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"ITINERARIO HEBREO DEL POLITEÍSMO AL MONOTEÍSMO" (PARTE VII)

De la teocracia a la monarquía

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Séptima entrega de esta serie del Dr. Máximo García que se inscribe en la línea de investigación que el autor ha desarrollado en obras anteriores y propone un recorrido por los principales temas de la Biblia y de la teología cristiana

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Foto de shraga kopstein en Unsplash

(Máximo García Ruiz, 27/11/2025) | La instalación en Canaán no va a ser cosa sencilla. En primer lugar, por la natural resistencia mostrada por sus habitantes naturales, tal vez más divididos que los mismos hebreos, pero se trata de pueblos que se sienten legitimados para seguir habitando y disfrutando su tierra.

Por otra parte, los propios hebreos carecen de experiencia para gobernarse en libertad, una vez que han dejado en Egipto sus hábitos cultivados durante varios siglos. En una primera etapa, siempre bajo la fórmula de la teocracia, recurrirán a la figura de los jueces, una especie de liderazgo popular que, posteriormente mutará por la monarquía hereditaria, tomando como referente a los pueblos vecinos.

En cualquier caso, la identificación de los hebreos con el sistema de vida de las tribus cananeas que ya poblaban la tierra, no sólo asimilando y apropiándose del nombre asignado a Dios reflejado en el tetragrámaton YHVH, del que surge el nombre de Yahvé o Jehová, sino tratando de imitar su sistema de gobierno en lugar del sistema tribal de corte teocrático mediante el cual se regían las tribus de Israel.

Antes de optar por la monarquía, las tribus hebreas desarrollan un tipo de liderazgo carismático, al que se recurre como árbitro, líder político, jefe militar en las batallas o juez para dirimir los conflictos de una, de varias o de la totalidad de las tribus en su conjunto, según los casos. Diversidad de funciones, aunque la que realmente justificaba su actuación era la de salvar a Israel de la confrontación que sufrían de parte de sus enemigos. Unos de esos jueces eran guerreros como Barac y Gedeón, otros propietarios como Jair y Abdón, o aventureros como Jefté o héroes populares como Sansón. Pero todos poseían un carisma o marca considerada divina: valor, sabiduría, habilidad, fuerza, que les convertía en jueces o líderes naturales, salvadores de Israel. No existe tiempo marcado para ejercer sus funciones, ni instituciones que organicen y controlen la actuación de los jueces. Superado de una forma u otra el conflicto, cesan las funciones del juez de turno que regresa al cumplimiento de sus tareas anteriores.

El relato de esta época muestra sin ambages que Israel no ha alcanzado el nivel de pueblo de Dios que se podría esperar de su condición de pueblo escogido, antes bien, pone de manifiesto su infidelidad a Yahvé, sacando a flote sus raíces politeístas, rindiendo culto a otros dioses. El dios prevalente de Canaán era Baal. Con frecuencia apuntan las Escrituras a la fascinación que ese dios ejercía sobre los israelitas: “Los hijos de Israel hicieron el mal a los ojos de Yahvé y sirvieron a los baales” (Jueces 2:11), provocando la intervención frecuente de los profetas de Isael, cuya figura irá emergiendo en esa época, si bien su mayor protagonismo será en tiempos de la monarquía y, posteriormente, en otro contexto social, en el cautiverio babilónico.

Claro que el problema de fondo es que Israel no tiene todavía un código de conducta, una “biblia”, por así decirlo, que marque cuál ha de ser su práctica religiosa. La tradición oral que se traslada en formato de leyenda, las promesas de Dios a Abraham, así como la experiencia de liberación vivida bajo la dirección de Moisés y Josué, así como un esbozo de los mandamientos que sellan el pacto de Dios con Moisés están muy difusas todavía, en proceso de elaboración escrita, insuficientemente arraigadas en el pueblo.

Entra dentro de lo habitual que cada tribu, cualquiera sea su identidad, considere que, entre todos los dioses, el suyo es el más grande y poderoso. En la medida en la que ese sentimiento se acrecienta en el caso de los hebreos, algo que se une a la épica histórica que les acompaña, en la que la divinidad ha ido cobrando presencia y protagonismo, aunque hasta ahora con un trasfondo de politeísmo no abandonado, surge de forma natural que ambos sentimientos, el deseo de tener un rey a semejanza de otros pueblos y la perspectiva de un Dios único que, por serlo, es superior a otros posibles dioses, vaya tomando cuerpo.

El monoteísmo va abriéndose paso con grandes dificultades. Digamos que más que el monoteísmo, que todavía sigue siendo muy deficiente, lo que se abre paso es el orgullo de que Yahvé es el más poderoso de los dioses, es el Dios de Israel, Dios del ejército israelita, un dios más poderoso que otros dioses que les hace ganar batallas y hace posible que se impongan a sus enemigos, venciéndoles y sometiéndoles, aunque únicamente cuando son fieles a Yahvé. En cualquier caso, puede deducirse que en ese tiempo, inmersos en las luchas por conquistar la tierra prometida, fue enfriándose el entusiasmo religioso de los hebreos por Yahvé, o tal vez debamos decir que no prosperó suficientemente, manteniendo un sincretismo acomodaticio.

La queja contra el pueblo en esta larga y tortuosa época es siempre la misma: la infidelidad de Israel acudiendo a los dioses paganos. Cuesta mucho desechar las raíces politeístas que han arraigado durante tanto tiempo. El hagiógrafo muestra la situación, a la infidelidad sigue el castigo: “Encendiose la cólera de Israel, y dijo: Pues que este pueblo ha roto el pacto que yo había establecido con sus padres y no me obedece, tampoco seguiré yo arrojando de ante ellos a ninguno de los pueblos que dejara Josué al morir” (Jueces 2: 20, 21). Éste será el diagnóstico que prevalezca de esa época.

A la etapa de los jueces le seguirá la implantación de la monarquía de manos del profeta Samuel, en la persona de Saúl, de cuya época nos ocupamos a continuación.

***

(Próxima entrega: VIII– Monarquía)

Autor: Máximo García Ruiz. Noviembre 2025 / Edición: Actualidad Evangélica

© 2025- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

20120929-1*MÁXIMO GARCÍA RUIZ nacido en Madrid, es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Historia de las Religiones, Sociología e Historia de los Bautistas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España-UEBE (actualmente profesor emérito), en Alcobendas, Madrid y profesor invitado en otras instituciones. Pertenece a la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Ha publicado numerosos artículos y estudios de investigación en diferentes revistas, diccionarios y anales universitarios y es autor de 31 libros y de otros 14 en colaboración, algunos de ellos en calidad de editor.

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