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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA / por ALFONSO PÉREZ RANCHAL
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"Se trata de un libro excelente, que pese a sus contenidas 109 páginas no deja de lado nada relevante... Búscale un hueco en tu biblioteca"

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(Alfonso Pérez, 22/04/2022) El cristianismo se asienta y sostiene en determinados hechos históricos y algunos de ellos son más relevantes que otros. Estos acontecimientos esenciales son los relacionados con la vida, enseñanza y muerte de Jesús, sin olvidar su resurrección que dio lugar a la aparición de la Iglesia.

Se suele escuchar que realmente el cristianismo no es una religión histórica en el sentido de que hay que diferenciar «entre la religión de Jesús y la religión sobre la persona de Jesús» (p. 15). Así se distingue entre el pensamiento que Jesús y Pablo presentaron y el sistema de ideas que conformó el cristianismo. Es más, hasta se confronta el pensamiento judío de Jesús y el muy supuestamente influenciado por el helenismo pensamiento de Pablo. No es necesario que todo ello concuerde, es más, se sigue apuntando, no lo hace, pero aún así el cristianismo sería válido. Pero esto no tiene presente que es precisamente la vida y la obra de Jesús lo que da autoridad y validez a todo lo que pensemos sobre la naturaleza de Dios y la propia existencia y propósito del ser humano.

20220421 3Y es esto mismo lo que sucede con la teología que se centra en una persona, en Jesús mismo y su actividad, e intenta explicar esos hechos del Jesús histórico -y aquí uso esta expresión sin ninguna intención de ponerla en paralelo con esa otra del Cristo de la fe- en su aplicación al pensamiento y las vidas de las personas. De aquí se desprende que las teologías o sistemas de doctrinas no son lo mismo que la religión cristiana ya que esta es la fe viva en Jesús y no la aceptación intelectual de un sistema de ideas o creencias. Por todo esto no se puede separar la religión sobre y de Jesús en ninguno de los casos.

Esto explica por qué siempre hay cierta tensión entre teología y religión. Incluso la teología puede acabar siendo un ejercicio algo frío y distante, pero no podemos olvidar que la religión sin la teología es como un cuerpo sin esqueleto, carece de aquello que lo fortalece y lo estabiliza; suele degenerar hacia la superstición o en un agradable ensueño. Pero también pasa al contrario, la teología necesita de la religión, esto es de teoría y práctica.

Si la religión cristiana es la fe viva en una persona y la teología es el intento de explicación de los hechos históricos en torno a esa persona, se entiende que cada nueva generación necesite formular de nuevo las doctrinas recibidas. Los sistemas de doctrinas no son algo definitivo, cada generación debe hacer teología desde su momento histórico, y aunque los hechos no cambian sí lo hace nuestra comprensión de los mismos, nuestra visión.

Por ello no se puede identificar las enseñanzas de Jesús con un determinado sistema de creencias anclado en un tiempo concreto, históricamente es insostenible. La verdad sobre Jesús permanece, su interpretación varía con las generaciones y esto no tiene nada que ver con la invención o la negación de lo esencial del cristianismo, todo lo contrario, es la afirmación de ello pero en contextos históricos y culturales diferentes. A esto se debe que sea tan importante conocer los sistemas pasados, tanto filosóficos como teológicos. Hay que estudiar el pasado, no caer en la soberbia de mirar atrás con condescendencia, algo que a menudo ha sucedido como consecuencia de los grandes avances de la ciencia. Es un falso orgullo.

Otro punto a tener presente es que las doctrinas cristianas no aparecieron como consecuencia o resultado de ningún concilio, papa o comité de ancianos. No vieron la luz así y ni se impusieron para ser creídas. Por el contrario, van viendo la luz en la diversa experiencia cristiana, resultado de estructurar esa experiencia para así también darla a conocer a la siguiente generación. Esto también significa que la formulación de las doctrinas conlleva un proceso, y por supuesto no estaban definidas en el primer siglo de nuestra era.

