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SIN ÁNIMO DE OFENDER / por JORGE FERNÁNDEZ

La viña de Nabot y el deseo de los poderosos

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“Lo que un viejo relato bíblico sigue revelando sobre la ambición, la impunidad y la eterna tentación de confundir el poder con la razón”

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Foto de Jo Leonhardt en Unsplash

(JORGE FERNÁNDEZ, 08/01/2026) | La Biblia es un libro extraordinario. Y no lo es únicamente para quienes creemos en Dios y encontramos en sus páginas alimento espiritual. Lo es también —y quizá esto sorprenda a algunos— para quienes no creen.

Porque, incluso despojada de su dimensión religiosa, la Biblia sigue siendo una de las herramientas más finas y certeras para comprender el comportamiento humano y las crisis de la historia, esas que regresan una y otra vez, como las mareas, con distintos nombres y los mismos protagonistas.

“No hay nada nuevo bajo el sol”, advierte el Eclesiastés. Y tenía razón. Podemos viajar en horas de un continente a otro, operar a un paciente a miles de kilómetros de distancia, explorar el espacio y curar enfermedades que hace siglos eran sentencia de muerte. Pero el ser humano —en su ambición, su miedo, su codicia y su capacidad de autojustificación— sigue siendo esencialmente el mismo que hace dos, tres o cinco mil años. Por eso los relatos bíblicos, con sus personajes, sus advertencias y sus desenlaces, continúan explicándonos lo que ni siglos de Ilustración, ni toneladas de tratados de sociología y ciencia política han conseguido aclarar del todo.

Pensemos, por ejemplo, en una de las grandes perplejidades de nuestro tiempo: la impunidad con la que un líder poderoso puede apropiarse de un territorio que no le pertenece, de unas riquezas ajenas, abusando de la fuerza y del poder, mientras el mundo observa, analiza, condena… y asiste impotente.

La Biblia tiene algo que decir sobre esto. Y lo dice desde hace casi tres mil años.

En el primer libro de los Reyes se narra la historia del rey Acab y la viña de Nabot. Acab desea una pequeña viña junto a su palacio en Jezreel. Intenta comprarla, propone un intercambio. Todo parece razonable. Pero Nabot se niega. No es una cuestión de dinero. Es la heredad de sus padres. Tiene para él un valor que no se mide en oro. Y eso, para el poderoso, resulta incomprensible.

Ahí entra Jezabel, su esposa. Jezabel no se deprime ni se resigna. Actúa. Escribe cartas en nombre del rey, organiza un falso ayuno, construye un escenario de solemnidad moral y coloca dos testigos falsos que acusan a Nabot de blasfemar contra Dios y contra el rey. El resultado es previsible: el pueblo, convencido de estar haciendo justicia, lo apedrea hasta matarlo.

Muerto el propietario legítimo, Jezabel invita a Acab a tomar posesión de la viña. Y Acab baja y la ocupa. Asunto resuelto.

Hasta que aparece el profeta Elías. Y lo hace en el mismo lugar del crimen, en la viña usurpada, con una pregunta que atraviesa los siglos como una flecha: “¿No mataste, y también has despojado?”. Y anuncia juicio. Y recuerda que la sangre injustamente derramada nunca desaparece del todo.

Hasta aquí la historia.

***

Conviene detenerse en algunos detalles. El primero: nada de esto habría sido posible sin una previa demolición moral de la víctima. Nabot debía dejar de ser un ciudadano respetable para convertirse en un enemigo del bien común. La mentira, la desinformación, los testigos comprados, la complicidad de las élites locales. Jezabel actúa como lo haría hoy un sofisticado aparato de poder: construye un relato, fabrica consenso y reparte responsabilidades. Porque ningún tirano actúa solo. Siempre hay un círculo de intereses dispuesto a mirar hacia otro lado… o a colaborar.

Jorge FernándezQuizá la única novedad de nuestro tiempo sea que los poderosos ya ni siquiera se esfuerzan demasiado en disimular. ¿Para qué respetar leyes o tratados internacionales si estorban a mis objetivos? ¿Para qué buscar coartadas morales cuando basta con imponer los hechos?

La lógica de Jezabel se resume en una frase dirigida a su marido abatido: “¿Acaso no eres tú el rey?”. Y con eso, todo queda dicho. El poder como argumento último. La fuerza como razón suficiente.

Lo dicho. Qué libro tan incómodo, tan lúcido y tan actual se pierden quienes no leen la Biblia.

Autor: Jorge Fernández - Madrid, 08 de enero de 2026.-

***

© 2026. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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