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OPINIÓN (NUEVA SERIE) / por JUAN MANUEL QUERO

Aprender a desaprender: una cultura diferente

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Juan Manuel Quero, tras concluir una amplia serie de artículos históricos sobre la Iglesia a partir de los distintos avivamientos, inicia con este nuevo artículo una nueva serie, con reflexiones para ayudarmos a revisar la vigencia de conceptos, hábitos y tradiciones en una cultura cambiante

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Foto de Matt Meilner en Unsplash

(JUAN MANUEL QUERO, 15/01/2024) | Bajo este título quisiera abrir una nueva serie de reflexiones sobre la importancia de revisar nuestros principios y valores frente a tantas influencias, tradiciones y rémoras que fácilmente podemos arrastrar.

Podemos estar asumiendo todo como parte de nuestra realidad cristiana, cuando muchas veces no debería de ser así, ya que ser cristianos significa renovación constante: «aprender y desaprender». Quizás, lo más difícil sea «desaprender» cuando a lo largo del tiempo hemos mimado ciertos comportamientos y conceptos que debieran ser cambiados, para seguir explicándonos de forma correcta.

Con todo ello se han de conjugar dos parámetros básicos: principios y contextualización. Es necesario que regularmente revisemos nuestros principios bíblicos, no para que sean cambiados sino para comprobar si estos los seguimos respetando o si nos estamos desenfocando. Por otro lado, debemos saber contextualizar lo que creemos en base a lo anterior, para explicarnos a los demás de manera que nos entiendan pero sin que esta contextualización nos lleve a un sincretismo que enajene nuestra fe y propósito, según el llamamiento que Dios hace a su iglesia.

Esto genera una complejidad que entiendo es inevitable, ya que el pueblo evangélico se constituye por una fe personal y por iglesias locales, y estas, unas veces están agrupadas bajo ciertas confesiones o denominaciones y otras con proyecciones muy individuales. Esto significa que las decisiones y las estrategias en cuanto a la forma de presentarnos o de aplicar una hermenéutica y dar una respuesta a ese llamamiento divino pueden ser muy diferentes según los tiempos y los lugares. El denominador común es la Biblia, que es la misma para todos, pero la obra del Espíritu Santo dirigiéndonos dependerá de muchos factores que nos hace complejos en cuanto a definirnos si no somos conscientes de que esta complejidad, más que ambigüedad, es una realidad en la que Dios tiene que tomar las riendas.    

«Aprender a desaprender» no es presentar solamente nuevos conceptos sino explicarlos, interiorizarlos, y para ello también vivirlos. La cultura no se impregna e influye en unos pocos años sino a lo largo de siglos, pero vivimos en una cultura donde los mores[1] son muy diferentes a los de antaño. Las necesidades y los códigos de comprensión han cambiado mucho. No podemos vivir en la intracultura de una época, de un lugar, de una iglesia o grupo de creyentes, encapsulada en el tiempo. Es de acuciante necesidad explicarles y explicarnos, comprendernos incluso en nuestras diferencias, proyectarnos y no diluirnos sin dejar algún sabor de lo que somos en Cristo. Es fácil tener movimientos de péndulo como reacción ante los que caminan de forma diferente a nosotros y esto también puede emborronar las palabras con las cuales nos definimos.

Me llamó mucho la atención el eslogan publicitario de un bando que hace «fresh banking». En realidad es el título de una declaración que se recoge en un manifiesto: «Aprender a desaprender» para ser uno mismo. Me sorprendió porque esta campaña me parecía como si tuviera tintes evangélicos y me hacía recordar el texto de la epístola a los Romanos: «renovaos en el espíritu de vuestra mente». En este documento aparecen ideas como que hay que adaptarse a los nuevos tiempos, desaprender para crear un nuevo sistema moderno y eficaz. Además, se expone que se basan en ciertas creencias y aclaran que para ser un banco como este es necesario creer.

Yo pensaba, ¿será este el banco de Spurgeon?, pues podemos acordarnos de su libro de devocionales titulado, «Cheques del banco de la fe». Evidentemente no es, pero fijémonos en lo que recojo literalmente del manifiesto de este banco: «El mundo cambia continuamente. Y vamos a seguir encontrando la oportunidad que cada cambio genere. Nuevas alternativas, nuevas ventajas. Puedes estar seguro: seguiremos redefiniendo las reglas del juego. Seguiremos desaprendiendo».[2]

 Yo no sé si es que este banco lee la Biblia más que algunos creyentes, pero esta creo que debería ser la actitud de todo creyente ante un mundo cambiante que necesita una Palabra sazonada por el Espíritu de Dios, sabiendo que Su Palabra es viva y eficaz.

Así dice Yahvé: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. (Jeremías 6:16). Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte. (Proverbios 14:12).

¿Qué tenemos que desaprender? Lo que ya no sea válido para vivir los propósitos de Dios. Hay caminos que antes conducían a un destino apropiado pero que hoy, algunos ellos, pueden ser inadecuados. Hay caminos que se han quedado bajo pantanos que ya no son transitables. Hay señales de tráfico que nos obligan a ir en otros sentidos, y hemos de estar con los ojos abiertos, ya que tendemos a ir por el mismo sitio siempre. Tenemos que darnos cuenta de que hay caminos que al hombre le parecen rectos, pero su fin es de muerte.

El motivo más concreto de esta serie de reflexiones es señalar cómo entendemos algunos conceptos y cómo nos presentamos ante nuestra sociedad. Lo que aquí propondremos esperamos que también pueda ser una ayuda para aquellos que nos observan y que muchas veces no saben cómo referirse o tratar «lo nuestro», o que quizá han asumido una jerga que no corresponde, como podemos observar en los medios de comunicación y en el periodismo en general. Las palabras que acuñamos para presentarnos y dar a conocer el evangelio es sumamente importante, y más aún en una cultura como la nuestra que es tan «líquida», en la que todo se diluye. Es verdad que las palabras tienen que ser abiertas como nueces para ver y entender su contenido, pero estas constituyen una identidad muy relevante para presentarnos y para que nos comprendan los demás.

Es por ello que en este caso vamos a ir analizando términos con los que expresamos nuestra fe que nos son muy comunes, pero que en su significación pueden encerrar dudas por una falta de pedagogía suficiente en los procesos de la vida. Algunos de estos términos quizás sean más bien usados por las personas ajenas a nuestra fe, pero otras veces pueden formar parte de nuestra propia comunicación, con la que solemos entendernos o con la que quizás no llegamos a hacerlo. Así, podemos poner algunos ejemplos tan sencillos como sería diferenciar o no entre ser evangélico o evangelista, pastor, sacerdote, párroco, reverendo u obispo, iglesia local (aunque a veces las iglesias no tengan «local»), o nuevas expresiones de iglesias, altar, etc.

Juan Manuel Quero*** Notas:

[1] Este es un término anglosajón que trata sobre esas ideas, que en una sociedad determinada,  se relaciona con los estándares de lo que es justo e injusto, imponiéndose como criterio aceptado por todos.

[2] «Manifiesto del Fresh Banking». En línea]. Disponible en: www.manifiestodelfreshbanking.com. [Consultada el 10 de enero de 2011].

Autor: Juan Manuel Quero Moreno


© 2024. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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