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OPINIÓN / SIN ÁNIMO DE OFENDER
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"¡Ese es el problema que tenemos en España: La autocomplacencia! Nos hemos convencido de que “España no es racista” y cuando esto se pone en duda reaccionamos reforzando esa creencia, en vez de actuar con la suficiente contundencia contra los casos que sí suceden".

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Vinicius Jr. / Foto: Captura de pantalla (Real Madrid)

(JORGE FERNÁNDEZ, 23/05/2023) Que Vinicius es un jugador de fútbol extraordinario, de eso no hay ninguna duda. ¿Que Vinicius tiene parte de culpa de lo que le pasa en el campo? Allí está habiendo división de opiniones; y  esto nos pone en evidencia...

Así es. En el encendido debate provocado por los recientes incidentes en Mestalla, no han faltado quienes han culpado directa o indirectamente al jugador de “provocar” la situación.

Son pocos los que se han atrevido a tanto, es verdad. Entre otras cosas, porque las imágenes de este suceso particular han mostrado con claridad meridiana que los insultos racistas de una multitud de aficionados del Valencia se produjeron mucho antes del partido, cuando el delantero madrileño bajaba del autobús a la entrada del estadio. Algunos medios han recordado, además, que Vinicius ya había presentado hasta 9 denuncias por insultos racistas sufridos en otros escenarios similares, sin que ninguna de ellas hubiera tenido la menor respuesta por parte de las autoridades de La Liga de fútbol español. (De ahí, al parecer, su enojo y su denuncia pública a La Liga).

¡Ese es el problema que tenemos en España: La autocomplacencia! Nos hemos convencido de que “España no es racista” y cuando esto se pone en duda reaccionamos reforzando esa creencia, en vez de actuar con la suficiente contundencia contra los casos que sí suceden.

Y aquí llegamos, en nuestra opinión, al quid de la cuestión en este asunto: la soledad de Vinicius (y de todos los vinicius) frente al monstruo del racismo. Porque, hasta quienes mejor le quieren -sus compañeros, su entrenador, el presidente del Real Madrid, que siempre le han defendido en público- se han equivocado en sus consejos.

Bien por la presión social o por la inercia cultural, el Club, entrenador y compañeros de equipo, se han visto en ocasiones en la necesidad de matizar y “explicar” las reacciones del joven jugador en el campo… esos gestos irónicos del futbolista -risas, aplausos, o dedos en señal de victoria o alusiones al escudo y el número de Champions ganadas por su club (nada que pueda considerarse obsceno ni insultante)- dirigidos a las multitudes enfurecidas que le insultaban llamándole “negro”, “mono”, y otras lindezas irreproducibles en este espacio. “Él es joven y tiene que aprender que es mejor no responder a los insultos y las provocaciones”, ha comentado su entrenador, eso sí, tras defenderle y recordar que “Vini es la víctima”. Y lo mismo han hecho algunos de sus compañeros.

Buenas intenciones, pero equivocados consejos.  (¿Por qué, en lugar de pedirle que se calmara, no unirse al futbolista y decidir abandonar el campo de juego ante los cánticos racistas, por ejemplo?). Pero han hecho lo mismo que hacíamos hasta hace poco con la violencia de género: pedirle a las chicas que no anduvieran por la calle solas para evitar agresiones sexuales. Evitar cierta forma de vestirse o maquillarse para no provocar a los violadores. Eso se le pedía (y se le pide) a Vinicius, “que no provoque a los racistas”.

Ya afirmaba Martin Luther King Jr. que "el mal del racismo enquistado en una sociedad no abandona su presa sin ofrecer una feroz resitencia", por lo que debe ser confrontado con acciones contundentes -pacíficas, pero contundentes- (también con gestos y activismo social).

