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EDITORIAL

Todavía no, pero...

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20121221-2

(EDITORIAL, 21/12/2012) Ningún asteroide a la vista y, si bien aún quedan varias horas para terminar el día, todo parece indicar que el anuncio del fin del mundo, tan comentado en estos días, ha resultado una nueva falsa alarma.

Igual que ha pasado a muchas sectas religiosas más cercanas en el tiempo, los augurios apocalípticos de los mayas han fallado en pronosticar una fecha precisa para la destrucción de nuestro planeta.

No obstante, hacen mal los burladores en reírse de quienes predicen el final de nuestro casa común –la Tierra. El fin del mundo es una posibilidad real, no solo para los creyentes de algunas religiones –entre ellos, los cristianos, que esperamos “cielos nuevos y tierra nueva donde moran la Justicia” [1]-, sino también para muchos científicos, ambientalistas y responsables de ONGs, cuyas denuncias apuntan en una misma dirección, no necesariamente en la fecha, pero sí en la cuestión de fondo: que los recursos naturales no son inagotables, y los estamos administrando como si lo fueran.

"...para muchos seres humanos en distintas partes del globo, el fin del mundo –al menos, de “su” mundo- siempre está a la vuelta de la esquina, sea por una devastación causada por las fuerzas de la naturaleza, por la fuerza de las armas, o por la fuerza del “terrorismo financiero...”

La codicia de empresarios e inversores inescrupulosos; las políticas (con minúscula), de políticos igual de minúsculos, con estrategias cortoplacistas; la falta de cultura ecológica generalizada; las guerras; la deforestación indiscriminada; la minería y el abuso de energía contaminante; y, en definitiva, un modelo de desarrollo económico insostenible; amenazan a la salud del planeta más que cualquier mal augurio escatológico.

De hecho, hoy sabemos que detrás de muchas grandes catástrofes naturales (terremotos, tsunamis, incendios, inundaciones, etc.), está el calentamiento global producido en gran medida por las agresiones "antinaturales" contra el medio ambiente de las grandes potencias industriales, siempre renuentes a respetar los acuerdos internacionales en la materia.

Por otra parte –y tristemente- para muchos seres humanos en distintas partes del globo, el fin del mundo –al menos, de “su” mundo- siempre está a la vuelta de la esquina, sea por una devastación causada por las fuerzas de la naturaleza, por la fuerza de las armas, o por la fuerza del “terrorismo financiero”... No es extraño que, para muchos de ellos, el fin del mundo sea una expectativa consoladora... Al menos, una forma de justicia social global...

Así las cosas, más nos valdría “poner las barbas en remojo” y reflexionar, antes que tomarnos tan a la risa los malos augurios sobre la salud y el destino de nuestra querida Tierra. No estamos en condiciones de bajar la guardia...

Después de todo, el sentido último de la Navidad, que en estos días celebramos los cristianos y toda la cristiandad [2], es que “nos ha nacido un Salvador”... ¡Eso fue hace más de 2.000 años! Y, si entonces, el Creador ya diagnosticó nuestro estado tan grave como para necesitar SALVACIÓN y enviar “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el crea no se pierda...” [3], ¿no será esa la razón por la que aún no ha llegado el fin del mundo? ¿No será ese el hecho histórico por el cual aún los hombres no nos hemos matado los unos a los otros, ni hemos destruido del todo los limitados recursos de la naturaleza?

Según la Biblia, es Dios quien tiene el reloj del tiempo para cada uno de nosotros y para el principio y final de la historia, y lo tiene oculto a la vista de los hombres.¡Ni siquiera los ángeles de Dios saben la hora! [4]

La Navidad nos habla de nuestra condición, tanto como de la infinita misericordia de Dios. Refugiémonos en esa misericordia y celebremos con gozo y con esperanza la “buena noticia” de la Navidad.

¡Muy Feliz Navidad!

Actualidad Evangélica, 21/12/2012

[1] 2 Pedro 3:13

[2] La civilización cristiana o cultura cristiana entendida como civilización o cultura que supera el ámbito de lo religioso y de las creencias religiosas para determinar una concepción del mundo (cosmovisión) y un conjunto de costumbres y usos sociales, estudiables desde el punto de vista de las ciencias sociales; sobre todo antropológica y sociológicamente, pero también desde el punto de vista de las ciencias políticas y la historia de las ideas.

[3] San Juan 3:16

[4] San Mateo 4:36

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