración de la “Torre de Jesucristo” en la cúspide de la basílica de la Sagrada Familia, que con su instalación alcanza los 172, 5 metros de altura y le convierte en el templo religioso más alto del planeta. En el clímax de la celebración, era difícil encontrar espacio en las mentes y los corazones para recordar a Jesucristo entre tantos “¡Viva el Papa!”, y evocaciones exultantes a Antonio Gaudí, el “arquitecto de Dios”.
Así pues, paradójicamente, Jesucristo quedaba eclipsado ante el protagonismo de “su torre”, de “su representante” y de “su arquitecto”. Fue el gran ausente de esta impresionante celebración. Por otra parte, es evidente que no hay templo en el mundo, ni liturgia, ni obra de arte, ni coro, ni símbolo, que pueda ni tan siquiera aproximarse a la realidad de la gloria de Dios y de sus ángeles.
Es evidente que no hay templo en el mundo, ni liturgia, ni obra de arte, ni coro, ni símbolo, que pueda ni tan siquiera aproximarse a la realidad de la gloria de Dios y de sus ángeles.
No puedo dejar de preguntarme: ¿qué hubiera dicho Jesús si hubiera estado ayer entre el público de forma anónima, como uno más, y un periodista le hubiera pedido una valoración?
—Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
—Perdón, caballero, menudo aguafiestas es usted. Y lo que insinúa es peligroso… Además, este templo lleva 144 años construyéndose y aún no está terminado, ¿y usted dice que lo podría levantar en tan solo tres días…?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y los discípulos entendieron estas palabras cuando resucitó al tercer día de su sepultura.[2]
¿Y qué hubiera dicho el apóstol Pablo, si hubiera estado en Barcelona anoche? Probablemente, lo mismo que dijo en su discurso en Atenas.
—Queridos barceloneses, observo que sois personas muy religiosas, a pesar de lo que dicen las encuestas… Pero el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”. [3]
En otras palabras, los templos, las liturgias y el arte en general, pueden tener su legítimo lugar en una celebración religiosa cuando son la expresión genuina de una espiritualidad arraigada en el Dios eterno, creador del universo, envuelto en el misterio, siempre que cumplan el propósito inequívoco de guiarnos a una adoración espiritual verdadera.[4] De lo contrario, pueden tener un efecto distorsivo como representación última de la divinidad, lo que les convierte en ídolos o en fetiches. De allí la grave advertencia del segundo mandamiento.[5]
Solo existe una imagen material con la que el Dios eterno se reveló a sí mismo de forma única e insuperable: Jesucristo hombre[6]. Jesús de Nazaret, Emmanuel —Dios con nosotros—, encarnado en la persona de un carpintero judío, aun siendo una representación limitada del Cristo resucitado y vivo que adoramos hoy, es la mejor y más fiel imagen que tenemos del Dios invisible.[7] Y es el Espíritu Santo, a través de las Escrituras —la Biblia— quien nos da el testimonio más fidedigno del Resucitado.
[Los cristianos protestantes y evangélicos] no estamos exentos de construir imágenes intelectuales, teológicas o culturales del Dios eterno y del Cristo vivo, igualmente reduccionistas y distorsivas. De hecho, lo hacemos a menudo.
Una obligada autocrítica
Termino esta reflexión con una obligada mirada autocrítica, como cristiano protestante y evangélico que soy. A veces podemos ser muy rápidos para señalar este problema en los cristianos católicos o de otras tradiciones, presumiendo de nuestra “sencillez evangélica” y austeridad simbólica e iconoclasta. Sin embargo, no estamos exentos de construir imágenes intelectuales, teológicas o culturales del Dios eterno y del Cristo vivo, igualmente reduccionistas y distorsivas. De hecho, lo hacemos a menudo. Y qué decir de aquellos ministros e iglesias evangélicas, tan alejados de la fe y los principios evangélicos de la Reforma que, consciente o inconscientemente, adoptan formas de gobierno autocráticas, levantan templos-auditorios tecno-fastuosos, y construyen sofisticadas formas de culto-espectáculo que terminan convirtiéndose en un fin en sí mismas y que, con todo su relumbre y espectacularidad, transmiten también una imagen distorsionada y empequeñecedora de la gloria de Dios.
“Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu”, nos recuerda el Espíritu Santo a través del profeta Isaías.[8]
Allí está su templo, allí habita el Absoluto, y ésa es LA GLORIA de Dios (con mayúsculas).
[1] Colosenses 2:17
[2] Paráfrasis de San Juan 2:13-22
[3] Paráfrasis de Hechos 17:16-32
[4] San Juan 4:23
[5] «No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás…» (Éxodo 20:4-5)
[6] 1 Timoteo 2:5
[7] Colosenses 1:15
[8] Isaías 57:15




