(Redacción, 21/04/2026) | Una década después de tratar de poner nombre a una realidad apenas visibilizada, la conferencia Marcham+10 arrancó el pasado viernes 17 de abril con el foco puesto en los avances logrados y en los retos que persisten ante lo que hoy se conoce como “persecución religiosa específica de género”, tal y como recoge Christian Daily International.
Durante dos jornadas (17 y 18 de abril), el encuentro reunió a defensores de derechos, investigadores y líderes cristianos en una coalición internacional que, a lo largo de diez años, ha trabajado en el desarrollo de análisis, estudios y estrategias para comprender mejor cómo influye el género en la vulneración de la libertad religiosa.
Los organizadores subrayan que este aniversario no es solo conmemorativo sino, sobre todo, una oportunidad para evaluar el camino recorrido desde la primera reunión de Marcham en 2016 y, al mismo tiempo, afrontar que se siguen generalizando muchas formas de abuso y que estas, suelen ser poco denunciadas o desatendidas.
Kate Ward, cofundadora de la red Gender and Religious Freedom (GRF) y una de las impulsoras del encuentro original, explicó que el movimiento nació del contacto directo con mujeres que sufrían múltiples formas de vulnerabilidad en contextos de persecución religiosa.
“Pronto comprendí que el problema era mucho mayor de lo que imaginaba y que hacían falta más aliados y defensores”, señaló a Christian Daily International, recordando su labor inicial junto a mujeres perseguidas.
De la experiencia sobre el terreno a un marco global
Ward sitúa el origen del concepto en países como Pakistán, donde identificó una “doble vulnerabilidad” caracterizada por mujeres perseguidas por su fe en el ámbito público y, al mismo tiempo, marginadas dentro de sus propias comunidades.
Según relató, muchas sufrían acoso por su identidad religiosa mientras, en paralelo, enfrentaban abusos o una pérdida de estatus en el entorno familiar o incluso eclesial. En los casos más graves, especialmente en contextos de pobreza, las jóvenes quedaban expuestas a riesgos como la trata o la explotación.
A esta realidad se suma una dimensión menos visible pero igualmente profunda: la interiorización del desprecio u “opresión interiorizada”, tal y como define Ward.

Estas primeras observaciones, inicialmente percibidas como casos aislados, se convirtieron en la base de una comprensión más amplia de que la persecución no se experimenta de manera uniforme, sino que adopta distintas expresiones según el género, la edad y el contexto social. En la última década, este enfoque ha reconfigurado tanto la investigación como las estrategias de defensa en el ámbito de la libertad religiosa.
De testimonios a evidencia
Los expertos reunidos en Marcham+10 destacaron la evolución de esta temática, que ha pasado de recopilar testimonios dispersos a consolidar un enfoque basado en datos. Rachel Morley, de Open Doors International, explicó que, a partir de 2018, iniciaron diversas investigaciones sistemáticas que permitieron analizar con mayor precisión cómo la persecución impacta de forma diferente a hombres y mujeres.
Este trabajo ha permitido identificar patrones en los que se detecta que las mujeres son con frecuencia víctimas de violencia sexual o matrimonios forzados, mientras que los hombres suelen ser objeto de ataques vinculados a su rol como líderes o sustentadores familiares.
El legado de Marcham 2016
La reunión original de Marcham en 2016 marcó un punto de inflexión al reunir, por primera vez de forma coordinada, a expertos centrados en la relación entre género y persecución religiosa. El objetivo inicial era elaborar una declaración conjunta, posteriormente conocida como la “Carta de Marcham a la Iglesia Global”.
Sin embargo, según Ward, el mayor impacto fue otro. “Lo más valioso fue la colaboración que surgió. Personas que apenas se conocían terminaron construyendo relaciones sólidas que han perdurado en el tiempo”, explicó.
Ese espíritu de colaboración sigue siendo una de las señas de identidad del movimiento. Durante la apertura del encuentro, varios ponentes insistieron en la importancia de las alianzas entre organizaciones cristianas, entidades seculares y gobiernos. Gracias a ello, se han abierto espacios de incidencia en foros internacionales, incluyendo intervenciones en el ámbito de Naciones Unidas.
Lenguaje, conciencia y avance político
Uno de los logros más destacados de esta década es la consolidación del término “persecución religiosa específica de género” en el ámbito político y público. Según Ward, una expresión antes desconocida ha pasado a formar parte de debates parlamentarios en el Reino Unido y de foros internacionales.
Los participantes subrayaron que los informes y campañas han influido en la agenda política y han logrado que los hallazgos sobre persecución diferenciada por género sean citados en debates legislativos sobre libertad religiosa.
En esta línea, Marcela Szymanski, de Ayuda a la Iglesia Necesitada, explicó que la documentación sistemática de casos ha permitido exponer patrones de abuso que antes permanecían ocultos. Entre ellos, mencionó prácticas como el secuestro o la esclavitud sexual bajo pretextos religiosos, fenómenos que durante años quedaron diluidos en bajo terminologías menos precisas.
No obstante, los ponentes advirtieron que el aumento de la visibilidad no siempre se traduce en medidas concretas. Factores como la pobreza, la impunidad o determinadas normas culturales siguen sosteniendo estas formas de persecución.
Una violencia global y persistente
La magnitud del problema fue subrayada por Elaine Storkey, investigadora y ex presidenta de Tearfund, quien describió la violencia contra las mujeres como una realidad “endémica” e “institucionalizada” a nivel global.
Desde prácticas como el aborto selectivo o la mutilación genital femenina hasta la trata, el matrimonio infantil o la violencia en conflictos armados, Storkey advirtió de que estas formas de abuso suelen entrelazarse con la identidad religiosa, lo que aumenta la vulnerabilidad de las víctimas.

En contextos de guerra, añadió, la violencia sexual se ha convertido no solo en un arma, sino en una crisis social extendida, citando el caso de la República Democrática del Congo. “Cuando confluyen religión, género, estatus y poder, el riesgo se multiplica”, afirmó.
Storkey también lanzó un llamado directo a las iglesias para revisar aquellas dinámicas internas que puedan contribuir, aunque sea de forma indirecta, a perpetuar la desigualdad, e instó a promover una reflexión profunda y cambios estructurales.
Interseccionalidad y puntos ciegos
Otro de los ejes del encuentro fue la necesidad de adoptar un enfoque interseccional. Los expertos recordaron que la experiencia de persecución no depende únicamente de la fe, sino también de factores como la clase social, la etnia o el contexto geográfico.
Desde la Coalición para la Igualdad Religiosa y el Desarrollo Inclusivo (CREID) se advirtió, mediante un vídeo, que incluso dentro de movimientos feministas más amplios, las mujeres pertenecientes a minorías religiosas suelen quedar invisibilizadas.
Estas brechas señalaron, ha limitado tanto la comprensión del fenómeno como la eficacia de las respuestas, lo que hace necesario desarrollar marcos más inclusivos.
Falta de recursos y retos pendientes
Pese a los avances en investigación y concienciación, la falta de financiación sigue siendo uno de los principales obstáculos. Ward reconoció que gran parte del trabajo se realiza con recursos muy limitados, lo que dificulta ampliar iniciativas y sostener proyectos a largo plazo.
Aun así, expresó su confianza en que Marcham+10 marque un nuevo impulso. “Espero que este encuentro sea un punto de partida para la siguiente etapa”, afirmó.
En ese sentido, animó a los participantes a aprovechar la experiencia acumulada y las redes construidas durante esta década para avanzar de forma más coordinada. “Tenemos el conocimiento y las capacidades necesarias para afrontar el futuro con mayor eficacia”, concluyó.