Las primeras menciones o formulaciones de doctrinas están en cartas del Nuevo Testamento tales como la de Romanos o la de Hebreos. Pero en el Nuevo Testamento hay otros tipos de cartas como son las de tipo exhortativo que recogen la experiencia de aquellos creyentes en cuestiones vitales. Cuando a lo largo del segundo siglo se fueron reuniendo estos escritos se vio que había mucho material que trataba de las más importantes creencias y modelos de conducta cristiana. Todo ello provenía de los primeros discípulos de Jesús por lo que era muy considerado, llegando a ser guías y bases sobre las cuales estas doctrinas primeras y fundacionales podían ser desarrolladas y clarificadas.

De esta forma comprendemos que la primera doctrina no se trataba de una teología fría y distante, sino que nacía de la vida, del intento de explicación de lo acontecido para que otros también pudieran conocer y disfrutar esa misma experiencia religiosa.

A este respecto debemos recordar que las más tempranas formulaciones doctrinales aparecen como apologética. Pero todo ello se va a originar en Jesús de Nazaret porque, como nos dice Richardson: «No cabe ninguna duda de que antes de su crucifixión la persona de Jesús fue tratada siempre con profundo respeto, rozando casi la adoración, y ciertamente con admiración, asombro y temor» (p. 22). Sus palabras así tenían autoridad y a este respecto es esencial la creencia en la resurrección. Sin ella no hubiera existido el cristianismo, que se levantó sobre esta creencia. Esto es un hecho histórico. Esto es de vital importancia ya que si lo que queremos entender es el desarrollo de la doctrina debemos tener siempre presente aquello que esa doctrina pretendía explicar y dar a conocer.

La doctrina cristiana es totalmente relevante para nuestras vidas, es teología que busca edificar una nueva tierra, no un cielo nuevo. Las creencias dirigen nuestra conducta y si creemos en la resurrección de Jesús nuestra cosmovisión de la vida estará marcada por ello.

Desde aquí partió toda la doctrina cristiana -como ya hemos apuntado- y los posteriores desarrollos siempre lo tuvieron presente. Ellos edificaron sobre las verdades que el Nuevo Testamento presentaba, no inventaron nada. Se puede criticar si en determinados momentos estuvieron más o menos acertados, también algunas formas y conductas, pero las conclusiones de los llamados Concilios ecuménicos, los cuatro primeros, fueron enormemente acertadas.

Es a este desarrollo doctrinal que llega hasta el siglo V a lo que se dedica el presente libro de Richardson. De esta forma, el primero de los capítulos se centra en los comienzos de la doctrina cristiana. El segundo, a los siglos primero y segundo. El tercero a la doctrina de la Trinidad. El cuarto capítulo a la doctrina de la persona de Cristo. El quinto a la doctrina de la expiación, y el sexto y último a la doctrina del Espíritu Santo.

Al inicio del presente libro el editor nos informa que el original en inglés fue publicado en enero de 1935 y durante cuarenta años se siguió imprimiendo. A mediados de los años 70 se pensó que tras todo este tiempo ya era hora de dejar paso a otras propuestas realizadas por las nuevas generaciones. Pero esto no fue posible debido a que no había un escrito igual, que fuera breve, económico, para todo tipo de público, fresco y con esa calidad en la escritura como el que aquí tenemos de Alan Richardson. El mismo editor nos sigue diciendo que se volvió a editar a inicios de 1980 y la edición que tenemos entre manos es del 1999 por la editorial Clie.

Solo me resta añadir que el editor estaba totalmente acertado. Esta pequeña gran obra ejemplifica esa frase de que lo breve y bueno dos veces bueno. Se trata de un libro excelente, que pese a sus contenidas 109 páginas no deja de lado nada relevante. Se explican los contextos, las disputas, las herejías y las respuestas que se daban a todo ello. Cada página tiene contenido de importancia, explicado con claridad y de forma amena. En absoluto la lectura se hace pesada en un libro que podía parecerlo por su temática.

Búscale un hueco en tu biblioteca.

 

© 2022- Nota de Redacción: Las opiniones de los autores son estríctamente personales y no representan necesariamente la opinión o la línea editorial de Actualidad Evangélica.

Alfonso Pérez RanchalAlfonso Pérez Ranchal es Diplomado en Teología por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Licenciado en Teología y Biblia por la Global University y Profesor del CEIBI. Vive en Cádiz.  

 

 

 

 

 

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