Vinicius, con sus jóvenes 22 añitos, ha entendido mejor que su ingenuo entorno la naturaleza del problema, y ha decidido plantarle cara al racismo utilizando su condición de icono del fútbol mundial para provocar un debate a escala planetaria. Y eso merece un ¡Ole!, sin paliativos. Con su valentía, Vinicius va camino de convertirse en símbolo universal contemporáneo contra el racismo para toda una generación, que puede tarscender los límites de la historia del fútbol y acabar grabando su nombre en los libros de ciencias sociales. Como lo fue Rosa Parks en los segregacionistas EEUU de Norteamérica, cuando el 1 de diciembre de 1955 decidió que ¡ya estaba bien!, y se sentó en un asiento de autobús reservado “sólo para blancos”. (Lo demás es historia).

Llegados a este punto, los lectores se preguntarán, ¿estás comparando a España con los EEUU? ¿Estás insinuando que España es un país racista? Esta es la pregunta que hoy está en boca de todos. Pero, sinceramente, creo que es la pregunta equivocada.

El resultado es: que aquellos países que han tenido un problema histórico con el racismo, nos llevan hoy la delantera. Están más alertas y actúan con mayor contundencia que nosotros.

La pregunta que tenemos que hacernos no es si España es un país, más o menos racista que los EEUU, el Reino Unido, o Alemania… (Solo por citar a países que han tenido a lo largo de su historia -y en alguna medida aún luchan con ello- un acusado problema de racismo cultural e institucional). La pregunta que tenemos que hacernos es qué estamos haciendo en España con los (pocos o muchos) episodios de racismo que se vienen produciendo en nuestra sociedad (y no solo en el fútbol). Y la respuesta es: que lo toleramos demasiado; que lo justificamos a la defensiva, comparándonos con otros países o culturas "más racistas"; que lo minusvaloramos; o que directamente lo negamos.

¡Ese es el problema que tenemos en España: La autocomplacencia! Nos hemos convencido de que “España no es racista” y cuando esto se pone en duda reaccionamos reforzando esa creencia, en vez de actuar con la suficiente contundencia contra los casos que sí suceden. “No es para tanto”. “No hay que sobreactuar”. “No es un problema cultural o sistémico en nuestro país…”. Y así, el racismo crece y crece, y se disfraza y se enquista en nuestra cultura de forma sutil y subliminal, a veces en forma de “microracismos”.

El resultado es: que aquellos países que han tenido un problema histórico con el racismo, nos llevan hoy la delantera. Están más alertas y actúan con mayor contundencia que nosotros.

La comparación que deberíamos hacer es la siguiente.

En Alemania, por ejemplo, en los últimos años, se han suspendido 900 partidos de fútbol de distintas categorías por cánticos racistas en las gradas. En España, ninguno.

En nuestro país vecino, el Reino Unido (a quienes asociamos siempre al apartheid sudafricano, entre otras barbaries históricas), un ciudadano de piel oscura y de religión hindú es hoy Primer Ministro; y en la capital de Inglaterra, Londres, el Alcalde es un ciudadano musulmán practicante. ¿En España alguien imagina una situación parecida (a menos que sea en una distopía)? ¿Un presidente del Estado español, gitano? ¿Un alcalde de Madrid de ascendencia subsahariana? ¿O de origen sudamericano?

Y, con todo lo que aún se puede decir del racismo en los EEUU, conviene recordar -antes de compararnos- que es un país que ha demostrado que puede elegir Presidente y Primera Dama a un matrimonio de raza negra.

Conclusión. Aquellos que han tenido serios problemas con el racismo están haciendo los deberes. ¿Y nosotros?

¿España es un país racista? Esa no es la pregunta. ¿Estamos alerta y tomamos medidas (y políticas) contundentes, proactivas y activas contra el racismo como vienen haciendo otros países desde hace muchos años? ¿O estamos siendo demasiado débiles y tolerantes con ese cáncer social?

Esa es la pregunta. Ese es el debate necesario y urgente que hoy, un joven valiente de apenas 22 años llamado Vinicius, nos da la oportunidad de resolver. No la desaprovechemos.

Jorge Fernández – Madrid, martes 23 de mayo de 2023.-

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© 2023. Este artículo puede reproducirse siempre que se haga de forma gratuita y citando expresamente al autor y a ACTUALIDAD EVANGÉLICA. Las opiniones de los autores son estrictamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

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