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EDITORIAL

¡Celebremos Pentecostés!

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palomablanca(EDITORIAL, 11/06/2011) Mañana, domingo 12 de junio de 2011, la cristiandad celebrará "Pentecostés", en recuerdo del advenimiento del Espíritu Santo sobre los primeros discípulos, tal como lo relata el libro de los Hechos, en el Nuevo Testamento:

"Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran..." (1)

Como se sabe, la fiesta de Pentecostés (o "de las cosechas"), era una de las tres grandes fiestas anuales instituidas por Dios, a través de  Moisés. Las otras eran la Pascua y la Fiesta de los Tabernáculos (o "de las cabañas"). Cada una de estas fiestas tenía un profundo significado para el pueblo de Israel, recordándole que eran el pueblo elegido de Dios, salvado con mano poderosa de la esclavitud en Egipto y sustentado milagrosa y misericordiosamente por Jehová durante su largo peregrinaje en el desierto, hasta llegar a la Tierra Prometida. Eran citas ineludibles para todo israelita piadoso (y para los muchos prosélitos extranjeros), que les movían a peregrinar a Jerusalén para sus celebraciones, desde todos los rincones del mundo en la diáspora.

"Pentecostés" debía su nombre a que, dicha fiesta, se celebraba exactamente cincuenta días después de la Pascua, y así lo siguen haciendo las tradiciones judía y cristianas hasta hoy, aunque el cálculo de la fecha para la celebración de la Pascua (y la Semana Santa) varía en cada tradición según se emplee el calendario juliano o el gregoriano, tal como lo explicaba esta semana el secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, el pastor Dr. Olav Fykse Tveit.

Fykse se felicitaba de que este año la celebración de las tradiciones cristianas, oriental y occidental, coincidieran en la misma fecha (algo que sólo sucede cada tantos años), y abogaba por establecer una fecha fija para dicha celebración, tan relevante para todos los cristianos.

¿Recibisteis el Espíritu cuando creísteis?

Tradiciones y celebraciones al margen, con toda la importancia que éstas tienen, Pentecostés debiera ser una oportunidad para renovar nuestra relación con la tercera persona de la Trinidad -es decir, con Dios Espíritu Santo- dándole el lugar que debe tener en nuestra devoción personal, en nuestra liturgia y en el ministerio de la Iglesia.

Hace muchos años, un predicador ponía el dedo en la llaga al señalar lo siguiente: "En algunas iglesias y organizaciones misioneras está todo tan ordenado, tan controlado y desarrollado por programas y estrategias humanas que, si un día el Espíritu Santo decidiera marcharse, todo seguiría igual, sin que nadie se diera cuenta de su ausencia...".

El Espíritu Santo no fue enviado para ser un testigo pasivo de nuestras buenas obras y de cómo nos las arreglamos para cumplir con la Gran Comisión con nuestras buenas ideas y nuestras mejores intenciones. Jesús dijo a sus discípulos, "pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra" (2). Una primera y obvia deducción que se desprende de estas palabras es que, recibir el Espíritu Santo "sobre nosotros", es la diferencia entre "poder y no poder" ser testigos. Tan sencillo y tan dramáticamente real.

Querer hacer las obras de Dios sin el poder del Espíritu fue también desaconsejado por los profetas: "No será por la fuerza, ni por ningún poder, sino por mi Espíritu —dice el Señor Todopoderoso—" (3). Sin embargo, la experiencia de vida de muchos cristianos es semejante a la de aquellos doce discípulos de Juan el Bautista con los que San Pablo se encontró en la ciudad de Éfeso y les interrogó al respecto -"¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?" (4)-, quizás al verles tan faltos de denuedo y de pasión espiritual: "¡ni siquiera habíamos oído que hubiera Espíritu Santo!", respondieron.

Pentecostés es -debiera ser- una oportunidad para examinar honestamente nuestra fe y nuestra condición espiritual. No necesariamente nuestra "doctrina" sobre el Espíritu Santo, sino nuestra "relación" con Él, y el papel que le asignamos en nuestra vida devocional y en nuestro ministerios.

El viento recio y el fuego que acompañaron a la irrupción del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, hace 20 siglos, ilustra de manera gráfica algunos de los atributos y señales que se manifiestan en las vidas de los cristianos que son llenos del Espíritu Santo, entre ellos la fuerza y la pasión. Un impulso fuerte y sostenido como un huracán,  y mentes y corazones encendidos de pasión por Dios, por una visión, por un llamamiento... Esas son características siempre presentes en los hombres y mujeres que han dejado su huella en la historia de la Iglesia..., que supieron estar a la altura de las circunstancias en su tiempo, buscando al Dios vivo para invitarle (¡en algunos casos cabría decir "obligarle"!) a "visitar" a una generación.

La "falta de pasión por las almas" y la "institucionalización de la fe", fueron las dos causas más mencionadas en un foro -que reunió en España, hace unos días, a evangelistas y líderes de distintas organizaciones misioneras-, como culpables de que en nuestro país -con 30 años de plena libertad religiosa- todavía haya miles de pueblos de más de cinco mil habitantes sin testimonio evangélico.

La realidad de pastores "quemados" que abandonan frustrados -o están tentados a hacerlo- el ministerio pastoral; la insatisfacción y confusión de los llamados "cristianos sin iglesia" (un fenómeno creciente); el sentimiento de impotencia de muchos cristianos evangélicos ante la indiferencia con que su testimonio es recibido por sus familiares y amigos no creyentes... ¿No son éstos síntomas que denotan una acusada falta de frescura espiritual en nuestras iglesias y en nuestras vidas? ¿No necesitaremos un viento fresco que nos impulse, y un fuego que nos haga arder de pasión para cambiar este estado de cosas?

¡Celebremos Pentecostés! Y busquemos "unánimes juntos", como los primeros cristianos, ser llenos del Espíritu:

"...sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (5)

Actualidad Evangélica, 11/06/2011

 

(1) Hechos 2:1-4 (RV60)

(2) Hechos 1:8  (RV60)

(3) Zacarías 4:6 (NVI)

(4) Hechos 19:2  (RV60)

(5) Efesios 5:18-19  (RV60)

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