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EDITORIAL

Unidad y visibilidad

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manos(EDITORIAL, 17/12/2011) “¡Qué hablen de nosotros! Mal o bien, pero ¡que hablen!”. Esta frase, que todos hemos escuchado alguna vez, sirve para expresar el sentimiento de frustración e impotencia de cualquier individuo u organización “aplastados” por la losa de la “indiferencia social”. Y explica muy bien por qué algunas personas –u organizaciones- están dispuestas a las acciones más audaces y atrevidas –en algunos casos cabría decir, indignas- para llamar la atención de los demás sobre su existencia… para conseguir un poco de fama… sea buena, o sea mala.

La visibilidad social, como tal, no es un derecho fundamental reconocido, pero de ella depende, en buena medida, el ejercicio de los mismos. La libertad religiosa, la libertad de expresión, el derecho a la educación, a la vivienda, a la sanidad pública… Todos y cada uno de nuestros derechos ciudadanos dependen, básicamente, de que se reconozca nuestra existencia y nuestra naturaleza jurídica y social… es decir, nuestra identidad. Por eso los ciudadanos tenemos un DNI (Documento Nacional de Identidad), y las organizaciones un CIF (Código de Identificación Fiscal), documentos únicos e intransferibles que nos confieren derechos y responsabilidades.

Pero no es suficiente con ser "un número" en las bases de datos de la Administración pública. Es importante que nuestra "existencia social-ciudadana" (no solo jurídica o administrativa) sea visible. No solo para que las Leyes contemplen y regulen nuestros derechos, sino para que –una vez contemplados y regulados- se nos apliquen sin demora, sin discriminaciones y sin arbitrariedades. Una de las razones por las que los protestantes españoles estamos viendo vulnerados algunos de nuestros derechos como minoría religiosa tiene que ver con nuestra invisibilidad social. Aunque esa invisibilidad, en muchos casos, sea responsable… es decir, cuando la Administración –o la sociedad- no quieren vernos... no les interesa vernos... no les conviene vernos... Ya lo dice un viejo refrán: “no hay peor ciego, que el que no quiere ver”. Pero ese es otro tema…

La invisibilidad social más penosa, con todo, es aquella con la que los propios individuos u organizaciones se autocondenan al ostracismo y a la irrelevancia… Una actitud que, en ocasiones, puede confundirse sutilmente con el ejercicio de virtudes como la humildad y el rechazo a la vanagloria, pero que, con frecuencia, esconde viejos temores, complejos, rencores y toda suerte de sentimientos negativos, sectarios y antisociales.

“El gran reto que tiene la Iglesia Protestante en Cataluña, y seguramente en el resto de España, es el reto de la invisibilidad. Somos invisibles y, lo más grave, es que somos invisibles a nuestros propios ojos”, así lo expresaba esta semana Guillem Correa, presidente del III Congreso Protestante de Cataluña, entrevistado por ACTUALIDAD EVANGÉLICA.

Como anécdota de esto último, a veces se recuerda que muchos creyentes evangélicos ignoran que, instituciones tan reconocidas como la Cruz Roja, por poner un ejemplo, fueron creadas por protestantes. ¡O que la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue impulsada y dirigida por una mujer protestante! Y, si no lo sabemos nosotros, ¿cómo vamos a responder a aquellos que pongan en duda la relevancia social de nuestra fe cristiana evangélica?

Como seguidores de Jesús, los cristianos somos llamados a la visibilidad social: “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).

Como protestantes españoles, tenemos una historia que explica, en buena medida, las razones de nuestra aún escasa visibilidad social. Sin embargo, no estamos condenados a ser esclavos de las inercias de la historia… y por allí gravita el desafío ante el que hoy nos encontramos.

En los últimos años nos hemos hecho más visibles para la sociedad española. Hemos avanzado mucho en relación a épocas anteriores, de eso no hay duda. El desarrollo institucional del protestantismo español, desde la creación de Ferede y de los Consejos Evangélicos Autonómicos –aún en proceso de expansión- nos ha provisto de una interlocución social que no teníamos. El III CPC, entre sus conclusiones, propone una extensión aún mayor  que potencie esa interlocución y su "impacto social", mediante cia la creación de los Consejos Evangélicos Territoriales; algo que ya está haciéndose también en Andalucía, con la creación de los Consejos Provinciales.

Todo esto es más importante de lo que muchos piensan. No sólo por el valioso recurso jurídico-administrativo que supone para las iglesias evangélicas (que se está traduciendo, por ejemplo, en la firma de Convenios de Cooperación con distintos Ayuntamientos), sino porque, en la construcción, desarrollo y extensión de estos organismos, pastores y líderes evangélicos de distintas sensibilidades sociales, culturales y doctrinales, se han conocido, se han “reconocido”, y han aprendido a respetarse y amarse como verdaderos hermanos.

No es extraño, por ello, que hoy podamos, no sólo movilizarnos para la defensa de nuestros derechos, como ha sucedido este año en Madrid, Cataluña y en otras ciudades -con el apoyo de los diferentes Consejos Evangélicos Autonómicos-, sino que además podamos “servir juntos” –como reza el lema fundacional de Diaconía- en la acción social; o trabajar juntos en la proclamación del Evangelio, compartiendo “Mi (nuestra) Esperanza”, como sucede por estos días en toda España.

La visibilidad de las iglesias evangélicas fue tema en el III CPC; lo fue también en la Gala de Premios Diaconía 2011; y lo es este fin de semana, con la celebración del evento “Mi Esperanza”  y también con “Operación Niño de la Navidad” -un proyecto solidario al que, de año en año, se van sumando apoyos desde distintas instancias de la sociedad, trascendiendo nuestro ámbito y contribuyendo a la visibilidad del testimonio evangélico en España-.

“Unidos en la labor institucional”, “unidos en la acción social”, “unidos en la proclamación”… "unidos en la oración...".  Ese parece, en definitiva, el camino hacia la visibilidad: la unidad. Y no es ningún descubrimiento ya que, la famosa oración de Jesús de “que sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste…” (San Juan 17:11), lleva implícito un paso que podría traducirse así: “que sean uno, para que el mundo (les vea, y) crea que tú me enviaste…”.

Unidad y visibilidad, ¡un buen binomio para seguir cultivando, y un buen camino para seguir andando en el 2012!

EDITORIAL / ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Madrid, sábado 17 de diciembre de 2011.

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